lunes, 3 de marzo de 2008

Los pajes de las palabras – (Escrito por Charli)

En esta tarde lluviosa de desidia y aburrimiento he decidido abrir de nuevo la puerta del Pozo de las Letras. He bajado lentamente, a oscuras y en silencio, intentando sustraerme al hedor turbio de los lugares cerrados por tanto tiempo. Con mucho esfuerzo, he llegado a un camino con el que comparto recuerdos, soledades y sonidos del viento cálido del verano al acariciar las agujas de los pinos. Una luz se ha ido encendiendo, muy poco a poco, de forma muy tenue. Allá, en lo más profundo del pozo de las letras, donde todas se revuelven para formar palabras nuevas, allí donde las manos infinitas de las musas juegan a mezclar las atormentadas frases en un interminable movimiento de dominó. De allá, ya digo, del lugar donde apenas llegó nunca la tinta, comenzó a llegar un levísimo aroma a pinar caliente de sol. Cuatro pajes invisibles colocaron, una tras otra, en un orden incierto, diez o doce palabras que se convirtieron en versos. He sonreído al verlo como sonrío ahora al contártelo. Comencé a jugar con ellos. Les cambié las palabras de sitio, conté sílabas y les borré uno de los versos. De repente, sin darme cuenta, observé que mis dedos recorrían el teclado y que era capaz de ordenar las palabras más rápido que ellos. Hemos empezado entonces un macabro juego que consistía en que yo mataba rápidamente las palabras que ellos colocaban desordenadas en la pantalla. Cambiaba continuamente sus palabras, ya muertas, por aquellas que primero llegaban a la punta de los dedos. En un momento dado noté cómo muchas de ellas presionaban contra la yemas, intentando salir las primeras. La sonrisa se fue ampliando en la cara al comprobar que los jodidos Pajes de Palabra iban perdiendo el interés por un juego que, manifiestamente, estaban perdiendo. Tan rápido como había llegado, desaparecieron, debieron descender de nuevo a sus abismos de tinta negra y se perdieron disueltos en ella.
De repente el miedo. Los pajes se han ido, me han dejado solo con todas las palabras tiradas sobre el descansillo de la escala que baja al pozo. Las suyas, y las mías que ya no empujan para salir, sino que se hacen las remolonas deslizándose por las uñas. Una vez más me han engañado y, cuando yo creía tenerlas a mi lado, han jugado conmigo entremetiéndose por los entresijos de este teclado lleno de polvo, escondiéndose bajo cada una de las teclas negras que también me miran con desprecio, despacio y en silencio. Asoman las palabras por los borden inferiores y lentamente se van desvaneciendo en un ejercicio injurioso de abandono traidor, sumergidas probablemente de nuevo en su pozo de tinta inerte.
Realmente no tiene importancia lo pasado, lo que ni duendes ni palabras podrán quitarme nunca, es la cantidad de caminos que acompañan mi vida. Caminos que fueron, que son, han de ser y también los que nunca han sido. Todos ellos son para siempre míos. Cada rayo de sol cálido, cada sombra de un árbol frondoso, cada nebulosa de luna vista en alta mar, cada amanecer encendido de rojo que ha llenado mis ojos, cada una de esas cosas y muchas más, aunque no sean traducidas a palabras, siempre estarán a mi lado. Siempre encontraré en ellas refugio, calma y reflejos nuevos. Malo será que, con todo ello, no seamos capaces de emborronar dos o tres resmas de folios más.
Cierro de nuevo por hoy la puerta, pero me doy palabra de honor de volver a abrirla en cuanto el primero de mis otros caminos asome a un minuto cualquiera.

Santander, a 29 de Febrero de 2.008

Escrito por Charli un excelente amigo y, para mí un gran prosista, al que agradezco su deferencia por permitirme publicar este escrito que él a su vez ha publicado en “Nuevo Abrecartas” .
Gracias Charli.

2 comentarios:

Rayco dijo...

Pues yo también tengo que decir "Gracias, Charli".

Julia dijo...

Gracias Rayco por pasar de nuevo pero, sobre todo, por dejar constancia con tu comentario de que te gustó el escrito.

Un saludo.