miércoles, 30 de abril de 2008

Irrealidad real

Siempre me gustó soñar.
Pero no sólo en los sueños que se sueñan cuando uno cierra los ojos y duerme, no, me gustó y me gusta soñar despierta.
De niña nunca quise ser una Princesa encerrada por una malvada madrastra o secuestrada por un terrible Dragón y que, al final, era salvada por un Príncipe.
No, nunca me sentí alguien pusilánime que necesitara ser rescatado.
De niña yo era alguien fuerte, libre, un indio, nunca me gustó ser un vaquero.
Sí, lo sé, eso era un juego de niños, no de niñas, pero en mi caso y en mi casa nunca los juegos fueron algo de niños o niñas y yo me sentía muy feliz siendo una entrañable amita de casa o un terrible guerrero Siux.
Aprendí a jugar y a soñar despierta.
Aprendí que los sueños no sólo se sueñan cuando uno duerme, si no cuando uno convierte la vida en un sueño.
Aprendí que el mundo exterior se doblega ante tu fuerza por soñar pero, también aprendí, que la vida rompe los sueños en un instante y que te despierta de tu sueño con tanta brusquedad que lo convierte en una pesadilla.
A pesar de todo quiero, deseo, necesito seguir soñando despierta porque para mí es algo que me mantiene unida a una “realidad” que, en cierto modo, no se encuentra ligada a la realidad, si no a la irrealidad que conforman los sueños.
Por eso precisamente, porque soy tan real como realmente irreal son los sueños que se sueñan cuando uno está despierto que, necesito aferrarme a esa irrealidad que consigue que la realidad sea soportable.
Me gusta soñar despierta, pero al mismo tiempo también necesito soñar cuando cierro los ojos para dormir.
Es, en ese momento, cuando me encuentro en esa especie de duermevela, que siento que ambos sueños se funden para dejar libre a mi yo y, es entonces, cuando realmente...
...Sueño.

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