viernes, 19 de septiembre de 2008

El perrito

Recuerdo que cuando yo era una niña y de eso hace ya más o menos una eternidad, mi madre compraba en una tienda de ultramarinos que se encontraba a dos portales de mi casa.
Digo a dos portales de mi casa porque la citada tienda ocupaba la planta baja de dos viviendas del vecindario.
No tenía más escaparate que las ventanas de lo que en su día fuera una casa y por casi ninguna se podía ver el interior ya que siempre estaban a rebosar de mercancía.
Allí se podía comprar de todo, desde patatas, aceite y fruta hasta embutido, piñas, botones y colonia.
Cuando no tenía colegio acompañaba a mi madre a comprar a la tienda del Sr. Benito, que se llamaba así porque así se llamaba el dueño.
Un día en que iba con mi madre y a través de la única ventana que tenía un pequeño escaparate y que daba a la pequeña parte destinada a mecería vi un perrito hecho de tela. Era de color canela y no muy grande. Los ojos eran dos botones negros cosidos al igual que la lengua que era de color rojo.
Seguramente no era el perro de trapo mejor del mundo pero a mí, en aquel momento me pareció el más bonito.
Mientras mi madre compraba en la tienda yo me metí a la pequeña mercería que siempre estaba a oscuras salvo cuando alguien quería comprar alguna cosa y allí me quedé mirando a “mi perrito”.
Cuando salimos se lo enseñé a mi madre y le dije lo mucho que me gustaría tenerlo.Se extrañó mucho porque yo nunca pedía ningún juguete. Se quedó mirando al perro y me dijo:
“Si cariño, es muy bonito pero ahora no vamos a comprarlo”.
Ni que decir tiene que en aquella época los regalos sólo se tenía en cumpleaños y en Reyes por lo que el soñar que me regalarían ese perrito en Agosto era poco menos que impensable.
Desde ese día y cada vez que pasaba por la ventana de la tienda miraba el perrito pensando que, en cualquier momento desaparecería de allí porque alguien lo habría comprado.
A finales de Octubre y mientras jugaba en la calle con los amigos vi que el perrito ya no estaba en la ventana y me entraron ganas de llorar pero luego pensé que lo tendría otra niña que también lo quería y que bueno, seguro que estaría mejor en una casa que detrás de ese cristal.
Pero el día de mi cumpleaños al abrir uno de los regalos...
¡Allí estaba mi perrito!.
No sabía que hacer, reía y lloraba a la vez de alegría.
No paraba de brincar y gritar:
“¡Mi perrito!, ¡mi perrito!... ¡Botones”.
Ese perrito fue cosido y recosido, lavado y relavado, hasta perdió uno de los botones que tenía por ojos y mi madre tuvo que poner botones nuevos y cuando por fin, el pobre ya no podía con más lavados y cosidos, se quedó en una de las cajas de juguetes porque me daba miedo que se rompiera definitivamente, cosa que, al final ocurrió.
Recordándolo años después con mi madre, ésta me contó que al día siguiente de que le comentara lo del perrito fue a la tienda del Sr. Benito y dejó señal para comprarlo y fue ahorrando hasta que, por fin lo compró para mi cumpleaños.
No sé muy bien porqué, hoy, he recordado a “Botones”. Quizá sí, sí lo sé, porque sin ser hoy ningún día especial le he comprado a mi hijo un pequeño detalle que le había gustado cuando lo vio y es que..., estos son tiempos distintos a cuando yo era pequeña.
Julia.

4 comentarios:

paco tellez dijo...

Querida amiga, me has trasladado a mi/nuestra niñez de nuevo, a ver mi cara pegada en un escaparate, a la perrita Marylin y a Herta Frankel, a Cesta y Puntos, a Don Nicañor tocando el Tambor... tantos recuerdos. Mi hijo tiene un gatito de peluche que ha sufrido mil percances de los que ha salido indemne, ahora, por cosas del amor, el gatito está en Argentina... pero algún dia volverá... con una gatita porteña.

Julia dijo...

Mi querido Paco.
Otra vez me remito al Otoño.
En esta época del año me envuelve la nostalgia y recuerdo momentos de mi infancia y de mi adolescencia de una forma más viva..., recuerdo...
Tu hijo es una persona muy afortunada. No por tener un gatito tan especial desde la infancia, si no por tener a alguien a quien entregárselo y sentir que, ese gatito, volverá a él de la mano de esa persona tan especial a la que ama.
Ya ves..., el otoño que vuelve mi alma del revés y transporta mi corazón a otras épocas...
Un beso.

Julia.

charli dijo...

En mi caso era un traje de "cosmonauta" que había en una tienda que aún existe el Portugalete: "El Pasaje" se llama. Estaba muy cerca de mi casa y en una ocasión me perdía allí de mis padres. Es uno de los primeros recuerdos malos que tengo. El traje no pudo ser mío y tampoco me importa (a la mierda el traje, quiero aquel tiempo).

Julia dijo...

Muchas cosas que miraba con la nariz pegada a algún escaparate se quedaron allí y nunca las tuve, pero no importaba. Llegaba al patio de vecinos y allí estaban los amigos con un balón (algunas veces medio desinflado), la cuerda para saltar a la comba y esa maravillosa piedra plana que era personal e intransferible para jugar a la tanga.
Yo también quiero ese tiempo pero ¿sabes?, esto me está haciendo pensar...

Julia.