sábado, 16 de febrero de 2008

"Pepe el maletero" - (Cuento popular)

Voy a relataros otra de las historias que escuché contar a mi madre.
No tengo conocimiento de que esta historia haya sido escrita por nadie si no que creo se debe a la tradición oral. Me imagino que el relato tendrá sus variaciones según el lugar y el momento en que se narre.
Yo la conozco tal y como os lo relato y es así como se lo he contado a mis hijos.
Espero que ellos se lo cuenten a los suyos y así no se pierda esta historia.
Si alguien conoce la procedencia de este relato, ruego me lo haga saber para añadirlo a mi escrito. Gracias.

Pepe el maletero:

Hace muchos, muchísimos años, el cura de un pequeño pueblo fue trasladado a otra parroquia en otro lugar.
Los feligreses, como había sido un buen párroco, le regalaron para despedirle una petaca de piel, regalo que el cura como buen fumado que era agradeció mucho pero sobre todo por el recuerdo que se llevaría de sus feligreses ya que cada vez que sacara la petaca para liar un cigarrillo recordaría los buenos años que había pasado junto a ellos.
Cuando llegó el tren al pueblo al que había sido destinado ya era bastante entrada la noche y en la estación sólo estaba un hombre esperándole.
Éste se acercó al cura y besándole primero la mano y cogiendo después las maletas que llevaba el cura se presentó diciendo:
-Buenas noches señor cura. Yo soy Pepe, pero todos me llaman “Pepe el maletero”, ya se imaginará “usté” por qué.
Durante todo el camino desde la estación a la nueva casa del cura situada al lado de la iglesia del pueblo, Pepe no paró de hablar y hablar, preguntar y preguntar sin que pudiera obtener muchas respuestas ya que Pepe no daba muchas opciones a responder, nada más terminar una pregunta iniciaba un nuevo tema.
Al llegar a la casa, el cura quiso darle una propina por llevarle las maletas pero sobre todo por la ayuda y la compañía ya que si no hubiera sido por Pepe, no hubiera sabido encontrar el camino hasta la iglesia.
Pepe se ofendió mucho y rechazó la propina alegando que para él había sido un honor acompañar al nuevo cura hasta su casa.
Entonces el cura le dijo:
-Bueno hijo, si no quieres aceptar una propina, sube conmigo y nos fumamos un cigarro sentados un momento ya que me imagino te habrás cansado cargando con tantas maletas.
-Mire señor cura, eso sí- Y ambos entraron en la casa.
Cuando el cura sacó la petaca para ofrecerle tabaco, Pepe se quedó entusiasmado con la magnífica petaca de piel y, después de liar el cigarrillo y encenderlo, mientras fumaban le dijo al cura.
-Verá “usté” señor cura, una propina…, no puedo aceptarla pero si “usté” me regalara esa petaca, eso sí me gustaría.
-Imposible hijo mío, esta petaca es un regalo de mis antiguos feligreses, es un recuerdo muy emotivo para mí del que sería incapaz de desprenderme.
-Pero señor cura, “usté” dijo que yo le había hecho un gran favor y esa sería una buena manera de agradecérmelo.
¡Qué no!, respondió el cura un tanto molesto. Si quieres mañana te compro una petaca en el pueblo pero esta no voy a regalártela y ya te he dado mis razones.
-No señor cura, “usté” no tiene que comprarme nada, además no encontraría una petaca tan “bonica” como esa.
Al día siguiente era Domingo y la iglesia se llenó por completo. Todos los habitantes del pueblo querían conocer al nuevo cura y entre ellos estaba nuestro amigo Pepe, sí, “Pepe el maletero”.
Al terminar la misa esperó al cura en la puerta de la sacristía.
-Buenos días señor cura. La misa “mu bonica” pero me digo yo… ¿por qué no me regala “usté” la petaca?, total a “usté” que más le da, el recuerdo de sus feligreses lo lleva en su corazón y no necesita de esa petaca para recordarles.
-¡Qué no caramba!, contestó el cura.
-Mira Pepe, ya te he dicho muchas veces que no, que la tengo mucho cariño y que si quieres te compro una, pero no voy a darte mi petaca.
Esa misma tarde y al finalizar la partida de mus en el bar del pueblo nuestro amigo Pepe volvió a insistir con la petaca.
El cura no podía creer que fuera tan cabezota y que insistiera a pesar de sus razonamientos por lo que muy enfadado despidió a Pepe con cajas destempladas.
A las cuatro de la madrugada unos golpes en la puerta y unas pedradas en la ventana del dormitorio despertaron al cura.
Abrió la ventana y allí estaba Pepe con su consabida cantinela:
-“Enga” señor cura, a “usté” que más le da, seguro que si dice que quiere una petaca este pueblo le regala otra más “bonica” que esa. Ande, no sea “ansí” y regáleme la petaca, mire que si no hubiera sido por mi la otra noche…
-¡Qué nooooo!, gritó esta vez el cura y con un fuerte golpe cerró la ventana.
Las semanas siguientes fueron una copia de ese día. Nuestro cura ya no podía aguantar más.
Ninguna razón era capaz de convencer a Pepe y éste insistía e insistía de día y de noche sin darle un instante de tregua.
Una noche ya no pudo más. Cuando a las cinco de la madrugada empezaron los golpes en la puerta y las piedras en la ventana, nuestro cura se asomó y arrojando la petaca por la ventana gritó:
-Aquí tienes la petaca pero, por el amor de Dios... ¡Déjame en paz!.
Pasado un tiempo una joven del pueblo se acercó al confesionario:
-Señor cura, dijo, -verá, yo tengo novio. Le quiero mucho pero es que últimamente…, verá, me da vergüenza decírselo pero es que me pide…, bueno usted ya sabe lo que él quiere, ¿verdad?.
-¡Hija mía!, claro que sé lo que pretende ese desalmado pero eso…, eso ¡Jamás!. Tú tienes que ser como la virgen, pura hasta llegar al matrimonio.
Esas cosas sólo se hacen cuando un sacerdote, yo en este caso, os bendice y os une para toda la vida, así que le dices a tu novio que NO y basta.
Al día siguiente la misma joven volvió a confesarse.
-Padre, ya sé lo que me dijo usted ayer pero es que él insiste. Me dice que si le digo que no es que no le quiero y yo no sé que hacer.
-¡Pero hija mía!, ni se te ocurra dudar. Tu tienes que ser fuerte, mantenerte firme y decirle que le quieres pero que eso que pretende no va a ser posible si antes no os casáis y que si él te quiere, sabrá esperar.
-Pero padre es que usted no sabe como es mi novio…
-Vamos a hacer una cosa hija mía, le dices a tu novio que venga a hablar conmigo, verás como yo le convenzo y deja de pedirte esas cosas.
-A propósito, ¿quién es tu novio?.
-Pepe, respondió la joven. Ya sabe señor cura, ese que llaman “Pepe el maletero”…
¡Ay hija mía!..., haberlo dicho antes. Esto no tiene remedio… ni yo ni el Cielo puede ayudarte… Date por…

A partir de esta historia, a toda aquella persona que era capaz de aburrir, desesperar y exasperar con su insistencia en ese pueblo empezó a llamársele “Pepe el maletero”.
Ya se sabe, el boca a boca, la tradición oral popular han hecho que ese apelativo se extendiera y, a esas personas, se les llame así en muchos lugares y se les diga:
¡Eres como “Pepe el maletero”!.

2 comentarios:

Rayco dijo...

¡Qué simpática la historia! Menuda madre eh! ;-)

Julia dijo...

Sí, en mi casa se conocían y se contaban muchas historias populares que habían sido transmitidas de generación en generación.
Anteriormente ya había publicado aquí otra de esas historias “La mula del Papa”, aunque ésta era una historia que se encontraba dentro de “Cartas desde mi molino” de Alfonso Daudet.
Gracias y buenas noches.