miércoles, 26 de diciembre de 2007

En la cola de una caja (una situación real)

Hace un par de semanas fuimos mi hija y yo de compras a una gran superficie.
Sorprendentemente en las cajas no había gran cantidad de carros pero los que había estaban a tope.
Nos pusimos en una de las cajas y, en la de al lado, a nuestra altura, se encontraba un matrimonio con un niño de aproximadamente unos cuatro años.
El niño se aburría como cualquier niño en la cola de una caja pero para los padres era como si el niño hubiera desaparecido de repente.
Así que se sentó en el suelo al lado de un expositor lleno de chucherías y se dedicó al "sano deporte" de toquetear, chupar, mordisquear y tirar todo lo que se le venía a la mano.
La madre ni le miraba. El padre creo que cuando dirigía la mirada al niño pasaba a través de él y se perdía en la profundidad de las baldosas del suelo y luego, cuando levantaba la mirada, ésta se perdía en la lejanía de la cola de las cajas porque ni siquiera reparaba que tanto mi hija como yo le estábamos mirando una vez a él y otra al niño, a ver si se daba cuenta de lo que estaba haciendo la "criaturita".
Nada, allí nadie se inmutaba y, a pesar de las ganas de decir - Señor, mire lo que está haciendo su niño -, decidimos callarnos la boquita ya que, en primer lugar, visto la forma de actuar de los padres lo mismo nos ganamos una carada y, en segundo lugar, vigilantes tienen las grandes superficies para que les digan algo.
Cuando les llegó el tuno de empezar a poner las cosas en la cinta de caja fue cuando la madre se dio cuenta de que el niño estaba sentado en el suelo y... ¿Oh maravilla de las maravillas!, lo que se le ocurrió decir a la buena señora fue: "Fulanito" (ahora no recuerdo como llamó al niño), levántate que te estás manchando, mientras tiraba del niño hacia arriba.
Pero señora , me dieron ganas de decirla, el niño lleva más de diez minutos en el suelo y lo que es peor, destrozando un expositor, pero decidí callarme y ver en que terminada todo el asunto.
Por un lado el niño que no quería soltar el bote de gominolas que desde hacía un buen rato trataba de abrir y por el otro la madre que tiraba del niño para levantarle como si le fuera la vida en ello (pero sólo en ese momento), el resultado fue que al final el pobre bote cedió y se abrió desparramando su dulce contenido por el suelo.
El niño cogió las gominolas que pudo y se las metió rápidamente en la boca. La madre no le dijo ni pío. Sacó del bolso con toda tranquilidad un paquete de pañuelos de papel, vació los pañuelos en el bolso y en la funda de plástico con sumo cuidado metió las gominolas que se habían caído al suelo que por cierto, era como el 90% del contenido del bote.
Se guardó las gominolas en el bolso mientras el niño protestaba porque no podía comerse más, cerró el bote y lo colocó en la estantería como si nada hubiera pasado.
¡Alucinadas!, mi hija y yo estábamos completamente alucinadas.
Cuando salíamos de allí, las dos teníamos lo mismo en la mente ya que casi a la vez hicimos el comentario: ¡Dios mío Mundo!... ¡Qué futuro te espera!.

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