jueves, 17 de enero de 2008

Saber ver

Aparcó el coche y, al levantar la vista, lo vio.
Allí estaba, frente a ella, fuerte, erguido, majestuoso, su copa como una punta de lanza que amenazara implacable al cielo. El sol iluminándole por detrás, dando a sus hojas ese aspecto de vidriera de catedral.
Allí estaba, allí había estado durante todos estos años en los que día tras día había estacionado el coche en ese mismo lugar para ir a su trabajo.
Allí había estado desde siempre y, sin embargo, era la primera vez que lo veía.
Se recostó en el asiento y se quedó ensimismada, disfrutando de esa pequeña gran maravilla que acababa de descubrir.
Miró su reloj, llegaba tarde al trabajo pero no le importaba lo más mínimo, por lo que no hizo nada por moverse, suspiró y siguió contemplándolo con deleite, disfrutando de cada destello que el viento robaba a sus hojas.
Cuando se hubo llenado de la paz que desprendía tanta belleza, salió del coche y se encaminó despacio, sin ninguna prisa, como si le doliera alejarse de su gran, de su maravilloso descubrimiento.
En el camino hacia su trabajo pensaba:
Algunas veces los seres humanos nos sorprendemos a nosotros mismos descubriendo algo nuevo, algo maravilloso que, sin darnos cuenta teníamos tan cerca, a nuestro lado, al alcance de nuestros ojos, algo que hemos mirado durante años pero que nunca antes habíamos sido capaces de ver.
¡Dios!, cuanta belleza perdida por sólo saber mirar en lugar de saber ver.

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