miércoles, 31 de diciembre de 2008

Feliz 2009

Le queda muy poquito tiempo a ese año que, lentamente para unos y rápido para otros se termina.
Da la sensación de que no quisiera marcharse... Un día más..., un segundo más...
No voy a entrar en si fue bueno o malo. Digamos que, como a las personas, la vida hace a los años.
Pero este Viejecito se nos va y no voy a decir que me dé pena su partida, tampoco es que me alegre excesivamente pero pena no, pena no me da.
Es curioso... Celebramos la entrada de un Nuevo Año sin saber cómo se portará ese Niño que, en pañales, nos saluda. Y pienso: ¿Qué diferencia existe entre el último segundo y el primero para ser feliz o desgraciado?.
¡Madre mía!, lo siento. Creo que para ser un día de fiesta, alegría, esperanza, ilusión, me estoy poniendo demasiado “profunda de andar por casa” así que voy a dejar esas “profundidades” y desear a mis queridos amigos

- FELIZ AÑO 2009 -
Julia.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Afortunada

Hace un momento hablaba de lo afortunada que me siento y, en verdad, lo soy.
Opino que ser afortunado es disfrutar de lo que realmente se posee y saber renunciar a todas esos sentimientos que, como deslumbrantes bolas de cristal, se van formando con el soplido de nuestros sueños, de nuestras quiméricas ilusiones.
Siempre he pensado que, para sentirse bien con uno mismo, se debe tener un poquito de imaginación, una dosis de sueños, un buen chorro de esperanza pero, sobre todo, saber poner los pies en la tierra cuando esa mezcla tienda a evaporarse.
Dejar volar la imaginación, engañarnos con un sueño, poner nuestras esperanzas en algo, es fácil. Lo realmente difícil es reconocer cuando ese pequeño gran castillo que hemos ido creando poco a poco, se viene abajo al entrar una juguetona ráfaga de viento a través de la ventana de nuestra razón.
Realmente soy una persona afortunada porque, a pesar del tiempo, de mi tiempo, aún conservo la imaginación, los sueños, las esperanzas y, para poder controlarlos..., los pies sobre la tierra.

Julia.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Veintiocho de Diciembre

Hoy es un día muy especial para mí porque un día como hoy, hace años, recibí la más maravillosa “Inocentada” que una persona puede recibir. Un veintiocho de Diciembre nació mi hija. No voy a decir que guapísima, porque eso es algo que todas las madres pensamos de nuestras hijas, aunque de verdad lo sea. Lo que sí voy a decir es que, como persona, como ser humano, no podía ser mejor.
Tiene su carácter y un genio terrible, (herencia familiar paterno-materna), pero es generosa, tierna, responsable, cariñosa, defensora de sus creencias y una luchadora incansable contra la injusticia.
Pensaréis: Bueno, eso es pasión de madre, y es posible, pero a pesar de esa pasión maternal, sé reconocer sus defectos y sus virtudes... y mi hija es un ser humano excelente.
Realmente hoy es un día muy especial como también lo fue el día en que nació mi otro hijo. Y es en días como el de hoy que me doy cuenta de lo afortunada que soy.
Que es por ellos por lo que mi vida tiene sentido. Que ellos son la luz, esa luz que siempre alumbrará mi existencia.
Es por eso que especialmente hoy siento que soy una persona muy afortunada, una persona que lo posee todo, porque poseo lo más valioso que se puede tener en este Mundo: El amor, la compañía, el respeto, la comprensión de las dos personas que más me importan en esta vida: Mis hijos.

Julia.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Mi primer Árbol de Navidad

La primera Navidad que recuerdo con detalle, resultó para mí algo inolvidable. Ahora pienso en ella como en algo cálido, con mucho amor.
Mi casa era muy pequeña, la vida prácticamente se hacía en la cocina. Allí se comía, se cosía, se leía, se jugaba a las cartas, en fin, era el salón de ahora.
Como ya he dicho, mi casa era tan pequeña que en estas fechas sólo se podía poner un pequeño, un diminuto Misterio, pero ese año, mi padre nos dio una sorpresa a todos.
Trabajaba enfrente de casa, en una gasolinera, y un amigo suyo camionero que transportaba pinos, le regaló uno muy pequeño, un pimpollo de pino precioso.
No sabía para qué le podría servir ese pequeño pino y su amigo le dijo:
-En las grandes ciudades, se ponen estos árboles como adorno de Navidad junto con los Nacimientos. Verás como le gusta a tu familia-.
Llegó a casa muy ilusionado al terminar el trabajo con su pequeño pino. A todos les gustó la idea, aunque al principio yo no lo entendí muy bien. Al día siguiente, mi madre hizo unos lazos con cintas y compró unos cacharritos de madera (cazuelas, sartenes, una caperucita, etc.) que vendían en los puestos callejeros. También hizo una estrella de cartón que forró con papel de plata. Ni que decir tiene que el árbol no tenía luces.
Pusimos el pequeño pino en un tiesto y lo adornamos entre todos, debajo del árbol colocamos el Misterio de todos los años.
Todos mis amigos fueron a casa para ver ese adorno tan bonito y nuevo que habíamos puesto y, por supuesto, a todos les encantó.
La noche de Nochebuena, después de cenar en familia, mis padres y mi tía se dispusieron a jugar al parchís conmigo y luego pensaban, como todos los años, jugar a las cartas. En ese momento llamaron a la puerta.
Eran unos vecinos que, al terminar de cenar, pensaron en visitarnos y ver el árbol adornado, trajeron golosinas y bebida, pero no fueron los únicos, en poco tiempo la cocina de mi casa se llenó de vecinos y amigos, todos habían traído algo para pasar un rato agradable juntos.
Empezaron las bromas, los juegos y los chistes. De pronto una vecina, que al parecer era muy religiosa, al acercarse la media noche, dijo que salía un momento. Todos pensaron que querría ir a la “Misa del Gallo”, pero no fue así.
Volvió enseguida con unas velas, de las que se ponían en las iglesias, cortadas en trocitos. Nos dio uno a cada niño y mi padre las encendió, apagó la luz y aquella cocina se llenó de luz de velas y de villancicos, “La Marimorena”, “Arre Borriquito” “Los Peces en el Río” “Rin Rin” y tantos y tantos otros villancicos de siempre acompañados por palmas, panderetas y el sonido de la botella de anís rascada con la cuchara...
Aquella pequeña cocina, esa Noche, parecía inmensa, llena de felicidad y armonía.
Creo que esa Nochebuena de hace muchos años, es una de las más hermosas que recuerdo. No la olvidaré mientras viva, aunque ya no estén mis padres para recordarla con ellos, como hicimos durante años después de la cena.

Amigos... FELIZ NOCHEBUENA.
Julia, Abrecartas 24 de Diciembre de 2002.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Un pequeño Zoo

Tenía tropecientas mil cosas que hacer esta tarde pero... ¡Imposible!.
Después de una mañana “salvaje” en el trabajo, de llegar a casa con un tremendo dolor de cabeza, terminar de preparar la comida, comer y recoger, lo que menos me apetecía era ponerme en plan “guardador de objetos olvidados”, para luego dedicarme a la dulce y adorable tarea de la limpieza, así que me dije: Ni de broma... ¡Este fin de semana!.
Tranquilamente busqué acomodo, me enrosqué como una serpiente, empecé a ronronear como un gato y acabé dormitando como un lirón... Total que en lugar de una habitación parecía un Zoológico.
El dolor de cabeza se me ha pasado pero las ganas de no hacer nada de nada... ¡ahí siguen!.
¡Mañana será otro día!.
Buen fin de semana amigos.

Julia.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

¿Porqué?

Aprendió a navegar por los mares del recuerdo con su buque hundido.
Supo controlar el silencio para formar con él una sinfonía.
Descubrió que podía viajar mientras, inmóvil, miraba las estrellas.
Controló las palabras incontrolables para escribir su poema.
Soñó que poseía el mundo mientras éste huía de sus manos.
Reconoció su debilidad mientras gritaba... ¡Adelante!.
Aceptó ser quién era, cuando lo que deseaba era reconvertirse.
Luchó por mantener un sueño aunque se le había negado soñar.
Sintió que aún podía vivir aunque parte de su porqué se hubiera marchado.
Y sucumbió al abrasarse en el fuego de su propia existencia.

Julia.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Llorar

Cuanto nos cuesta llorar y cuanto bien nos produce algunas veces hacerlo.
No siempre se llora por tristeza o por alegría. Algunas veces las lágrimas surgen sin comprender muy bien porqué, sin llegar a conocer cual fue realmente el detonante que hizo que brotaran.
Sin darnos cuenta, en un instante, sentimos una extraña sensación, una especie de ahogo. Como si nuestro corazón no pudiera más y necesitara abrir las compuertas para no desbordarse y lo hace a través de nuestros ojos.
Es un llanto sereno, sin histerias, sin dramas. Es como una necesidad del alma que dejamos resbale por nuestro rostro sin atrevernos, muchas veces, a enjugar.
Empieza suave, sin apenas enterarnos, pero acaba convirtiéndose en una pequeña catarata imposible de controlar.
Cuando el embalse de nuestro corazón llega a su límite de seguridad, cierra las compuertas y en nuestro interior sentimos una dulce sensación de alivio, como si parte de nuestros pesares se hubieran diluido dentro de esas lágrimas. En ese momento es cuando nuestro llanto cesa lentamente sin que seamos conscientes de ello.
Es una de las formas que tiene nuestro corazón para “recomponerse” y a la vez para reforzarnos y así, poder continuar nuestro camino hasta que, una inesperada crecida, obligue a que se abran nuevamente las compuertas.
Llorar... ¿Porqué no?

Julia.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Tarde de lluvia

La tarde se vistió de lluvia y, curiosamente, una debería sentirse protegida dentro de casa, contemplando como el viento hace que las juguetonas gotas de lluvia repiqueteen en los cristales, pero, no es así.
Ese insistente y monótono repiqueteo hace que me envuelva de nostalgia y me deje llevar por los recuerdos.
El viejo abeto que me acompaña desde siempre frente a mi ventana, mueve sus ramas como fantasmagóricos brazos queriendo ahuyentar los malos pensamientos que intuye a través de mis cristales.
Las gotas de agua se posan sobre él y las farolas encendidas hacen que esas gotas parezcan pequeñas lucecitas que intentan provocar el interés de mi mirada perdida en un mundo perdido.
La desgana se apoderó de mí y me siento incapaz de concentrarme ni siquiera para dar respuesta a tantos y tantos escritos que me han conmovido.
Contemplo la lluvia, el abeto, las luces de las farolas, la oscuridad de la noche más allá de ellas y la tímida Luna que busca su hueco entre los jirones de las nubes.
La música me envuelve y la tenue luz de la habitación crea un ambiente propicio para preguntas sin respuesta. Para falsas respuestas a aquellas preguntas que no me atreví a formular. Para alegres y doloridas miradas al pasado y para esperanzadas y vacías miradas al futuro.
Suavemente deja de llover, las últimas gotas que se asomaron a mi ventana dejan un surco que se rompe a cada paso, como mis pensamientos.
La Luna encontró su hueco y brilla, se esconde, vuelve a brillar, juguetea con mi mirada, quiere distraer mi atención hacia ella mientras parece decirme:
Despierta Julia. Abre los ojos del alma y contempla el mundo, tu mundo hoy.
Ese mundo en el que intentas que, día a día, sea lo que siempre deseaste para los tuyos.
Contempla cada instante en que ellos son felices y tú disfrutas con su felicidad.
Vive, aunque sea soñando..., vive.
Deja de sangrar por dentro. Restaña tus heridas con la luz de mis estrellas...
Despierta Julia, abre los ojos de tu alma... Despierta.
La música ha dejado de sonar, el té se ha quedado frío en la taza y mis gotas de lluvia han cesado como cesó la lluvia en mi calle.

Julia.

viernes, 12 de diciembre de 2008

De quimeras y despertares

Como cada noche se dejaba ir y así soñar que poseía un sueño.
Desnudaba el alma y le dejaba caminar, descalza, sobre un sendero de mullida hierba, sobre un camino de afilados guijarros.
Se sentaba en el filo de un desvarío y dejaba que las hojas, que revoloteaban a su alrededor, se posaran sobre ella acariciando y abrigando su desnudez.
Contemplando el infinito, abría los brazos para que la brisa se meciera en ellos, mientras que el rumor de un lejano y tranquilo mar le susurraba dulcemente antes de romper, impetuoso, contra los acantilados.
El alma, su alma, se dejaba envolver por el misterio, al mismo tiempo que la luz de la luna creaba para ella una alfombra de seda donde reposar mientras espera el beso de la noche y el estallido en sus entrañas del fulgor de mil estrellas.
Todo era irrealmente real.
Todo era una verdadera fantasía.
Todo era...
Pero, también, todo tenía un final. Y aquella ilusión, aquella quimera, se convertía en cenizas en la hoguera del despertar.

Julia.

jueves, 4 de diciembre de 2008

No me olvide ni de vosotros ni del Blog

Buenas noches.
Lo siento, sé que llevo unos cuantos días sin actualizar pero, al menos, no ha sido por ningún problema de enfermedad, ha sido porque:
1º Por la mañana, el curro durante estos días ha sido “impresionante”, de los que marcan época y digo bien, marcan época porque el tema no está como muy boyante que digamos.
2º Por la tarde, tenía muchas cosas personales pendientes y... esas..., como que eran demasiado importantes, porque forman parte de esos momentos especiales con la familia, los amigos...
3º Porque, cuando llegaba a casa, estaba tan cansada, tan hecha “polvo” que no podía escribir ni una letra pero, a la vez, tan satisfecha, tan feliz que, egoístamente no me importaba.
Esta noche es un poco especial. Mañana empiezo unas cortas vacaciones y bueno, no es que quiera dar envidia ya que, si aún tengo días, es porque me he pasado el verano “currando” como una leona, así que, aún me quedan vacaciones, éstas y otros siete días más.
Lo que ocurre es que no quería que pasara más tiempo sin estar con vosotros, aunque este fin de semana nos vamos, mis hijos, sus parejas y yo, unos días fuera, pocos pero..., intensos.
Buen fin de semana largo para todos y, por favor, no os olvidéis de ser siempre felices, hagáis lo que hagáis.
Un beso.
Julia.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Un poema perdido

Más o menos sobre el año dos mil cuatro, fue cuando empecé a escribir este poema. Lo dejé guardado, olvidado, sin terminar y, la verdad, no sé muy bien porqué.
En Marzo del dos mil cinco rebuscando entre mis escritos apareció de nuevo, de ahí viene el título del poema, aunque en un principio lo titulé “Jugando con versos”, y decidí terminarlo.
Seguramente tendría que hacer algunas correcciones en él pero, cuando lo he leído de nuevo he sentido como si una parte de mí volviera a aquellos momentos, así que decidí no tocarlo.

Un poema perdido

Hoy quiero escribir un poema
que llegue a tu corazón
que le conmueva, que le arañe,
beber luego de su sangre
hasta llenarme de deseo y,
mientras que de él bebo,
bañarme desnuda en tus ojos,
en tu mirada hambrienta de niño,
en tu mirada de hombre sediento.

Y, abandonada la realidad,
adentrarme en tus temores,
decir cerca de tus labios, muy quedo,
¡amor no tengas miedo!,
que el deseo ahuyenta la soledad.
Y besarte sin pudor en la boca,
sabiéndome libre sin la libertad.

Y entregarme a ti sin piedad,
dolida y dañándote en ese juego,
en el que ambos salimos ganando,
en el que sé que los dos perdemos,
y así, jugando y jugando,
decirte por primera vez o...
... tal vez sólo una vez más:
¡Te quiero!.

Julia, 25 de Marzo de 2005.

sábado, 29 de noviembre de 2008

CARTAS DE JULIA (PRIMER ANIVERSARIO) – Escrito por Paco Téllez

Quisiera, si me lo permitís, publicar el regalo en forma de poema que, en el primer aniversario de mi Blog, me entregó uno de mis más antiguos y queridos amigos, Paco Téllez.
Muchas gracias Paco y un beso muy fuerte.

He escrito un poema a vuela pluma, sin apenas corregir (y sabes que yo doy vueltas y vueltas a todo lo que escribo). Es mi modesto homenaje a este blog pero, sobre todo, a ti:

CARTAS DE JULIA (PRIMER ANIVERSARIO)

Hoy estrenamos mantel
para la mesa camilla.
Luce radiante la estancia
con las velas ya encendidas

La chimenea crepita
entre las cartas escritas
avivada por el fuego
de tu alma, amiga mía.

Ya sé que nuestras historias
de la fiesta participan
pero tú eres la razón
de que esta casa esté viva

Yo no sé si esto es un blog
o una tertulia sin cita,
qué más da si el corazón
jamás está de visita
en este rincón bendito
donde yo encuentro la vida.

Levanto mi copa hoy
y brindo con alegría
por estar aquí y ahora
y compartir este día
con todos los que no veo
pero me llega su brisa.

Con este tirón de versos
nacidos desde la prisa
yo te felicito blog
y te regalo la risa
de una luna que se asoma
cada noche a mi garita
y en la ronda de mi guardia
su sueño a mi sueño invita.


Paco Téllez a 28 de Noviembre de 2008.

Gracias

Ayer, para celebrar el primer aniversario de este pequeño refugio quise invitar a mis amigos a una pequeña fiesta.
Deseaba que fuera cálida, acogedora y así ha sido pero, esto, se ha conseguido gracias al calor de vuestra presencia, a vuestros maravillosos regalos en forma de palabras. Palabras llenas de cariño, de apoyo, de ánimo, de esperanza hacía el futuro de este Blog.
Ha sido maravilloso, sí, realmente maravilloso recibir vuestros regalos y, a pesar de parecer demasiado sensible, me he emocionado, me he sentido arropada, acompañada... Feliz.
He sentido como este pequeño lugar, gracias a vosotros, se llenaba de luz, de calor, de color y de esperanza para esta celebración tan especial para mí.
Gracias por estar en este Refugio, gracias por todo lo que, comentario a comentario, me entregáis, gracias por abrir día a día una pequeña parte del camino, de ese camino que hace que Cartas de Julia, continúe su andadura.
Un enorme beso para vosotros, mis incondicionales amigos.
Julia.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Un año con vosotros


Abrí Cartas de Julia el día diez de Noviembre, pero fue hoy, hace un año, cuando publiqué mi primera entrada, no sé, como que después de abierto me daba “cosilla” empezar.
Me siento feliz, tal vez pueda parecer una tontería pero así es, hoy este pequeño refugio cumple su primer año de vida.
Para ser sincera, nunca pensé que este Blog que se abrió casi como una pequeña tabla de salvación llegara hasta aquí pero, ya veis, hace trescientos sesenta y seis días (el año dos mil ocho es bisiesto), que inicié mi andadura por estos lares .
No voy a ser egoísta y colgarme la medalla o coronarme de laurel yo sola, no, creo que este Blog sigue vivo gracias a vosotros, mis amigos que, con vuestras lecturas y comentarios, me animáis a seguir con él.
Por eso...


MUCHAS GRACIAS

Julia.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Simplemente

No, no me siento mal,
simplemente no me siento.

No estoy siquiera enfadada,
eso se lo llevó el viento,
no hay mal que cien años dure
ni herida que no cure el tiempo,

Cuando sientes tanto daño,
cuando nos duele tan dentro,
con los pedazos del alma
formas un cántaro nuevo,
donde recoger suspiros,
donde recoger... silencios.

Ya no, ya no me siento mal,
simplemente..., no me siento.

Julia, a 21 de Octubre de 2004.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Pensamiento nº 23

Es nuestra vanidad la que nos hace pensar que hemos perdido algo que nunca tuvimos.

Abrecartas, a 20 de Febrero de 2005.
Julia.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Nace un nuevo día

La luna empieza a perder parte de su rostro mientras la observo a través de la ventana desde la más absoluta monotonía.
Tengo sueño, pero sé, que si me acuesto no podré dormir y, sentada frente a este documento en blanco, decido enfrentar al nacimiento de un nuevo día, Domingo.
Mi calle duerme. La casa está silenciosa, únicamente se escucha el ruido que produce el ordenador.
Es curioso, se me ocurrían tantas cosas que escribir y, de pronto, todas ellas me parecen una tontería.
Debe ser que el cansancio se está apoderando de mi cuerpo y de mi mente, así que creo que voy a permitirles que descansen un ratito, (si es que pueden).
Feliz Domingo.

Julia.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Algunas veces siento

Algunas veces siento que, las personas, nos volvemos cada vez más y más exigentes. Exigimos más y más sin ofrecer nada o, muy poco.
Seguramente yo no me salvo de ese sentimiento porque, probablemente, yo sea la primera que no me siento capaz de dar mucho.
Pero hoy es..., como un quiero cambiar. Un, me gustaría cambiar... Un, me gustaría abrirme más, saber entregarme más, poder decir... ¡Aquí estoy!, sin reservas.
No sé si en alguna ocasión he sido así pero, si no lo he sido, desearía serlo a partir de ya, de este momento, porque siento una necesidad dentro de mí que me lo pide a gritos..
Creo que hoy estoy con eso que llamamos... “fibra sensible”, pues..., no me importa. ¡Ojalá!, todos encontrásemos ese momento en el que nos enfrentáramos a esa despertadora fibra.
Es curioso, algunas veces me siento plena, acompañada al máximo, en cambio otras es como si hubiera un desierto a mi alrededor, donde se me negaran esas cosas que son como el agua en el desierto..., imprescindibles.
Sé que no es una entrada fácil de leer, animosa, divertida, entusiasta, pero es la entrada que quiero, que necesito hacer hoy, porque hoy, no me siento ni divertida, ni animosa, ni entusiasta, ni fácil de leer, simplemente, me siento...

Julia.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Tapón

Se llamaba Tapón y era la mascota de mi hija. Un hámster ruso hembra a pesar del nombre que, cuando llegó a casa por primera vez, era muy arisco. Cuando se le sacaba de la jaula para que jugara un poco en un espacio más abierto, mordía como un descosido, una vez, hasta me hizo sangre en una mano pero era tan chiquito, tan tierno, parecía una pequeña bolita gris que después de regañarle (como si lo entendiera), no podías por menos de acariciarle de nuevo.
Poco a poco fue cambiando. Se acostumbró a que le sacaran a jugar y ya no mordía a nadie salvo cuando estaba en celo, es más, le encantaba corretear por nuestro cuerpo y pasar de mano en mano para que todos le mimaran.
Se volvió cariñoso, pero seguía siendo revoltoso y juguetón. No paraba quieto un segundo y cuando no estaba dando vueltas en su rueda, se dedicaba a hacer cabriolas por las barras del techo de la jaula o subir y bajar por los tubos que tenía en ella.
Más de una vez se nos escapó pero, aunque parezca mentira, aparecía cuando le llamabas mientras hacías ruido sobre la madera y decías “Tapón..., pan” y es que estaba acostumbrado a que cuando llegaba a casa a medio día, siempre le daba un trocito de corteza de pan mientras le decía: “Tapón, pan”, así que creo que por eso salió de su escondite al oírme decirlo.
Pero pasó el tiempo y, como todo el mundo, envejeció, se hizo más lento, ya casi no jugaba en la rueda y no trepaba para hacer sus cabriolas en las barras del techo de su jaula.
Se quedó “un pelín” sordo y nos dio mas de un susto porque se quedaba dormido todo estirado cuando lo normal es que lo hiciera hecho una bola y, como no oía bien, tenías que mover la jaula para que se enterara y viniera a comer de nuestros dedos esas pequeñas golosinas que tanto le gustaban: trocitos de lechuga, zanahoria, manzana, melón y su corteza de pan.
Tenía mucha edad para ser un hámster ruso ya que, según nos dijeron, era raro que llegara a vivir dos años.
Hoy era como cualquier día, le vimos caminar lentamente como ya era costumbre, subir y bajar recorriendo los dos pisos de su jaula, comer su trocito de corteza de pan, beber agua agarrándose al bebedero con sus patitas delanteras y esconderse entre el serrín.
Después de cenar me extrañó que no estuviera, como todas las noches, zascandileando por la jaula ya que estos animales tienen su mayor actividad en las horas nocturnas, así que me asomé para ver donde estaba.
Me sorprendió no encontrarle escondido entre el serrín y me extrañó que estuviera en la parte de arriba de la jaula metido en su caseta.
Le llamé porque no veía muy bien si se movía. Moví la jaula pero...,nada. Golpeé la pared de su caseta y no hubo respuesta..., Tapón nos había dejado
Tapón vivió más de dos años, casi podría decir que vivió dos años y cuatro o cinco meses, porque desconocemos el tiempo que tenía cuando llegó a casa.
No me avergüenza decir que lloré por Tapón pese a ser un hámster, porque era nuestro pequeño amigo, y le queríamos.
Julia.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Revolviendo en la buhardilla

Me invadió la nostalgia, no pude evitar que sucediera.
Abrí la puerta del refugio y, desde el umbral, intenté ver todo lo que en él se encontraba.
Poco podía ver, porque la sola luz de la chimenea me ofrecía una imagen difusa pero lo suficientemente acogedora como para que me decidiera a entrar.
Entré despacito, como quién no desea que se advierta su presencia y cerré con cuidado la puerta para que no golpeara.
La chimenea seguía encendida pero necesitaba atizarla un poquito y, tal vez, añadirle algún tronco.
Me senté en mi lugar preferido. Esa alfombra mullida y cálida frente al fuego y desde allí contemplé todos los regalos que me habían ofrecido y que, en forma de palabras, adornaban de muchas y diversas maneras la estancia.
Me sentía a gusto. Sí, muy a gusto, todo era armonía, como si una orquesta que, sin producir ninguna nota, creara una hermosa sinfonía.
No sé cuanto tiempo transcurrió pero algo hizo que saliera de ese ensimismamiento en el que me había sumido.
Algo me llamaba desde la parte de arriba del refugio, desde la buhardilla y, era tan insistente su llamada que no puede evitar levantarme y dirigirme hacia arriba.
Abrí la puerta y, allí estaban. Era algo increíble, era como redescubrir antiguas páginas de este lugar que había olvidado.
Reencontré escritos, comentarios, situaciones, sensaciones, recuerdos...
Reencontré antiguos cuadros formando imágenes a través de las palabras y palabras que se ofrecían como regalo a esas imágenes.
Reencontré el cariño de viejos amigos y la presencia de otros nuevos.
Era increíble, algo especial, era como revivir de nuevo esos instantes que, en su momento, me dieron serenidad, paz y, me ofrecieron la ocasión de comprobar que no estaba sola en el refugio.
Fue un momento especial, recorrí tiempos pasados, situaciones personales, tiempos difíciles y tiempos felices.
Cuando me sentí llena de paz, de esa paz que se respiraba en la buhardilla, bajé de nuevo para atizar la chimenea y decir a este pequeño refugio que ha hecho que me llenara de nostalgia pero que, por suerte, esa nostalgia ha conseguido que me sintiera feliz de haber subido allí.
No será la última vez que suba a visitar esa buhardilla.
Julia.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Un día de locos

De locos, hoy ha sido un día de locos.
A la media hora de abrir al público tenía a tres personas hablándome de tres problemas diferentes y para mayor “gracia”, el teléfono sonando sin parar.
¡Ehhh!, ¡Por favor!..., que tengo dos oídos, dos manos y una sola cabeza, que para nada soy ni un pulpo ni Mary Poppins, ni tan siquiera una computadora, ¡Qué mas quisiera yo algunas veces!..., así que, lo siento, pero mi capacidad no da para tanto.
Que soy una “currita de las de a pie” que, para su desgracia, sólo sabe atender, como mucho, dos cosas a la vez y eso mientras una de ellas sea respirar.
Así que me apoyé en el respaldo del sillón sin decir “ni pío”, eso sí, con una sonrisa que más o menos quería decir: De uno en uno, por favor, porque aunque escuche todo lo que estáis diciendo no puedo procesarlo y responderos a la vez.
Dio resultado, al menos empezaron a hablar de uno en uno, aunque algunas veces era amablemente interrumpido por otro que, al darse cuenta de que no le hacía ni caso, se callaba.
Y para que contar, la mayor parte de la mañana fue así, menos mal que todo tiene sus compensaciones y, por qué no decirlo, también hubo cosas muy pero que muy buenas...
Espero que mañana sea un día “menos divertido” y es que también me apetece “aburrirme” de vez en cuando, pero, si no lo es, pues nada, apechugaremos con lo que venga porque, como se suele decir, para eso nos pagan, no mucho pero..., nos pagan.
Buenas noches.
Julia.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Dejarse llevar

Sentada con los pies sobre el sillón, abrazando las rodillas, escrutaba la noche a través de los cristales buscando un resquicio por el que lograr aunarse con ella.
Pensaba: Si pudiera viajar convertida en oscuridad, me asomaría a su ventana tratando de descubrir su secreto.
Sumida en sus pensamientos, se dejó deslizar suavemente hasta fundirse con el sueño.
Julia.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Tiempo

Transcurre el tiempo.
Dos tic-tac se distancian,
soledad de uno.
Julia.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Hoy es uno de esos días...

Hay días en los que me apetece sentarme a escribir sin saber muy bien que es lo que voy a decir.
Sólo me gustaría escribir todas esas pequeñas cosas que se acumulan en mi cabeza y que luego, de una forma extraña, van conectándose unas con otras sin tener ningún sentido, mínimamente lógico, hasta lograr encadenarme a mi misma.
Tal vez si consiguiera hacerlo, si consiguiera desenredar esa absurda maraña que se va formando con esos pensamientos conectados tan inconexamente, sería capaz de poner en orden mi desordenada cabeza y dejar de dar vueltas y más vueltas como en un tiovivo para regresar siempre al mismo lugar.
Si pudiera escribir todos esos pequeños flash que aparecen y desaparecen dando paso a otros nuevos que vagamente se relacionan entre sí pero que, al final de la sucesión, forman un desesperante álbum de imágenes aparentemente lógicas pero fuera de toda realidad razonable, es posible que dejara de ver en su solo tono de gris.
No, no me importaría pasar del gris al blanco y negro como en las películas antiguas. Tal vez ese fuera el primer paso que abriría la puerta hacia mi perdido Arco Iris y así poder pensar a través de un sendero lleno de luz y tomar rumbo a cualquier parte.
Lo más probable es que no se entienda muy bien lo que he escrito y que se considere que es una de esas entradas “de relleno” pero, es cierto...
...Hay días en los que me apetece sentarme a escribir sin saber muy bien que es lo que voy a decir.


Julia.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Vacio

Hoy necesito insertar un poema que publiqué en Ababolia allá por el año 2002 pero que su esencia, al menos para mí, no ha cambiado con el paso de los años.

Vacío.

Caminar por sendas vacías
lugares sin luces, oscuros,
perdidos y encontrados
para sentir la soledad
de una vida repleta de todo y nada
de presentes sin presente.
de esperanzas desesperanzadas,
de silencios llenos de ruidos,
pero sin palabras.
De miradas llenas de nada,
vacías de todo,
de manos cubiertas de barro,
resecas, desgastadas
de tanto arañar la tierra
del corazón de los demás,
para recoger un poco
de lo que has desprendido
y que es tan poco
que se queda entre los dedos.
Volver la vista atrás
y ver, con tristeza,
que hay lo mismo que delante
lo mismo que el ahora
sólo la tierra pisada,
que por pisada está dura,
ni tu huella dejas en ella
y si no dejas tu huella,
qué dejas..., ¡Nada!,
y sientes que has pasado sin pasar
y que a la hora de entregar
lo que has recogido
entregarás un enorme saco
lleno de mucha nada..., ¡Vacío!.

Julia - (Abrecartas a 10 de Noviembre de 2002).

jueves, 6 de noviembre de 2008

No vuelva usted mañana

Le extrañó verlo en la cola. Por la edad que representaba, unos ochenta años, no tenía objeto que estuviera allí.
-Buenos días dijo al acercarse a la mesa.
-Buenos días respondió, Siéntese, por favor.
-Verá, vengo a entregar unos papeles de mi hijo, dijo mientras sacaba unos impresos que se encontraban en blanco de la carpeta que cuidadosamente había dejado sobre la mesa.
-Lo siento, pero esos impresos tiene que presentarlos su hijo personalmente, es la norma.
-Disculpe, pero es que mi hijo, comenzó a decir mientras sacaba otros papeles además de un carné de identidad, no puede venir personalmente, informó mientras los entregaba.
Cogió el D.N.I. y comprobó la edad de la persona, pasaba con mucho de los cuarenta años. Después cogió el resto de los papeles y los leyó atentamente.
Uno era un certificado que acreditaba una minusvalía de un setenta por ciento y un certificado médico que especificaba que el interesado y debido a una enfermedad no podía moverse de la cama.
-Bien, dijo después de comprobar todos los documentos, podemos recogérselos a usted pero tienen que estar firmados por su hijo... ¿Puede firmar su hijo los impresos, verdad?, preguntó al ver que el D.N.I. había sido recientemente renovado y venía firmado.
-Sí, respondió el padre, firmar sí puede.
-Entonces tiene que volver a llevarse los impresos y volver con ellos cubiertos y firmados por su hijo.
-Gracias, respondió con una sonrisa y levantándose con esfuerzo se alejó.
Al día siguiente y mientras atendía a otros usuarios vio en la cola al señor del día anterior. Esperaba pacientemente que le llegara su turno a pesar que había otras mesas que no tenían tanta cola.
Cuando le llegó su turno se acercó a la mesa con una sonrisa
-Buenos días dijo como el día anterior.
-Buenos días respondió la otra persona también con una sonrisa, siéntese, por favor. ¿Ha traído ya los impresos cubiertos y firmados?.
-Sí, espere que los busco.
Y de nuevo abrió la carpeta y sacó de ella los mismos papeles del día anterior, sólo que firmados pero..., seguían sin estar cubiertos.
-Señor, estos documentos están debidamente firmados pero no los trae usted cubiertos y deben estar rellenos.
-Lo siento, disculpe, es cierto que usted me dijo que además de firmados deberían estar rellenos, no me di cuenta. Volveré otro día, dijo mientras agachaba la cabeza haciendo ademán de levantarse.
-No, no se preocupe, puede cubrirlos usted aquí, ahora, espere que le doy un bolígrafo.
-No, no, volveré mañana con ellos cubiertos, los rellenaré en casa.
-Pero, si hace mucho frío y, por lo que he podido comprobar vive usted muy lejos, además, iba a añadir, son unos pocos papeles..., cuando, de repente se le encendió la luz de alerta: El señor no se sentía capaz de rellenar los impresos.
-Ah, ya entiendo, dijo, lo que ocurre es que se ha dejado usted las gafas de cerca en casa, ¿me equivoco?.
-No, no se equivoca, me las dejé olvidadas y sin ellas no puedo leer bien, dijo un tanto azorado.
-No se preocupe, yo los relleno. Le voy preguntando y usted me va dando los datos.
-Gracias..., si no le importa, respondió casi sin atreverse a levantar la cabeza.
Cuando empezó a preguntar y rellenar los impresos, se escucharon pequeñas protestas en la cola porque tendrían que esperar más de lo que pensaban pero eso no importó.
Mientras los cubría el hombre empezó a hablar, como si con ello se sintiera aliviado: Que su hijo vivía con él y su mujer y que eran ellos los que cuidaban de él debido a su minusvalía y a las frecuentes enfermedades que ésta le acarreaban.
Supo también lo preocupados que estaban porque se sentían muy mayores y no sabían que sería de su hijo cuando ellos faltaran ya que los hermanos no querían saber nada de él.
Supo tantas cosas que le importó muy poco las protestas que le cayeron después por detenerse a cubrir los impresos cuando los demás ya los llevaban cubiertos.
-Muchas gracias, ha sido usted muy amable, perdone por las molestias y..., ya lo sé para la próxima vez, no me tengo que olvidar las gafa de cerca aunque..., ya soy un poco mayor y mi memoria me falla para estas cosas.
-De nada y no se preocupe, no ha sido ninguna molestia y si otra vez se olvida las gafas, seguro que habrá alguien que le ayude a escribir lo que necesite.
-Buenos días dijo con una sonrisa mientras se levantaba con dificultad.
-Buenos días, respondió con otra sonrisa. Ah, y que todo salga bien.
Julia.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Me regalaron a "D. Juan"

Ayer me sorprendieron haciéndome un inesperado regalo: Entradas para ver “D. Juan Tenorio”.
Me encanta, es una obra que desde siempre me ha fascinado y hacía años que no veía ninguna representación de ella.
Recuerdo que cuando era niña y adolescente, TVE ponía cada primeros de Noviembre esa obra de Zorrilla.
No me la perdía por nada del mundo aunque ya los últimos años se empeñaron en ofrecernos unas representaciones un tanto extrañas que hicieron que perdiera todo interés en verlas. Más tarde empecé a ir siempre que podía al teatro para verla.
Como he dicho, hacía ya bastantes años que no disfrutaba de ella y ayer, ese regalo sorpresa me hizo una enorme ilusión.
La puesta en escena y el vestuario estaban muy logrados. Los actores, todos ellos metidos de lleno en sus papeles, hicieron que la representación fuera muy interesante, hasta la actriz que hacía de Dña. Inés, (que mira que el personaje siempre me ha parecido un pelín soso, claro que, ¿qué otra cosa se podía esperar de una niña atrapada en un convento?), hizo una interpretación muy en su punto pero a la vez diferente, como con más espíritu pero, el actor que interpretaba a D. Juan y la actriz que hacía de Brígida... Vamos, es que lo bordaron.
D. Juan empezó bastante bien, mas a medida que la obra avanzaba fue como si realmente el espíritu que Zorrilla quiso imprimir a su personaje se hubiera apoderado de él.
Brígida desde un principio estaba tan metida en su papel de vieja alcahueta que fue, después de D. Juan, la mejor actuación.
Fue tan buena la interpretación de la obra, me gustó tanto que, cuando salimos, me dolían las manos de tanto aplaudir.
Vaya, veo que de nuevo me estoy dejando llevar por mi pasión por una obra que a muchos les parecerá trasnochada pero que para mí es increíble. Creo que nunca me cansaré de disfrutarla.

Julia.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Juan - 1ª Parte - (Escrito por Charli).

---Hoy, en silencio esta vez, escribo y te cuento:
----El viento tenso de la tarde cálida, rascaba la piel de mi rostro y arrebataba mi espera. La besé, suavemente en los labios, entreabiertos de sorpresa lánguida. Hundí en su rostro mi cara, escondiendo la vergüenza de aquel beso torcido. Dejé ir mis ojos al fondo de aquel verde profundo que me miraba. Su mirada suave y cálida, el terral, cada vez más intenso, soplando cada minuto más de lejos. La mar que espejaba avisos para navegantes. Aquella mar inconfundible, que ponía su cara más bella, pintada de mil colores imposibles, como avezado marino me avisaba: amarra
----
Di la vela al viento y puse proa a tu mar, surcando aguas frías, límpidas y amantes, acompañado por la sombra de aquel velero parejo que singlaba a mi babor, con su mayor desplegada, preñada de viento cálido, engañoso y mortal. Girando la cabeza, sólo de vez en cuando, le gritaba a su loco patrón: “vuelve ignorante. Vira estúpido ¿no ves la mar?”. En voz baja me decía a mí mismo: ¡marinero de estanque! Vuelve Juan, joder Juan ¿qué estás haciendo? Trinca y vuelve, aun se ve la bocana. Todo está tranquilo aún, la mar te perdonará esta afrenta; dejará que llegues otra vez.
----
¡Te quiero! dijo Juan, mientras salía al bauprés para trincar el foque. Extendió los brazos al viento y gritó a pleno pulmón que no volvería. Gritó una y otra vez que la amaba, mientras ella le besaba la cara, los ojos, el cuello y el corazón. Millones de besos devueltos con las múltiples partículas de sí misma que cabalgaban en el viento. Millones de besos para enloquecer a un hombre que amaba sin previsiones.
----Aquel cielo oscuro de azules, turquesas, grises pesados y agitado de nubes. Aquel cielo de luces extrañas, se abrió de repente. Se abrió para dejar caer el mundo sobre Juan. Éste, de nuevo a la caña, estalló en carcajadas. Entre risas se le oía: “ya lo sé; y qué, tampoco quería volver ¿No creerás que me has engañado ni por un momento?”
----Los rizos, cada vez más encrespados, se remataban en espuma suave de algodón, que nuevamente se montaba en el viento para besar, una vez más, el pelo de Juan, ya chorreante de caricias.
----Miró a babor, donde ya había desaparecido el patrón loco, para decir: Sabía que tú volverías al puerto y, por primera vez aquella tarde, se sintió sólo con ella. En la intimidad más compacta, en la unión más perfecta. Sólo quedaban tres cosas: El cielo, Juan y Ella. El resto del mundo había desaparecido. Se había ido prendido de la cola de las últimas ráfagas de viento cálido. Junto con los colores imposibles y los azules etéreos que se habían asomado para observar la escena de aquel principio de tragedia.
----Rompe el pantoque si puedes, mis cuadernas aguantarán sin problemas tu embate, ella me lleva por la quilla, me abraza ¿no lo ves?
----Comenzó a cantar una lenta canción marinera, de cadencia triste y sonido de tierras lejanas. Juan cantó lentamente mientras esperaba la llegada de la primera. Pensó en darle popa; correr el temporal de popa; eso debía hacerse. Y qué ¿No había soltado amarras cuando sabía que no debía hacerlo? Ahora es tarde Juan, ¡aproa con redaños! ¡Suelta trapo y aproa!
----Juan, una vez más en su vida, dejó ir todo su puntal hacia la ola que amenazaba su barco. Con una sonrisa en la boca; con un rictus de fatalidad en su cara y feliz de ser él mismo. Satisfecho de manejar aún el rumbo, sujetando con fuerza el brazo de la caña, clavó en ella sus ojos, sólo nacidos para mirar lejanías. Lentamente, comenzó a escalar aquella primera que ya llegaba con prisa. No se preguntó si sería la última, sólo recogió la caña detrás de su antebrazo, cerrando la mano a la punta; enredó en su puño izquierdo un cabo, aseguró con la mirada la caza del estay de proa, apoyó la espalda en la borda por popa y se dispuso a clavar el bauprés en cuantas primeras le trajese la mar.
----Juan se perdió, firme, él mismo, ajeno a opiniones extrañas, sordo a costumbres y palabras ajenas, con las amarras rotas. Consecuente con la sangre y la sal que recorren aún sus venas y dejando una corta estela de mar y viento.
----
Continúa navegando hoy en su mar que es mi propia alma.
Charli.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Pensamiento nº 16 de Abrecartas - (Recordado por Paco Téllez)

En su comentario a mi entrada anterior, Paco ha traído hasta aquí un pensamiento que en el año dos mil cinco escribí en Abrecartas y que decía así:

Me gustaría preguntar ¿por qué?, pero sé que no voy a obtener respuesta.

Abrecartas a 4 de Febrero de 2005.

Esta fue la respuesta de Paco qué, en su momento (9 de Febrero de 2005), hizo a mi pensamiento y que me pareció muy interesante:

Si tuviera la respuesta
a todas las preguntas,
si no dudara,
si no cometiera errores
si no asumiera mi ignorancia
y mi temor a equivocarme
no lucharía por ser feliz
porque no sabría lo que
eso significa.

Paco (transmutado en filósofo budista)

Me gustó tanto su respuesta, sobre todo que la hiciera en forma de poema que no puede evitar contestarle de la misma forma y en la misma fecha:

No conozco ninguna respuesta,
pero tengo todas las preguntas,
dudo, claro que dudo,
cometo errores
más que nadie,
asumo que soy ignorante,
sé que me equivoco,
pero lucho por ser feliz,
lucho, porque eso si sé
lo que para mí significa.

Julia (con los pies en la tierra).

Creo que Paco, de alguna manera, lo que ha querido decir en su comentario al insertarlos es que si existe algo importante en esta vida es intentar ser feliz siempre y como eso es algo imposible que, al menos, intentemos buscar serlo el mayor tiempo posible.
Gracias amigo mío por una lección que fue sabia en su momento pero que sigue siéndolo a pesar del paso de los años.
Julia.

El día cinco de Noviembre, Charli hizo un comentario a esta entrada que es como una continuación a los que Paco y yo escribimos en su día en Abrecartas y, es por eso que hoy, ocho de Noviembre, modifico la entrada añadiendo sus versos:

Y llegó el tercero,
el pedante en discordia.
Y llegó andando
como siempre, andando.
Caminando despacio
hacia ninguna parte;
caminando.
Con aires de poeta caduco
iba llorando su canción,
soniquete estúpido que decía:

No sé empezar los versos
ni sé empezar el fin del camino.
No sé empezar el tiempo
ni sé empezar el destino.
No sé empezar preguntas
ni sé empezar con buen tino.
Ni siquiera sé, ya, ahora,
terminar este desatino.
Lo que sí creo que sé
es que la senda
es, en sí misma,
comienzo, trayecto, fin y destino.

Charli, a 5 de Noviembre de 2008.

Julia.

viernes, 31 de octubre de 2008

No era mi intención

Estoy convencida que necesitaba un vapuleo y me lo han dado.
Me han dicho cosas que me han llegado muy profundo porque, en lugar de mandarme a la mierda, como realmente me merecía, me han hecho ver con palabras serenas, llenas de un cariño dolorido lo mal que me he portado.
Y lo reconozco, reconozco que me he portado mal. Que me he portado de una forma áspera y tal vez egoísta, quizá lamiendo heridas que yo misma he abierto de nuevo, quizá olvidándome de aquellas personas que se preocupan por mí.
No debo ser una persona fácil, al menos pienso que no lo soy después de leer palabras de cariño y ayuda frente a mi mal comportamiento.
Y quiero confesarlo aquí. Decir que muchas veces me dejo llevar por una introspección que en ocasiones no puedo evitar alimentar, aunque sepa que actuar así no me lleva a ninguna parte y menos a nada bueno.
Sé que con esta forma de actuar hago daño a personas que quiero y que no se lo merecen en absoluto pero ahora, en estos momentos, quizá haya perdido el rumbo que en su día no perdí y que, el tiempo, sin yo darme cuenta, se ha convertido en ese gran aliado de la niebla que ahora me envuelve y que no me deja ver más allá.
No sé si esto es una entrada muy corriente o es una entrada de esas que después de leídas se piensa: ¡Dios mío. ¿Pero de qué va?!.
Pero ya veis, ni siquiera me lo cuestiono, porque necesitaba escribirla para decir de alguna manera a ese amigo... Lo siento, perdón, necesito no seguir portándome así.

Julia.

jueves, 30 de octubre de 2008

Unos días de silencio

Siento haber estado unos días sin escribir ni responder a vuestros comentarios pero..., me encontraba un poco “chuchurría”.
Ya sé que tal vez no sea una palabra como muy apropiada, pero es que me sentía así, sin ganas de nada, como si me fuera a pillar uno de esos virus que últimamente son "el pan de cada día" de los médicos, pero no, al parecer no he pillado nada o más bien, nada ha querido pillarme a mí, ha sido un simple... ¡Estar fatal!, sin más.
Tampoco es que hoy se me ocurriera mucho que escribir, así que he decidido contaros un poco el porqué de estos días de silencio total.
Un beso y, como siempre, feliz descanso.

Julia.

lunes, 27 de octubre de 2008

Pensamiento nº 14 - (Abrecartas)

Si tienes que remendar tu corazón, no dejes que el mundo pueda ver las puntadas.

(Abrecartas, pensamiento nº 14 – 31 de Enero de 2005)
Julia.

domingo, 26 de octubre de 2008

Faltan pocos minutos

Faltan pocos minutos para que acabe el día.
Un día que tenía que haber estado lleno de alegría por ser un tanto distinto.
Y en su mayor parte así ha sido, porque en él ha habido a mi alrededor grandes sorpresas, toneladas de ilusión, derroche de alegría y mucho, muchísimo cariño.
Pero siempre ocurre algo que empaña esa felicidad y siempre por causa de alguien que hubiera sido mejor que no se acordara de éste día aunque, en el fondo, tampoco ha sido tan malo porque ..., de todo se aprende.
Haciendo un resumen:
Un día maravillosamente feliz, lleno de alegría y amor pero al mismo tiempo, un día que ha conseguido enseñarme algo que espero no olvidar jamás.
Buenas noches a todos y feliz descanso.
Julia.

sábado, 25 de octubre de 2008

Hasta siempre Viejo tronco

Hace tiempo hablé del tronco seco que en su día fuera un árbol y que estaba rodeado de una forma muy especial por un Pitosporo.
Era casi, casi, una obra de arte, el capricho de un jardinero que pocas personas se detenían a contemplar porque, entre las prisas y la cantidad de árboles que le rodeaban, prácticamente nadie se fijaba en él.
Como dije en su momento, casi todos los días me detenía durante unos instantes, o bien al ir o al volver del trabajo, para contemplar los cambios que se producían en él y para contarle, en silencio durante unos segundos, como me sentía ese día ya que para mí aquel tronco seco era como un buen amigo que estaba lleno de vida de esa vida que le proporcionaba la planta que tan amorosamente le abrazaba.
Pero estaba condenado a desaparecer, porque el progreso que favorecería a la comunidad así lo había decidido.
El pasado miércoles, cuando pasé por allí ya no estaba. En su lugar había un inmenso boquete donde se instalará una enorme tubería que, al parecer, evitará problemas cuando las lluvias sean muy intensas.
Unos metros, sólo unos metros y nuestro tronco, digo nuestro porque cuando nos encontrábamos su jardinero y yo, hablábamos de él como de algo muy especial, algo vivo que se hubiera podido salvar pero..., los planos estaban ahí.
Tengo algunas fotos, más nunca volveré a disfrutar de su vida ni veré sus cambios de tonalidad ni podré volver a contarle cómo me siento.
Le echaré de menos aunque sólo fuera un viejo tronco seco maravillosamente vestido por otra planta, porque él, estaba lleno de vida.
Creo que cada vez que pase por allí y me encuentre con un montón de cemento, cerraré un segundo los ojos y lo volveré a contemplar con el colorido y la belleza que habría tenido en esa estación del año.
Hasta siempre Viejo tronco, nunca te olvidaré.
Julia.

martes, 21 de octubre de 2008

Tomando un café

Después de su confesión, dejó de mirarle a los ojos como lo había estado haciendo mientras charlaban. Se concentró en mirar fijamente la taza que acababan de servirle intentando ordenar sus pensamientos.
El tiempo transcurría y el silencio se estaba convirtiendo en algo muy tenso.
No se había atrevido a hablar hasta ese momento en el que, sin levantar la mirada de la humeante taza de café dijo casi en un susurro.
--Quisiera querer quererte.
Siguió sin mirar a su interlocutor por lo que no pudo darse cuenta de su cambio de semblante.
--¿Realmente necesitas querer quererme?, preguntó él intentando que su voz no se alterara delatando su estado de ánimo.
--No lo sé, fue la lacónica respuesta.
--Voy a preguntártelo de otra forma: ¿Deseas llegar a quererme?. ¿Lo intentarías?. ¿Crees que podrías conseguirlo?, ¿Sientes algo por mí?...
--No lo sé, realmente no lo sé, repitió de forma casi automática.
--Mírame, dijo él, mientras levantaba suavemente su barbilla hasta que sus ojos se encontraron.
Durante unos instantes los ojos de ella expresaron mucho más que todas las palabras que hubiera podido decir.
--No chiquilla, no. ¡Por Dios!. Ni siquiera lo intentes. Olvídalo.
Dejemos las cosas tal y como están, continuó intentando que su voz no reflejara ninguna inflexión.
Sé que si lo hicieras, que si intentases aprender a quererme, es posible que te auto convencieras que había sucedido, que habías llegado a amarme sin realmente hacerlo y, a partir de ese momento, tú no podrías ser feliz y yo me convertiría en el hombre más afortunado por tenerte pero también, en el más despreciable de la tierra por aceptar esa situación.
Se inclinó ligeramente sobre ella y dándole un casi imperceptible beso en la comisura de la boca siguió hablando de cosas intrascendentes.
Acababa de perderla y la amaba, sí, la amaba con toda el alma pero necesitaba seguir a su lado, aunque fuera como amigo, ese amigo al que sin ella saberlo, siempre le sangraría el corazón cada vez que, de alguna manera, se encontraran.
Continuaron hablando de libros, películas, trabajo, vacaciones..., pero ambos sentían que algo se había roto para siempre y que, probablemente, las cosas nunca volverían a ser como antes.

Julia.

lunes, 20 de octubre de 2008

Un cuento muy loco

Érase una vez un pequeño ratoncito que se sentía muy orgulloso del castillo de arena que había construido.
Lo miraba y lo miraba entusiasmado pero, en un momento, un elefante distraído con el revoloteo de unas mariposas, sin darse cuenta y de un pisotón aplastó el castillo.
El pobre ratoncito rompió a llorar al ver su gran obra destrozada y llorando y gimiendo se dirigió a su casa.
Al llegar y entre llantos e hipidos le contó a su padre lo sucedido.
Éste se enfadó muchísimo porque no era la primera vez que el despistado elefante hacía algún desaguisado.
Muy, pero que muy encolerizado salió en busca del elefante al que no tardó en encontrar ya que éste, seguía extasiado con el vuelo de sus mariposas.
Se plantó frente a él y estirándose todo lo que era capaz, apretando los puños fuertemente y gritando todo lo que le daban de sí sus pulmones le dijo:
--Pero bueno grandullón. ¿Tú que te has pensado?... ¿Crees que porque eres tan grande puedes hacer lo que te de la gana?, pues esta vez no. Esta vez te vas a ver la cara conmigo.
De todos es sabido que por alguna extraña razón, los elefantes tienen auténtico terror a los ratones y, lógicamente, nuestro elefante no iba a ser una excepción, así que, cuando bajó la cabeza para ver de donde procedían esos chillidos amenazadores y se encontró con nuestro pequeño ratón, salió corriendo despavorido pisando la cola de una gatita que, divertida, contemplaba la escena.
¡Miiiiiaaaaaaauuuuuuuu!, maulló de dolor la pobre gata mientras salía disparada hacia su casa como alma que lleva el Diablo.
Al llegar a ella le mostró su cola toda maltrecha, al gato que, al verla, empezó a enfadarse por momentos.
--¿Quéeeee?... Preguntó totalmente fuera de sí el gato... ¿Qué te han pisado tu preciosa cola?. Ahora verá ese energúmeno quien soy yo. Pero que se habrá creído gritaba mientras se dirigía a la puerta.
--Ah, a propósito: ¿Quién te ha maltratado así?, le preguntó antes de abrirla.
--Fue el elefante mientras huía de nuestro enfurecido vecino el ratón.
El gato se detuvo en seco. Así que era el elefante. Pobre de mí, pensó, menuda la que me espera...
Decidido a defender su honor, abrió la puerta. Una vez en la calle, no se lo pensó dos veces y de un par de bocados, se comió a su vecino el ratón y a toda su familia.
Y colorín colorado, este cuento loco... o no tan loco..., se ha acabado.
Julia.

domingo, 19 de octubre de 2008

Aprendiendo

---Desde que empecé con el Blog, cada vez que quería escribir con algún tipo de presentación especial, éste se me ponía de manos y no me dejaba hacer esas virguerías que me apetecía hacer y que Word te permite.
---Es lógico, me decía, esto no es Word, es un Blog y te puedes dar con un canto en los dientes que tiene bastantes opciones. Así que, al final publicaba la entrada lo mejor que podía, aunque creo que queda bien claro que, en ese tema, soy mas bien bastante clásica.
---Pero... ¡He aquí que Charli me regala un escrito!.
---¡Genial!, me pareció fantástico pero... ¡Zas!, me encuentro con que el escrito está lleno de tabulaciones en el inicio de cada párrafo.
---Que los diálogos tienen una posición especial (con sus rayitas y todo, como Dios manda) y que, cuando intento publicar la entrada, me queda un churro.
---Como soy una cabezota esférica, me empeñé en que la estética tenía que ser lo más aproximada al original, (más que nada para que no me echara la bronca), jajajaja, venga, que es broma.
---Ahora en serio, que el tema se acabó convirtiendo en un reto personal y..., cuando se me mete una cosa en la cabeza..., es algo así como “chufla-chufla..., que como no te apartes tú...”.
---
Así que intentándolo una y otra vez he descubierto como “engañar” al Blog a la hora de publicar y bueno, creo que el resultado quedó bastante bien.
---Mira, eso es otra cosa que tengo que agradecerte amigo Charli.

Julia.

sábado, 18 de octubre de 2008

Juan (El regreso) - (Escrito por Charli)

Más de una vez he hablado de mi amigo Charli en el Blog.
En esta ocasión voy a publicar uno regalo que me ha hecho, uno de sus geniales escritos diciéndome:

“Quiero ser el más pesado y extenso de los publicantes de tu Blog (aunque solo sea por llevar la contraria)...
...Sé que, aunque rompa todos los cánones de un Blog correcto, lo harás por mí”.

Por supuesto que lo hago y con mucho gusto, no para romper ningún canon, si no porque tu escrito es magnífico y se lo merece.
Muchas gracias querido Charli por tu regalo.

JUAN (EL REGRESO)

----El roción cayó sobre su rostro como agua de vida nueva. Aún no despierto del todo, Juan miró a su alrededor. La mar estaba bella, ni una breve ráfaga de viento en el rostro, ni una nube en la distancia, ni un recuerdo reciente. Sólo aquel roción que, al parecer salido de su propio bauprés, le había devuelto la conciencia sin previo aviso. Una vez más, la mar le besaba la frente. Como se quiere al hijo rebelde que todos llevamos dentro, como se quiere al hombre imposible que todos quisimos ser, la mar le quería y, por enésima vez, de nuevo le daba otra singladura.
----Juan no entendía lo que estaba pasando. Apenas recordaba aquella “primera” que llegaba por su proa. El brazo, entumecido por la presión, parecía llevar allí toda la vida, con la mano pegada a la caña y su antebrazo a lo largo de ella. Bajo las costillas, en el costado, el palo, clavado profundamente; la piel enrojecida y levantada dejaba ver a su través un sarpullido de sangre, aún fresca, que se deslizaba hasta la bancada de popa. En ésta, la mancha negra que se escondía bajo su pantalón, ahora con vergüenza.
----Lentamente y con dolor, soltó el cabo que aún permanecía enrollado a su mano izquierda; también sangraba. La miró como al resto de cuanto le rodeaba, como si fuese algo nuevo, ajeno, extraño.
----Todo el trapo estaba en el suelo o enredado entre los restos de palos y obenques. El barco, desconocido y roto, crujía levemente en gesto inequívoco de reproche callado. Como un animal herido por su propio dueño, lloraba en silencio su inexplicable destino. Aquel loco marino que tantas y tantas veces lo encabritó, orgulloso y afilado, en las más altas crestas de las más desafiantes olas que el mar paría. Aquel amigo y hermano cuyas manos habían cuidado con mimo cada una de sus costuras, calafateando, en caliente siempre para protegerlo del elemento, cada junta de sus cuadernas como si en ello le fuese la propia vida, le había traicionado. Había dejado morir su alma de barco orgulloso y marinero. Había escuchado al viento sur y había desobedecido las más elementales leyes, siempre escritas en la historia del mar; siempre presentes en cada marea y siempre inmutables en el tiempo. Su hermano Juan le había traicionado para siempre y, en esa traición, se había ido la vida de los dos.

----Juan, amigo, padre, hermano, al menos podías habernos dado una sepultura digna de un marino y su barco. Podías habernos dejado deslizar en las olas curvas del sueño dulce de las calladas profundidades. Querido Juan; odiado Juan. . . Querido Juan, al menos podías haber tenido la decencia de haberte dejado ir al mar; dejarme solo en mi deshonra. A merced de los vientos, que siempre fueron fieles amigos, a su voluntad y capricho, sin duda hubiera tenido el fin de los buenos barcos. Sin duda me hubieran otorgado ellos lo que tú, tras una vida pegado a ti, me has negado: la paz azul del silencio gris, el frío sueño de la muerte, el regreso al seno, el abrazo de la madre mar.
----Querido barco. Mi hermano, mi padre, mi fiel amigo. Desde la más humillante de las derrotas, desde mi más humilde alma de marino, te pido perdón. Te pido perdón por haberte lanzado contra la costa del viento, por haberte arrastrado a mi misma locura que me ciega. Te pido perdón por no haber querido escuchar, en el crujido agudo de tu ahora pronunciado arrufo, la canción de la pena. No quise oír tu protesta y desplegué todo tu trapo contra la ley de La Madre. A tu pesar siempre, como jinete apocalíptico sin rumbo y sin nombre, te cabalgué como animal, y ahora, con toda la pena que encierra mi alma y que nunca será suficiente para pagar mi traición, en vez de quedarme contigo en esta calma sin fin, aún de nuevo te pido que compartas conmigo la triste vergüenza de volver. Te ruego que, como último favor, me ayudes a regresar al puerto que un día fue nuestro, a cambio te prometo el olvido. Juro ante tí que jamás volveré a atravesar la barra, que nunca más volveré a poner mis indignas manos a tu gobierno, ni pondré nunca más proa al norte. Sólo puedo pedirte ahora que me lleves, como el más fiel de los amigos que has sido, otra vez a casa.
----Una fina y helada luz grisácea planea en silencio sobre el agua. Por la amura de estribor amanece lentamente y a lo lejos, mientras nace una ligera brisa que parece salir del plácido despertar del propio Neptuno, el cielo se va elevando poco a poco con la nueva mañana. Juan se despierta. También en silencio y con la pesada losa de la tristeza más profunda, se despierta quedamente. A fuerza de la costumbre, mientras se incorpora, se va dejando sentir la mar. Está tranquila y parece haberse olvidado de él. Por primera vez en su vida la siente extraña o, mejor dicho, se siente extraño a ella, rechazado, ignorado como el turista que observa con fruición una catedral mientras ésta continúa pasando siglos, enajenada en su orgullo, sin parpadear al sol, ni al viento, ni a la lluvia, sin acordarse siquiera de la sangre sobre la que asienta sus rectos y altivos muros.
----Con la vista siempre baja, mecánicamente, aquí y allá, va empalmando cabos deshilachados, arría lo que queda de la rasgada Mayor y la deposita, con exquisito cuidado, plegada sobre la regala de babor. Las otras dos velas, ahora sólo pequeños e irregulares jirones, cuelgan lánguidas, apenas agitadas por la suave brisa que se levanta. Acalla el rítmico tintineo de los estays de popa que golpean el palo, al son de la marea, con sus bitas de amarre en la punta, arrancadas de cuajo de su asiento en la borda. Amarra uno al trozo de palo que aún permanece erguido y, con el otro, da una cierta horizontalidad a la botavara que, apoyada sobre la borda de estribor, con toda su jarcia colgando por fuera de la banda, presenta el desangelado aspecto de un barco antiguo desarbolado.
----Todavía no ha reunido el valor suficiente para bajar a la cámara. Tiene que tirar con ambas manos para abrir la desencajada escotilla y, aún antes de abrirla, puede oír el chapoteo del agua en el interior. La sentina se halla descubierta en parte y las tablas flotan por doquier, no hay luz. Poco más arriba de lo que ahora es obra viva, al fondo, a proa, varios resquicios de luz indican que las cuadernas se han movido o están rotas. Un barco herido de muerte.
----Sentado en el tercer escalón, con el agua por la cintura, en la desesperación tensa y callada del que se halla paralizado, con los ojos arrasados de lágrimas tan saladas como el mar, Juan mira fijamente flotar sus escasos enseres y la pacotilla, que se mecen tranquilos y aparentemente muertos en la oscuridad. Como el cirujano que al abrir un cuerpo descubre algo que no podrá curar, se consuela en la seguridad de que el barco no puede mirar en su propio interior; no sabrá que su mal no tiene solución. Su barco es valiente, marinero, hecho a las latitudes más altas, al frío, a la dura marea, al agua traidora de las tormentas, al nordeste.
----De nuevo en cubierta, ahora con más calma, se da cuenta de que no es posible permanecer allí por más tiempo. La proa, poco a poco, se va hundiendo y la punta del bauprés ya no apunta por encima del horizonte, salvo cuando corona una cresta pronunciada; tampoco se levanta de popa como debiera. El timón, prácticamente suelto de su cola, no parece capaz de resistir por más tiempo su función. Habrá de gobernar con el viento.
----Sentado sobre la parte alta del escotillón, va cosiendo como puede los largos rotos de la mayor. Finalmente iza ésta, mira lentamente el escotero roto y amarra la driza sobre la propia borda de babor para ayudarse en la maniobra. Desata el estay de popa que dejó atado al palo y lo fija a estribor. No puede permitir una bordada brusca que terminaría seguramente por abrir una definitiva vía de agua en el costado de estribor, si traslucha sin control, el barco se irá sin remedio. Al menos así, ambos amarres harán las veces de tope si se le va la botavara.
----Con el cubo firme al extremo de un cabo que amarra a popa, en la aleta de estribor, se procura un ancla de fortuna que mantiene el barco ligeramente atravesado a la mar para dar cara siempre por la parte de babor. Tal vez sea capaz de llegar a puerto. No está seguro porque el barco ya no le habla.
----Ahora se mece levemente, en parte por la brisa que va refrescando, en parte por la mar que va tomando formas. Tesa el pujamen y suelta driza, la triste vela aún responde y abraza un poco de viento, consigue una arrancada suave que aligera poco a poco dando más trapo.
----El barco cabecea extrañamente. O no le quiere hablar o no puede. Con tanta agua embarcada, tampoco es extraño que su lenguaje haya cambiado, de forma que ya no sea capaz de hacerse entender. Parece muerto.
----Se sienta. La bitácora, ahora retorcida, parece haber cumplido fielmente su misión y el compás marca su debido Norte.
----Aunque el barco permanece callado y no le ayuda, aunque no sabe el tiempo que su mente anduvo extraviada en lugares ajenos que desconoce, su sangre no le ha traicionado. Sí sabe, por el contrario y exactamente, en qué aguas navega y sabe, también exactamente, el rumbo que debe poner para la derrota de regreso. Aún cuando muera, sabrá, igualmente sin duda, el rumbo exacto que le conducirá en su última y definitiva singladura. Mientras el mar circule por sus venas, jamás se perderá en él.
Aún no nota síntomas graves por la falta de agua potable, si bien la lengua le empieza a resultar en extremo espesa y el dolor en la boca del estómago se hace cada vez más agudo. No recuerda la última vez que bebió, aunque tampoco tiene mayor importancia. El día ha sido largo y ha tenido que masticar un poco de cuero para salivar, paliando así la incomodidad. No es un náufrago y esa misma noche, si el viento continúa refrescando, llegará a puerto.

----El barco escora a estribor y ha tenido que estibar a la banda contraria cuantos objetos de cierto peso ha logrado reunir. Finalmente ha conseguido asentarlo, aunque cada vez presenta más popa al sol. En estas condiciones, el timón ya no resulta útil en absoluto. Decide desmontar la caña para acomodarse más atrás en la bancada y, con su propio peso, ayudar a desplazar el lastre de agua que sigue embarcando. Logra un puntal un poco más pronunciado, pero el barco sigue cabeceando, cada vez más pesadamente. Tampoco esto le preocupa; si la mar le sigue respetando, llegará a puerto; si decide finalmente castigarlo, poco importarán los metros de puntal que tenga, siempre habrá una ola perfectamente capaz de engullir la embarcación como una cáscara de nuez.
----El viento ha caído sensiblemente y ha vuelto a ser la leve brisa con que amaneció el día anterior. Hace ya varias horas que el Rayo Verde salió disparado hacia el cielo del atardecer. Gobernando sólo con la vela, no puede dormir un solo instante, debe corregir el rumbo continuamente. Ha hablado con las estrellas y ellas sí le han contestado. A regañadientes, entre la bruma nocturna que con mucha frecuencia se deposita, pegajosa, contra la superficie, se han asomado en diversas ocasiones para confirmarle lo que su fé y su sangre ya sabían: el camino era el correcto; la distancia, sólo un poco mayor de la prevista.
----En la punta del botalón, como un antiguo farol de tope, relumbra la esperada secuencia del faro: 5 luz, 7 luz, 5 luz. Lentamente, el fanal adquiere realidad propia. Ya no cuelga del bauprés, ni se desplaza brevemente arriba y abajo sobre él. Ahora su desplazamiento es amplio; cada minuto más amplio que el anterior.
----El barco ya no cabecea. Casi no le queda obra muerta a proa y el arranque del botalón permanece más tiempo sumergido que en superficie. Al son de la marea, el agua va corriendo por cubierta para caer, ora por una banda, ora por la otra. Lentamente, cansado, hundido, Juan se levanta y, a hurtadillas, como a traición, saca la navaja del bolsillo. Con lágrimas en los ojos empieza a corta las amarras y, tras un largo esfuerzo casi agónico, consigue liberar el bauprés de su anclaje, arrojándolo por la amura de barlovento. La proa salta, el barco respira de nuevo. Se diría que ha resucitado a una vida de mutilación, corta y sin alma. Sólo es un espejismo vano. El agua embarcada pronto toma nuevo asiento y empuja el barco hacia su aparente inmediato destino.

----Juan llora amargamente, en callado silencio, escuchando en el aire y en el agua la voz de su abuelo:

----- Juanín, hijo. Cuando seas hombre, que será muy pronto, aprenderás el pulso de la mar. Aprenderás a escuchar la música del agua en los amaneceres de viento frío y sentirás los violines de tu barco cuando pase entre la jarcia. Todo eso aprenderás muy pronto, Juanín.
----- Abuelo, abuelo, mañana cuando salgamos al chicharro ¿me dejarás llevar la caña?
----- Claro hijo, claro que llevarás la caña. Ya casi eres un hombre. Todo un marinero de raza para traer siempre a puerto mi barco. Yo sé que en tus manos estará seguro y también sé que él cuidará de ti.
----- Abuelo, abuelo, padre dice que los marineros no lloran y yo creo que es mentira. Algunas veces, cuando la mar está muy mala, llegan al puerto con la cara pálida y los ojos húmedos. Yo creo que, aunque no lo digan, lloran de miedo. ¿Recuerdas, abuelo, el día de la galerna de Junio? Pues como todo el mundo bajó al puerto para ver llegar los barcos, también me acerqué y ví entrar a Ramón. Mientras amarraba me fijé en los churretes que le surcaban la cara y no eran de agua. Estoy seguro de que lloraba y ¡mira que es grande Ramón! Y fuerte; nadie más fuerte en todo el pueblo que Ramón, que recoge las estachas él solito y es capaz de adujarlas perfectamente. Yo lo he visto.
----- Mira hijo, los marineros no lloran nunca. A veces, cuando están muy lejos y solos, allá frente a la costa de Vizcaya, piensan en su casa, los hijos, el fuego en el hogar, la trébede temblequeante del hervor de la marmita posada encima. En esos ratos, que normalmente son ratos perdidos, suelen echar el agua salada que ha ido empapándoles de todas las tormentas. La echan por todo el cuerpo, como si sudasen y, claro, por supuesto también la echan por los ojos. No te en engañes, Juanín, un marino nunca llora. Si alguna vez te pasa, verás que lo que sale de los ojos es agua salada y no lágrimas.
----- Pero abuelo, abuelo, cuando la madre me zurra y no me queda más remedio que llorar para que pare, las lágrimas también me salen saladas, así que. . .
----- Mira que eres burro Juanín, ¡pues no va a salirte saladas! Tu abuelo ha pasado tantas tormentas, ha recogido tanta agua de mar en su cuerpo y en su alma que él solo no puede echarla toda, y mira que ahora tengo tiempo para perder.
----- No sé, abuelo. . . ¿Y mi padre? ¿Por qué mi padre no te ayuda a sacar el agua de dentro?
----- Mira, hijo, no me tires de la lengua, no me tires de la lengua. Tu padre no es malo, no. Es trabajador, eso sí. Y decente y noble, eso también, que es hijo mío. Sólo tiene una pega y es que no le gusta la mar. No es malo, ya digo, tu padre es buena gente pero. . . No le gusta la mar, y eso no se lo puedo perdonar. Ahí, en esa fábrica que huele a pescado viejo, ahí se quema las pestañas todos los días. Siempre pendiente del jefe ese que tanto menciona. Siempre sabiendo a la hora que se levanta y a la que se acuesta. Pero ¡si ni siquiera sabe cómo está la marea! ¿Cómo crees tú que le voy a dejar mi agua a él? De eso nada. Si quiere agua de la mar, que vaya a por ella.
----- Entonces, abuelo ¿toda tu agua será para mí?
----- Claro, hijo, claro que sí. Cada gota de mar que llevo por dentro y por fuera, cada ráfaga de viento que un día me acarició la cara, cada milla que navegué en nuestro barco, cada pez que se enganchó en mi aparejo para ser fuerza de nuestra vida, todo ello, y el barco, es tuyo.
Te voy a contar un caso cierto. La gente de tierra te dirá que son historias de marineros locos pero tú, ni caso, te doy mi palabra de honor de que es cierto y yo lo he vivido:
Hace ya muchos años, cuando yo era joven y tu abuela era una mocetona guapa y lozana, salí un día con la marea de la noche en dirección a un puerto grande de un pueblo que se llama Bermeo. Ya entonces había en aquel pueblo varias fábricas de harina, como las de aquí, y su lonja era un buen lugar para vender el pescado. La mar estaba hermosa, y el viento me llevaba en volandas saltando entre los borreguillos que formaban las crestas del ligero oleaje. Rumbo 66º, 9 millas hasta Los Josefes, luego al 93º otras 21 millas hasta Machichaco, un paseo largo. Ya estaba mediada la tarde cuando avisté tierra. No me había desviado mucho ya que distinguía perfectamente la isla de Ízaro, casi en la bocana de Bermeo, y la de otro pueblo próximo que creo recordar se llama Baquio, sólo habría de volver un poco al Oeste y estaría en el sitio. Cuando se llega de la mar, entre estas dos entradas que se adivinan en el perfil de tierra, profundamente divididas por el imponente cabo, a su Oeste, a poco más de una milla, aunque escondida tras la isla de Aquechese, se distingue claramente una roca escarpada que parece desafiar a todos los mares del mundo. Arriba, en su parte más alta, hay construida una pequeña ermita y, según dicen, en ella, todos los santos, lámparas y figuras, están hechas con trozo de madera rescatados de naufragios. Abajo, una base circular, firme, de roca dura con dos arcadas en el este, por las que pasa, siempre seria, la mar, y un alto puente de piedra que une todo ello a tierra firme.
Yo había oído contar historias de esta peña que se llama Gaztelugache y de su ermita que se llama San Juan. Todos los marineros de aquí, tarde o temprano hemos ido alguna vez hasta San Juan de Gaztelugache, que por este nombre se conoce el sitio, como si de alguna forma nos atrajese un mundo que, aunque cercano, siempre parece estar en la otra orilla. Contaban los viejos que algunas noches, mientras pescaban buenas merluzas que se crían en aquella costa, entre la neblina, se oían como cánticos de monjes que parecían venir del lugar en el que debía encontrarse la ermita. Cuando los monjes cantaban, se podía pescar toda la noche tranquilo. Ni la mar ni el viento impedirían, en estas ocasiones, al marino volver a puerto. Por el contrario, si entre los cánticos se oía tañer una campana, los monjes avisaban peligro cierto y, como hombre temeroso de Dios, habías de dar las velas al viento, dejar la pesca buena o mala de inmediato y poner rumbo a puerto. De no hacerlo así, de nada valdrían los desvelos de San Juan y su séquito. Ni barco ni hombre volverían jamás a casa.
Como te cuento, había llegado a media tarde y había fondeado frente a San Juan de Gaztelugache. Al caer la noche ya había pescado las mejores diez merluzas que se pescaron nunca; todas ellas de buen tamaño, negras y brillantes como sólo en aquellas aguas se encuentran. Era la marea perfecta, ese día con el que todos los pescadores soñamos. Di tres aparejos más y, en menos de dos horas, había cogido otra media docena de ejemplares, aún más hermosos que los anteriores. En estas estaba, entretenido y pensando en los buenos dineros que sacaría en la lonja del pueblo de una pesca tan especial, cuando creí oír un sonido metálico que flotaba en el viento. En un principio pensé que se había soltado algún grillete y golpeaba contra un obenque. Nada. Drizas, escotas, aparejos, todo estaba en su sitio. Pasados unos minutos, y ahora claramente, oí el inconfundible tañer de una campana.
Ya sabes, hijo, que yo no soy muy amigo de cuentos de vieja ni mamarrachadas de esa índole pero, de repente, recordé las antiguas leyendas. La mar estaba en calma, venía una ola de fondo levísima que llegaba desde muy lejos. El viento se reducía a una ligera brisa de no más de cinco o seis nudos.
¡Paparruchas! Me dije, y seguí pescando. Una hora más tarde, ninguno de los aparejos había hecho nuevas presas y maldije mi mala suerte. Si no me hubiese entretenido con tonterías, podría haber sacado por lo menos otros tres o cuatro pescados, aprovechando la hora en la que picaban.
De repente, entre mis improperios, pronunciados en voz alta como acostumbran los marineros que pescan solos, de nuevo y más claro aún que antes, me llegó el sonido agudo, metálico y apresurado de una campana. Sonaba deprisa, como si alguien la tocase frenéticamente avisando de un peligro inminente.
Me asusté, hijo, me asusté y comencé a recoger los aparejos lo más rápido que pude. Los arrojé en el plan de la bañera y, tras cobrar el fondeo, icé la mayor. Acuartelando el foque para virar rápidamente, puse proa a mar abierto, rumbo a casa, y me alejé lo antes posible de aquel lugar.
Al amanecer del siguiente día, ya estaba a la vista de tierra. Tras orientarme, arrumbando al faro del Caballo, navegué, ya tranquilo, considerándome en casa. Dos horas más tarde, entré a puerto, amarré en el mismo fondeo que aún utilizamos y, sin recoger los aparejos, me limité a cargar la caja del pescado para subirla hasta casa.
No sé, Juanín, si la campana de San Juan me salvó de algo o sólo fueron imaginaciones de un joven marino. Nunca más la he vuelto a oír pero siempre he sentido que aquel día, una sombra negra acompañaba a mi barco. Una sombra que sólo quedó atrás cuando fue espantada por el destello de la luz del faro. Tú, si alguna vez oyes la campana, zarpa sin tardanza y dirígete a puerto. Correrías el riesgo por el hombre, pero le debes un respeto al barco. Y recuerda hijo, el mayor peligro en la mar viene de tierra. Si todo se pone contar ti, intenta llegar a puerto. Si no estás seguro de tener tiempo, no lo dudes más, no escuchaste con la debida atención la canción de la mar y el viento, ahora sólo queda dejar tierra por la popa, lo más lejos posible. Tu querencia natural de hombre, te dirá que vayas a tierra, que allí estarás seguro. En ese momento ha de salir el marinero que, aunque hombre al fin, está hecho de otro barro. Puede que tú no aguantes el temporal pero tienes el barco, él aguantará siempre mucho más de lo que tu supones. No es fácil que la mar lo doblegue, tal vez sólo puedan vencerlo la tierra y tu mismo.
----- Gracias abuelo, prometo no olvidarlo.

----Al pasar la bocana, con los ojos secos, las manos agrietadas y el alma rota, Juan no es capaz de levantar la mirada. Más por costumbre que por otra causa, traspasa la barra que en ese amanecer permanece silenciosa y tranquila. Con el leve sonido, casi inaudible, de las tranquilas aguas del puerto sobre la poca banda que queda a flote; sin más compañía ahora que su barco, definitivamente muerto, se abarloa al dique; cobra el cabo que lanzó a popa y suelta el cubo. Imposibilitado, por naturaleza propia, para obviar alguna de sus costumbres, suelta la amarra del bichero y se lo echa al hombro.
----Con el gorro calado hasta los ojos, el bichero al hombro y el cubo en la mano izquierda, saltó a tierra. Sin mirar atrás, se aleja por el viejo muelle.
----No levantó tampoco ahora la mirada, ni era necesario. Ese tramo de tierra firme no le era extraño en absoluto, al fin y al cabo, era el camino de su vida. Podía navegarlo con los ojos cerrados, guiado por la querencia natural de todo marino que, a modo de sagrario y alumbrado con reverente llama perpetua, conserva en lo más profundo de su corazón las coordenadas de su hogar en tierra.
----Jamás cerraba la puerta con llave, lo contrario hubiese sido un insulto para los vecinos. Se limitó a bajar la manija y empujar ligeramente. Pasó al interior, oscuro y frío y cerró tras de sí la puerta, sin el más leve ruido. Sólo en el último instante se permitió lanzar una fugaz mirada a la alborada que llegaba, alta por Buciero, mientras, por la parte de la mar, se deslizaba flotando desde el Este para abrazar la tierra un nuevo día. No miró abajo, ni por un segundo derivó su mirada al muelle. Cerró la puerta, dejando fuera la seguridad de que nunca más volvería a ver su barco. Nunca más volvería a ser parte de un barco. Nunca más volvería a salir a la mar. La Madre le había hecho el mayor de los desprecios: como cruel castigo a su atrevimiento, ni siquiera quiso acogerlo en su seno. Aún ahondó más en su herida, permitiendo que volviera a casa solo, con su barco muerto. Hasta en esto le traicionó: ¡un barco hundido en el puerto! ¡Qué terrible vergüenza, hundido a un palmo de la costa como un vulgar bote de turistas! ¡Con la popa desnuda al sol!.

Charli, 6 de Marzo de 2005.