miércoles, 17 de septiembre de 2008

Pensamiento

Cuando desplegó sus alas ella misma se asombró.
Era perfecta. Ni la más mínima mancha perturbaba la impecable blancura de sus alas.
Orgullosa voló a través de sus compañeras sin acercarse mucho a ellas ni posarse en ninguna de las flores o plantas de su alrededor.
Temía alterar su belleza si allí donde se posase hubiera polen o suciedad que pudiera mancharla.
Sus compañeras le llamaban para que fuera con ellas a volar entre las margaritas y las amapolas. Querían que las acompañara en sus divertidos juegos pero ella hacía caso omiso a sus llamadas.
Empezó a volar hacia el Norte, buscando un lugar donde poder posarse sin temor.
Estaba agotada, le flaqueaban las fuerzas de tanto volar sin descanso y empezó a temer que no encontraría su lugar.
De pronto algo la deslumbró a lo lejos.
Allí estaba, el lugar perfecto, su lugar.
La blancura de su manto brillaba bajo la luz del sol como brillaban sus alas.
Ese sería el lugar ideal para posarse sin que su perfecta belleza sufriera.
Cuando consiguió llegar hasta allí, estaba exhausta pero feliz.
Ante tanta belleza y pureza no lo pensó dos veces y se posó.
Murió al poco tiempo sin haber vivido y su tan preciada belleza quedó enterrada con la siguiente nevada.
Julia.

2 comentarios:

charli dijo...

Al escritor que algún día llevé dentro, siempre le pareció que la sublimación de la belleza era la muerte. Eso sí, sólo se lo parecía al individuo ese que estaba un poco "chinado". A mí, la muerte, es algo que me jode (perdón) sobremanera; una impresentable.

Julia dijo...

Mira, en eso también me ganas, yo ni llevo ni nunca he llevado una escritora dentro, digamos que lo que tengo son unos dedos “escribe palabras imaginadas por una cabeza un tanto locuela” pero en ningún momento he llegado a pensado que la muerte sea la sublimación de nada.
Podría decir que a mi también me j___ sobremanera, pero solo lo hace cuando devasta en mi entorno. Personalmente esa impresentable, como tú la llamas, nunca me dio miedo, ni aún ahora que, una ya va para viejita, me lo da. Lo que me aterra es el prólogo que pueda escribir antes anotar definitivamente mi nombre en su libro.

Julia.