martes, 5 de febrero de 2008

LA NIEBLA – (Escrito por Charli).

Publicado: Mie Mar 01, 2006 10:34 pm Título del mensaje: LA NIEBLA
(Primera entrega de tres).

Cae la niebla. Sobre los deseos cae la niebla; sobre el dolor cae la niebla; sobre los ojos y el alma, cae la niebla del tiempo.
Cae la niebla lentamente, en la confusión extraña de imágenes que se van disolviendo lentamente en la distancia y el viento.
Cae la niebla del silencio sobre el recuerdo de la vida. Ensordece los sonidos agudos, ensordece los dolores agudos, llena de olvido las sonrisas caídas en atardeceres perdidos de un verano extinto.
La niebla es tiempo y el tiempo es niebla y el tiempo y la niebla amortiguan los colores. Depositan la paz de lo inevitable a nuestros pies y se llevan en su alforja el alto precio que pagamos por el olvido. Se llevan los brillos: el brillo de la luz, el brillo del recuerdo vívido, el brillo de la risa, el brillo del nacimiento, el brillo de su voz, el brillo al fin de nuestra vida.
La niebla nos enajena, poco a poco, con constancia y contra nuestra voluntad. Nos separa inevitablemente del dolor y de la vida. Difumina los contornos, los cuadros, las Cruces, el credo, el mar, las Oraciones, las palabras, las personas y los pasados.
La niebla nos deja cegatos, ensordece gravemente los sonidos. La niebla nos deja ciegos, sordos y, cuando ya es muy intensa, cuando la vida se nos ha llenado de niebla, también nos deja mudos, perplejos y asustados sin miedo. Dejemos bajar la niebla al alma, sin lucha, sin alumbrar vanas emociones imposibles. Dejemos caer la inevitable calma del olvido, serenamente, con dignidad. Dejemos volver la culpa, que nunca fue nuestra, al abismo del definitivo olvido del que jamás debió salir. Despejemos de niebla el recuerdo, pasando un paño limpio por los ojos de nuestro tiempo para, así sí, alumbrar el esplendor de los gratos recuerdos. Dar luz y, si necesario fuese, dar de nuevo a luz a lo vivido. Dejémonos envolver por el amor del pasado, sin alargar la vista al futuro. No es necesario hacerlo porque el futuro llegará solo, por inercia propia, cargado de nuevo tiempo diferente. No nos importe de qué se nos disfrazará; limitémonos a seguir flotando en la balsa de nuestro pasado envuelta en su niebla que, a modo de su propio jugo, no dejará de mantener nuestra cabeza fuera del agua hasta que todo esté a punto. Dejemos a un lado el “negro, negro, blanco…; negro, negro, blanco…” Dejemos de nadar hacia el sur del sur, porque todos sabemos que allí sólo hay más sur. Se terminó la huída romántica y el abatimiento del cobarde poeta. Se terminó el camino de la derrota y se terminó también la rabia del roble contra la tormenta. Es ya hora de los juncos, hora de la ribera, hora de flexionarse a sotavento. Recojamos velas y pongamos ahora popa a la mar. Si no podemos aguantar de proa, nada impide que corramos el temporal. Atemos al más viejo de los cabos cualquiera de los muchos lastres que van llenando nuestra cubierta, lancémoslo por la borda y, así, a modo de ancla de fortuna, no sólo aclarará nuestra vida, sino que, además, nos ayudará a mantener la proa en su lugar, sin atravesarnos nunca a la mar. No importa a dónde apunta la proa, ni la deriva, ni la derrota, todo volverá a su ser y, entonces, trazaremos nuevo rumbo o seguiremos el antiguo, tampoco importa mucho, el caso es recobrar el gobierno y poder volver a elegir.
Entre la niebla que parecía eterna, tal vez despunten un día leves rayos de luna que, más pronto o más tarde, dejarán ver de nuevo las estrellas y ¿por qué no? Tal vez, finalmente, se digne dejarnos volver a ver el sol.
Mientras tanto, durmamos en la niebla y que el tiempo pase, sordo e inútil, por encima de nuestras reclinadas cabezas.

Charli, 1 de Marzo de 2006.

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