martes, 22 de abril de 2008

Tormenta de verano

Abrió el bolso y de él extrajo un sobre...
Aunque el corazón le latía desacompasado, su pulso era firme. Lo rasgó más que lo abrió.
Empezaba a llover. Eran una gotas ligeras, apenas perceptibles. Gotas que empezaron a ser más fuertes a medida que leía.
La lluvia arreció y lo que empezó siendo una ligera llovizna, se convirtió en una tormenta veraniega.
La gente corría a su alrededor buscando refugio. Se protegían de la incesante lluvia con sus bolsos, periódicos e incluso con sus chaquetas, poniéndoselas por la cabeza en un intento de protegerse.
Ella permanecía allí, como pegada al suelo, con el cabello chorreando, con la ropa empapada, pegada al cuerpo como una segunda piel, sujetando un trozo de papel cuyas letras se estaban convirtiendo en una gran mancha de tinta azul perdiendo todo su significado.
Muy cerca pasó un coche a toda velocidad y, pisando uno de los grandes charcos que se habían formado con la lluvia, le salpicó.
Aunque ya no podía empaparla más, consiguió que ese trozo de papel se deshiciera entre sus manos.
Sólo quedaban dos pequeños pedazos, esos que sujetaba entre sus dedos pulgar e índice.
Comenzó correr. Empezó una carrera sin retorno. Quiso correr tan deprisa como corría el agua que se deslizaba calle abajo.
Corrió, corrió intentando buscar esas palabras que se habían diluido como la tinta en el papel.
En su búsqueda, en su huída, dejó caer esos dos pequeños trozos de papel que aún conservaban la esencia de lo que una vez fueron.
Ella desapareció para siempre, al igual que el agua de aquella tormenta de verano pero, sobre esos pequeños pedacitos de papel, brilló nuevamente el sol y, entre ellos, como una milagro, en forma de flor, brotó la vida.

2 comentarios:

Rayco dijo...

Mirando el lado frívolo... habrá cogido un fuerte resfriado.

Julia dijo...

Es posible...
A lo mejor salió corriendo para buscar una farmacia o un lugar donde comprar pañuelos de papel.