viernes, 31 de octubre de 2008

No era mi intención

Estoy convencida que necesitaba un vapuleo y me lo han dado.
Me han dicho cosas que me han llegado muy profundo porque, en lugar de mandarme a la mierda, como realmente me merecía, me han hecho ver con palabras serenas, llenas de un cariño dolorido lo mal que me he portado.
Y lo reconozco, reconozco que me he portado mal. Que me he portado de una forma áspera y tal vez egoísta, quizá lamiendo heridas que yo misma he abierto de nuevo, quizá olvidándome de aquellas personas que se preocupan por mí.
No debo ser una persona fácil, al menos pienso que no lo soy después de leer palabras de cariño y ayuda frente a mi mal comportamiento.
Y quiero confesarlo aquí. Decir que muchas veces me dejo llevar por una introspección que en ocasiones no puedo evitar alimentar, aunque sepa que actuar así no me lleva a ninguna parte y menos a nada bueno.
Sé que con esta forma de actuar hago daño a personas que quiero y que no se lo merecen en absoluto pero ahora, en estos momentos, quizá haya perdido el rumbo que en su día no perdí y que, el tiempo, sin yo darme cuenta, se ha convertido en ese gran aliado de la niebla que ahora me envuelve y que no me deja ver más allá.
No sé si esto es una entrada muy corriente o es una entrada de esas que después de leídas se piensa: ¡Dios mío. ¿Pero de qué va?!.
Pero ya veis, ni siquiera me lo cuestiono, porque necesitaba escribirla para decir de alguna manera a ese amigo... Lo siento, perdón, necesito no seguir portándome así.

Julia.

jueves, 30 de octubre de 2008

Unos días de silencio

Siento haber estado unos días sin escribir ni responder a vuestros comentarios pero..., me encontraba un poco “chuchurría”.
Ya sé que tal vez no sea una palabra como muy apropiada, pero es que me sentía así, sin ganas de nada, como si me fuera a pillar uno de esos virus que últimamente son "el pan de cada día" de los médicos, pero no, al parecer no he pillado nada o más bien, nada ha querido pillarme a mí, ha sido un simple... ¡Estar fatal!, sin más.
Tampoco es que hoy se me ocurriera mucho que escribir, así que he decidido contaros un poco el porqué de estos días de silencio total.
Un beso y, como siempre, feliz descanso.

Julia.

lunes, 27 de octubre de 2008

Pensamiento nº 14 - (Abrecartas)

Si tienes que remendar tu corazón, no dejes que el mundo pueda ver las puntadas.

(Abrecartas, pensamiento nº 14 – 31 de Enero de 2005)
Julia.

domingo, 26 de octubre de 2008

Faltan pocos minutos

Faltan pocos minutos para que acabe el día.
Un día que tenía que haber estado lleno de alegría por ser un tanto distinto.
Y en su mayor parte así ha sido, porque en él ha habido a mi alrededor grandes sorpresas, toneladas de ilusión, derroche de alegría y mucho, muchísimo cariño.
Pero siempre ocurre algo que empaña esa felicidad y siempre por causa de alguien que hubiera sido mejor que no se acordara de éste día aunque, en el fondo, tampoco ha sido tan malo porque ..., de todo se aprende.
Haciendo un resumen:
Un día maravillosamente feliz, lleno de alegría y amor pero al mismo tiempo, un día que ha conseguido enseñarme algo que espero no olvidar jamás.
Buenas noches a todos y feliz descanso.
Julia.

sábado, 25 de octubre de 2008

Hasta siempre Viejo tronco

Hace tiempo hablé del tronco seco que en su día fuera un árbol y que estaba rodeado de una forma muy especial por un Pitosporo.
Era casi, casi, una obra de arte, el capricho de un jardinero que pocas personas se detenían a contemplar porque, entre las prisas y la cantidad de árboles que le rodeaban, prácticamente nadie se fijaba en él.
Como dije en su momento, casi todos los días me detenía durante unos instantes, o bien al ir o al volver del trabajo, para contemplar los cambios que se producían en él y para contarle, en silencio durante unos segundos, como me sentía ese día ya que para mí aquel tronco seco era como un buen amigo que estaba lleno de vida de esa vida que le proporcionaba la planta que tan amorosamente le abrazaba.
Pero estaba condenado a desaparecer, porque el progreso que favorecería a la comunidad así lo había decidido.
El pasado miércoles, cuando pasé por allí ya no estaba. En su lugar había un inmenso boquete donde se instalará una enorme tubería que, al parecer, evitará problemas cuando las lluvias sean muy intensas.
Unos metros, sólo unos metros y nuestro tronco, digo nuestro porque cuando nos encontrábamos su jardinero y yo, hablábamos de él como de algo muy especial, algo vivo que se hubiera podido salvar pero..., los planos estaban ahí.
Tengo algunas fotos, más nunca volveré a disfrutar de su vida ni veré sus cambios de tonalidad ni podré volver a contarle cómo me siento.
Le echaré de menos aunque sólo fuera un viejo tronco seco maravillosamente vestido por otra planta, porque él, estaba lleno de vida.
Creo que cada vez que pase por allí y me encuentre con un montón de cemento, cerraré un segundo los ojos y lo volveré a contemplar con el colorido y la belleza que habría tenido en esa estación del año.
Hasta siempre Viejo tronco, nunca te olvidaré.
Julia.

martes, 21 de octubre de 2008

Tomando un café

Después de su confesión, dejó de mirarle a los ojos como lo había estado haciendo mientras charlaban. Se concentró en mirar fijamente la taza que acababan de servirle intentando ordenar sus pensamientos.
El tiempo transcurría y el silencio se estaba convirtiendo en algo muy tenso.
No se había atrevido a hablar hasta ese momento en el que, sin levantar la mirada de la humeante taza de café dijo casi en un susurro.
--Quisiera querer quererte.
Siguió sin mirar a su interlocutor por lo que no pudo darse cuenta de su cambio de semblante.
--¿Realmente necesitas querer quererme?, preguntó él intentando que su voz no se alterara delatando su estado de ánimo.
--No lo sé, fue la lacónica respuesta.
--Voy a preguntártelo de otra forma: ¿Deseas llegar a quererme?. ¿Lo intentarías?. ¿Crees que podrías conseguirlo?, ¿Sientes algo por mí?...
--No lo sé, realmente no lo sé, repitió de forma casi automática.
--Mírame, dijo él, mientras levantaba suavemente su barbilla hasta que sus ojos se encontraron.
Durante unos instantes los ojos de ella expresaron mucho más que todas las palabras que hubiera podido decir.
--No chiquilla, no. ¡Por Dios!. Ni siquiera lo intentes. Olvídalo.
Dejemos las cosas tal y como están, continuó intentando que su voz no reflejara ninguna inflexión.
Sé que si lo hicieras, que si intentases aprender a quererme, es posible que te auto convencieras que había sucedido, que habías llegado a amarme sin realmente hacerlo y, a partir de ese momento, tú no podrías ser feliz y yo me convertiría en el hombre más afortunado por tenerte pero también, en el más despreciable de la tierra por aceptar esa situación.
Se inclinó ligeramente sobre ella y dándole un casi imperceptible beso en la comisura de la boca siguió hablando de cosas intrascendentes.
Acababa de perderla y la amaba, sí, la amaba con toda el alma pero necesitaba seguir a su lado, aunque fuera como amigo, ese amigo al que sin ella saberlo, siempre le sangraría el corazón cada vez que, de alguna manera, se encontraran.
Continuaron hablando de libros, películas, trabajo, vacaciones..., pero ambos sentían que algo se había roto para siempre y que, probablemente, las cosas nunca volverían a ser como antes.

Julia.

lunes, 20 de octubre de 2008

Un cuento muy loco

Érase una vez un pequeño ratoncito que se sentía muy orgulloso del castillo de arena que había construido.
Lo miraba y lo miraba entusiasmado pero, en un momento, un elefante distraído con el revoloteo de unas mariposas, sin darse cuenta y de un pisotón aplastó el castillo.
El pobre ratoncito rompió a llorar al ver su gran obra destrozada y llorando y gimiendo se dirigió a su casa.
Al llegar y entre llantos e hipidos le contó a su padre lo sucedido.
Éste se enfadó muchísimo porque no era la primera vez que el despistado elefante hacía algún desaguisado.
Muy, pero que muy encolerizado salió en busca del elefante al que no tardó en encontrar ya que éste, seguía extasiado con el vuelo de sus mariposas.
Se plantó frente a él y estirándose todo lo que era capaz, apretando los puños fuertemente y gritando todo lo que le daban de sí sus pulmones le dijo:
--Pero bueno grandullón. ¿Tú que te has pensado?... ¿Crees que porque eres tan grande puedes hacer lo que te de la gana?, pues esta vez no. Esta vez te vas a ver la cara conmigo.
De todos es sabido que por alguna extraña razón, los elefantes tienen auténtico terror a los ratones y, lógicamente, nuestro elefante no iba a ser una excepción, así que, cuando bajó la cabeza para ver de donde procedían esos chillidos amenazadores y se encontró con nuestro pequeño ratón, salió corriendo despavorido pisando la cola de una gatita que, divertida, contemplaba la escena.
¡Miiiiiaaaaaaauuuuuuuu!, maulló de dolor la pobre gata mientras salía disparada hacia su casa como alma que lleva el Diablo.
Al llegar a ella le mostró su cola toda maltrecha, al gato que, al verla, empezó a enfadarse por momentos.
--¿Quéeeee?... Preguntó totalmente fuera de sí el gato... ¿Qué te han pisado tu preciosa cola?. Ahora verá ese energúmeno quien soy yo. Pero que se habrá creído gritaba mientras se dirigía a la puerta.
--Ah, a propósito: ¿Quién te ha maltratado así?, le preguntó antes de abrirla.
--Fue el elefante mientras huía de nuestro enfurecido vecino el ratón.
El gato se detuvo en seco. Así que era el elefante. Pobre de mí, pensó, menuda la que me espera...
Decidido a defender su honor, abrió la puerta. Una vez en la calle, no se lo pensó dos veces y de un par de bocados, se comió a su vecino el ratón y a toda su familia.
Y colorín colorado, este cuento loco... o no tan loco..., se ha acabado.
Julia.

domingo, 19 de octubre de 2008

Aprendiendo

---Desde que empecé con el Blog, cada vez que quería escribir con algún tipo de presentación especial, éste se me ponía de manos y no me dejaba hacer esas virguerías que me apetecía hacer y que Word te permite.
---Es lógico, me decía, esto no es Word, es un Blog y te puedes dar con un canto en los dientes que tiene bastantes opciones. Así que, al final publicaba la entrada lo mejor que podía, aunque creo que queda bien claro que, en ese tema, soy mas bien bastante clásica.
---Pero... ¡He aquí que Charli me regala un escrito!.
---¡Genial!, me pareció fantástico pero... ¡Zas!, me encuentro con que el escrito está lleno de tabulaciones en el inicio de cada párrafo.
---Que los diálogos tienen una posición especial (con sus rayitas y todo, como Dios manda) y que, cuando intento publicar la entrada, me queda un churro.
---Como soy una cabezota esférica, me empeñé en que la estética tenía que ser lo más aproximada al original, (más que nada para que no me echara la bronca), jajajaja, venga, que es broma.
---Ahora en serio, que el tema se acabó convirtiendo en un reto personal y..., cuando se me mete una cosa en la cabeza..., es algo así como “chufla-chufla..., que como no te apartes tú...”.
---
Así que intentándolo una y otra vez he descubierto como “engañar” al Blog a la hora de publicar y bueno, creo que el resultado quedó bastante bien.
---Mira, eso es otra cosa que tengo que agradecerte amigo Charli.

Julia.

sábado, 18 de octubre de 2008

Juan (El regreso) - (Escrito por Charli)

Más de una vez he hablado de mi amigo Charli en el Blog.
En esta ocasión voy a publicar uno regalo que me ha hecho, uno de sus geniales escritos diciéndome:

“Quiero ser el más pesado y extenso de los publicantes de tu Blog (aunque solo sea por llevar la contraria)...
...Sé que, aunque rompa todos los cánones de un Blog correcto, lo harás por mí”.

Por supuesto que lo hago y con mucho gusto, no para romper ningún canon, si no porque tu escrito es magnífico y se lo merece.
Muchas gracias querido Charli por tu regalo.

JUAN (EL REGRESO)

----El roción cayó sobre su rostro como agua de vida nueva. Aún no despierto del todo, Juan miró a su alrededor. La mar estaba bella, ni una breve ráfaga de viento en el rostro, ni una nube en la distancia, ni un recuerdo reciente. Sólo aquel roción que, al parecer salido de su propio bauprés, le había devuelto la conciencia sin previo aviso. Una vez más, la mar le besaba la frente. Como se quiere al hijo rebelde que todos llevamos dentro, como se quiere al hombre imposible que todos quisimos ser, la mar le quería y, por enésima vez, de nuevo le daba otra singladura.
----Juan no entendía lo que estaba pasando. Apenas recordaba aquella “primera” que llegaba por su proa. El brazo, entumecido por la presión, parecía llevar allí toda la vida, con la mano pegada a la caña y su antebrazo a lo largo de ella. Bajo las costillas, en el costado, el palo, clavado profundamente; la piel enrojecida y levantada dejaba ver a su través un sarpullido de sangre, aún fresca, que se deslizaba hasta la bancada de popa. En ésta, la mancha negra que se escondía bajo su pantalón, ahora con vergüenza.
----Lentamente y con dolor, soltó el cabo que aún permanecía enrollado a su mano izquierda; también sangraba. La miró como al resto de cuanto le rodeaba, como si fuese algo nuevo, ajeno, extraño.
----Todo el trapo estaba en el suelo o enredado entre los restos de palos y obenques. El barco, desconocido y roto, crujía levemente en gesto inequívoco de reproche callado. Como un animal herido por su propio dueño, lloraba en silencio su inexplicable destino. Aquel loco marino que tantas y tantas veces lo encabritó, orgulloso y afilado, en las más altas crestas de las más desafiantes olas que el mar paría. Aquel amigo y hermano cuyas manos habían cuidado con mimo cada una de sus costuras, calafateando, en caliente siempre para protegerlo del elemento, cada junta de sus cuadernas como si en ello le fuese la propia vida, le había traicionado. Había dejado morir su alma de barco orgulloso y marinero. Había escuchado al viento sur y había desobedecido las más elementales leyes, siempre escritas en la historia del mar; siempre presentes en cada marea y siempre inmutables en el tiempo. Su hermano Juan le había traicionado para siempre y, en esa traición, se había ido la vida de los dos.

----Juan, amigo, padre, hermano, al menos podías habernos dado una sepultura digna de un marino y su barco. Podías habernos dejado deslizar en las olas curvas del sueño dulce de las calladas profundidades. Querido Juan; odiado Juan. . . Querido Juan, al menos podías haber tenido la decencia de haberte dejado ir al mar; dejarme solo en mi deshonra. A merced de los vientos, que siempre fueron fieles amigos, a su voluntad y capricho, sin duda hubiera tenido el fin de los buenos barcos. Sin duda me hubieran otorgado ellos lo que tú, tras una vida pegado a ti, me has negado: la paz azul del silencio gris, el frío sueño de la muerte, el regreso al seno, el abrazo de la madre mar.
----Querido barco. Mi hermano, mi padre, mi fiel amigo. Desde la más humillante de las derrotas, desde mi más humilde alma de marino, te pido perdón. Te pido perdón por haberte lanzado contra la costa del viento, por haberte arrastrado a mi misma locura que me ciega. Te pido perdón por no haber querido escuchar, en el crujido agudo de tu ahora pronunciado arrufo, la canción de la pena. No quise oír tu protesta y desplegué todo tu trapo contra la ley de La Madre. A tu pesar siempre, como jinete apocalíptico sin rumbo y sin nombre, te cabalgué como animal, y ahora, con toda la pena que encierra mi alma y que nunca será suficiente para pagar mi traición, en vez de quedarme contigo en esta calma sin fin, aún de nuevo te pido que compartas conmigo la triste vergüenza de volver. Te ruego que, como último favor, me ayudes a regresar al puerto que un día fue nuestro, a cambio te prometo el olvido. Juro ante tí que jamás volveré a atravesar la barra, que nunca más volveré a poner mis indignas manos a tu gobierno, ni pondré nunca más proa al norte. Sólo puedo pedirte ahora que me lleves, como el más fiel de los amigos que has sido, otra vez a casa.
----Una fina y helada luz grisácea planea en silencio sobre el agua. Por la amura de estribor amanece lentamente y a lo lejos, mientras nace una ligera brisa que parece salir del plácido despertar del propio Neptuno, el cielo se va elevando poco a poco con la nueva mañana. Juan se despierta. También en silencio y con la pesada losa de la tristeza más profunda, se despierta quedamente. A fuerza de la costumbre, mientras se incorpora, se va dejando sentir la mar. Está tranquila y parece haberse olvidado de él. Por primera vez en su vida la siente extraña o, mejor dicho, se siente extraño a ella, rechazado, ignorado como el turista que observa con fruición una catedral mientras ésta continúa pasando siglos, enajenada en su orgullo, sin parpadear al sol, ni al viento, ni a la lluvia, sin acordarse siquiera de la sangre sobre la que asienta sus rectos y altivos muros.
----Con la vista siempre baja, mecánicamente, aquí y allá, va empalmando cabos deshilachados, arría lo que queda de la rasgada Mayor y la deposita, con exquisito cuidado, plegada sobre la regala de babor. Las otras dos velas, ahora sólo pequeños e irregulares jirones, cuelgan lánguidas, apenas agitadas por la suave brisa que se levanta. Acalla el rítmico tintineo de los estays de popa que golpean el palo, al son de la marea, con sus bitas de amarre en la punta, arrancadas de cuajo de su asiento en la borda. Amarra uno al trozo de palo que aún permanece erguido y, con el otro, da una cierta horizontalidad a la botavara que, apoyada sobre la borda de estribor, con toda su jarcia colgando por fuera de la banda, presenta el desangelado aspecto de un barco antiguo desarbolado.
----Todavía no ha reunido el valor suficiente para bajar a la cámara. Tiene que tirar con ambas manos para abrir la desencajada escotilla y, aún antes de abrirla, puede oír el chapoteo del agua en el interior. La sentina se halla descubierta en parte y las tablas flotan por doquier, no hay luz. Poco más arriba de lo que ahora es obra viva, al fondo, a proa, varios resquicios de luz indican que las cuadernas se han movido o están rotas. Un barco herido de muerte.
----Sentado en el tercer escalón, con el agua por la cintura, en la desesperación tensa y callada del que se halla paralizado, con los ojos arrasados de lágrimas tan saladas como el mar, Juan mira fijamente flotar sus escasos enseres y la pacotilla, que se mecen tranquilos y aparentemente muertos en la oscuridad. Como el cirujano que al abrir un cuerpo descubre algo que no podrá curar, se consuela en la seguridad de que el barco no puede mirar en su propio interior; no sabrá que su mal no tiene solución. Su barco es valiente, marinero, hecho a las latitudes más altas, al frío, a la dura marea, al agua traidora de las tormentas, al nordeste.
----De nuevo en cubierta, ahora con más calma, se da cuenta de que no es posible permanecer allí por más tiempo. La proa, poco a poco, se va hundiendo y la punta del bauprés ya no apunta por encima del horizonte, salvo cuando corona una cresta pronunciada; tampoco se levanta de popa como debiera. El timón, prácticamente suelto de su cola, no parece capaz de resistir por más tiempo su función. Habrá de gobernar con el viento.
----Sentado sobre la parte alta del escotillón, va cosiendo como puede los largos rotos de la mayor. Finalmente iza ésta, mira lentamente el escotero roto y amarra la driza sobre la propia borda de babor para ayudarse en la maniobra. Desata el estay de popa que dejó atado al palo y lo fija a estribor. No puede permitir una bordada brusca que terminaría seguramente por abrir una definitiva vía de agua en el costado de estribor, si traslucha sin control, el barco se irá sin remedio. Al menos así, ambos amarres harán las veces de tope si se le va la botavara.
----Con el cubo firme al extremo de un cabo que amarra a popa, en la aleta de estribor, se procura un ancla de fortuna que mantiene el barco ligeramente atravesado a la mar para dar cara siempre por la parte de babor. Tal vez sea capaz de llegar a puerto. No está seguro porque el barco ya no le habla.
----Ahora se mece levemente, en parte por la brisa que va refrescando, en parte por la mar que va tomando formas. Tesa el pujamen y suelta driza, la triste vela aún responde y abraza un poco de viento, consigue una arrancada suave que aligera poco a poco dando más trapo.
----El barco cabecea extrañamente. O no le quiere hablar o no puede. Con tanta agua embarcada, tampoco es extraño que su lenguaje haya cambiado, de forma que ya no sea capaz de hacerse entender. Parece muerto.
----Se sienta. La bitácora, ahora retorcida, parece haber cumplido fielmente su misión y el compás marca su debido Norte.
----Aunque el barco permanece callado y no le ayuda, aunque no sabe el tiempo que su mente anduvo extraviada en lugares ajenos que desconoce, su sangre no le ha traicionado. Sí sabe, por el contrario y exactamente, en qué aguas navega y sabe, también exactamente, el rumbo que debe poner para la derrota de regreso. Aún cuando muera, sabrá, igualmente sin duda, el rumbo exacto que le conducirá en su última y definitiva singladura. Mientras el mar circule por sus venas, jamás se perderá en él.
Aún no nota síntomas graves por la falta de agua potable, si bien la lengua le empieza a resultar en extremo espesa y el dolor en la boca del estómago se hace cada vez más agudo. No recuerda la última vez que bebió, aunque tampoco tiene mayor importancia. El día ha sido largo y ha tenido que masticar un poco de cuero para salivar, paliando así la incomodidad. No es un náufrago y esa misma noche, si el viento continúa refrescando, llegará a puerto.

----El barco escora a estribor y ha tenido que estibar a la banda contraria cuantos objetos de cierto peso ha logrado reunir. Finalmente ha conseguido asentarlo, aunque cada vez presenta más popa al sol. En estas condiciones, el timón ya no resulta útil en absoluto. Decide desmontar la caña para acomodarse más atrás en la bancada y, con su propio peso, ayudar a desplazar el lastre de agua que sigue embarcando. Logra un puntal un poco más pronunciado, pero el barco sigue cabeceando, cada vez más pesadamente. Tampoco esto le preocupa; si la mar le sigue respetando, llegará a puerto; si decide finalmente castigarlo, poco importarán los metros de puntal que tenga, siempre habrá una ola perfectamente capaz de engullir la embarcación como una cáscara de nuez.
----El viento ha caído sensiblemente y ha vuelto a ser la leve brisa con que amaneció el día anterior. Hace ya varias horas que el Rayo Verde salió disparado hacia el cielo del atardecer. Gobernando sólo con la vela, no puede dormir un solo instante, debe corregir el rumbo continuamente. Ha hablado con las estrellas y ellas sí le han contestado. A regañadientes, entre la bruma nocturna que con mucha frecuencia se deposita, pegajosa, contra la superficie, se han asomado en diversas ocasiones para confirmarle lo que su fé y su sangre ya sabían: el camino era el correcto; la distancia, sólo un poco mayor de la prevista.
----En la punta del botalón, como un antiguo farol de tope, relumbra la esperada secuencia del faro: 5 luz, 7 luz, 5 luz. Lentamente, el fanal adquiere realidad propia. Ya no cuelga del bauprés, ni se desplaza brevemente arriba y abajo sobre él. Ahora su desplazamiento es amplio; cada minuto más amplio que el anterior.
----El barco ya no cabecea. Casi no le queda obra muerta a proa y el arranque del botalón permanece más tiempo sumergido que en superficie. Al son de la marea, el agua va corriendo por cubierta para caer, ora por una banda, ora por la otra. Lentamente, cansado, hundido, Juan se levanta y, a hurtadillas, como a traición, saca la navaja del bolsillo. Con lágrimas en los ojos empieza a corta las amarras y, tras un largo esfuerzo casi agónico, consigue liberar el bauprés de su anclaje, arrojándolo por la amura de barlovento. La proa salta, el barco respira de nuevo. Se diría que ha resucitado a una vida de mutilación, corta y sin alma. Sólo es un espejismo vano. El agua embarcada pronto toma nuevo asiento y empuja el barco hacia su aparente inmediato destino.

----Juan llora amargamente, en callado silencio, escuchando en el aire y en el agua la voz de su abuelo:

----- Juanín, hijo. Cuando seas hombre, que será muy pronto, aprenderás el pulso de la mar. Aprenderás a escuchar la música del agua en los amaneceres de viento frío y sentirás los violines de tu barco cuando pase entre la jarcia. Todo eso aprenderás muy pronto, Juanín.
----- Abuelo, abuelo, mañana cuando salgamos al chicharro ¿me dejarás llevar la caña?
----- Claro hijo, claro que llevarás la caña. Ya casi eres un hombre. Todo un marinero de raza para traer siempre a puerto mi barco. Yo sé que en tus manos estará seguro y también sé que él cuidará de ti.
----- Abuelo, abuelo, padre dice que los marineros no lloran y yo creo que es mentira. Algunas veces, cuando la mar está muy mala, llegan al puerto con la cara pálida y los ojos húmedos. Yo creo que, aunque no lo digan, lloran de miedo. ¿Recuerdas, abuelo, el día de la galerna de Junio? Pues como todo el mundo bajó al puerto para ver llegar los barcos, también me acerqué y ví entrar a Ramón. Mientras amarraba me fijé en los churretes que le surcaban la cara y no eran de agua. Estoy seguro de que lloraba y ¡mira que es grande Ramón! Y fuerte; nadie más fuerte en todo el pueblo que Ramón, que recoge las estachas él solito y es capaz de adujarlas perfectamente. Yo lo he visto.
----- Mira hijo, los marineros no lloran nunca. A veces, cuando están muy lejos y solos, allá frente a la costa de Vizcaya, piensan en su casa, los hijos, el fuego en el hogar, la trébede temblequeante del hervor de la marmita posada encima. En esos ratos, que normalmente son ratos perdidos, suelen echar el agua salada que ha ido empapándoles de todas las tormentas. La echan por todo el cuerpo, como si sudasen y, claro, por supuesto también la echan por los ojos. No te en engañes, Juanín, un marino nunca llora. Si alguna vez te pasa, verás que lo que sale de los ojos es agua salada y no lágrimas.
----- Pero abuelo, abuelo, cuando la madre me zurra y no me queda más remedio que llorar para que pare, las lágrimas también me salen saladas, así que. . .
----- Mira que eres burro Juanín, ¡pues no va a salirte saladas! Tu abuelo ha pasado tantas tormentas, ha recogido tanta agua de mar en su cuerpo y en su alma que él solo no puede echarla toda, y mira que ahora tengo tiempo para perder.
----- No sé, abuelo. . . ¿Y mi padre? ¿Por qué mi padre no te ayuda a sacar el agua de dentro?
----- Mira, hijo, no me tires de la lengua, no me tires de la lengua. Tu padre no es malo, no. Es trabajador, eso sí. Y decente y noble, eso también, que es hijo mío. Sólo tiene una pega y es que no le gusta la mar. No es malo, ya digo, tu padre es buena gente pero. . . No le gusta la mar, y eso no se lo puedo perdonar. Ahí, en esa fábrica que huele a pescado viejo, ahí se quema las pestañas todos los días. Siempre pendiente del jefe ese que tanto menciona. Siempre sabiendo a la hora que se levanta y a la que se acuesta. Pero ¡si ni siquiera sabe cómo está la marea! ¿Cómo crees tú que le voy a dejar mi agua a él? De eso nada. Si quiere agua de la mar, que vaya a por ella.
----- Entonces, abuelo ¿toda tu agua será para mí?
----- Claro, hijo, claro que sí. Cada gota de mar que llevo por dentro y por fuera, cada ráfaga de viento que un día me acarició la cara, cada milla que navegué en nuestro barco, cada pez que se enganchó en mi aparejo para ser fuerza de nuestra vida, todo ello, y el barco, es tuyo.
Te voy a contar un caso cierto. La gente de tierra te dirá que son historias de marineros locos pero tú, ni caso, te doy mi palabra de honor de que es cierto y yo lo he vivido:
Hace ya muchos años, cuando yo era joven y tu abuela era una mocetona guapa y lozana, salí un día con la marea de la noche en dirección a un puerto grande de un pueblo que se llama Bermeo. Ya entonces había en aquel pueblo varias fábricas de harina, como las de aquí, y su lonja era un buen lugar para vender el pescado. La mar estaba hermosa, y el viento me llevaba en volandas saltando entre los borreguillos que formaban las crestas del ligero oleaje. Rumbo 66º, 9 millas hasta Los Josefes, luego al 93º otras 21 millas hasta Machichaco, un paseo largo. Ya estaba mediada la tarde cuando avisté tierra. No me había desviado mucho ya que distinguía perfectamente la isla de Ízaro, casi en la bocana de Bermeo, y la de otro pueblo próximo que creo recordar se llama Baquio, sólo habría de volver un poco al Oeste y estaría en el sitio. Cuando se llega de la mar, entre estas dos entradas que se adivinan en el perfil de tierra, profundamente divididas por el imponente cabo, a su Oeste, a poco más de una milla, aunque escondida tras la isla de Aquechese, se distingue claramente una roca escarpada que parece desafiar a todos los mares del mundo. Arriba, en su parte más alta, hay construida una pequeña ermita y, según dicen, en ella, todos los santos, lámparas y figuras, están hechas con trozo de madera rescatados de naufragios. Abajo, una base circular, firme, de roca dura con dos arcadas en el este, por las que pasa, siempre seria, la mar, y un alto puente de piedra que une todo ello a tierra firme.
Yo había oído contar historias de esta peña que se llama Gaztelugache y de su ermita que se llama San Juan. Todos los marineros de aquí, tarde o temprano hemos ido alguna vez hasta San Juan de Gaztelugache, que por este nombre se conoce el sitio, como si de alguna forma nos atrajese un mundo que, aunque cercano, siempre parece estar en la otra orilla. Contaban los viejos que algunas noches, mientras pescaban buenas merluzas que se crían en aquella costa, entre la neblina, se oían como cánticos de monjes que parecían venir del lugar en el que debía encontrarse la ermita. Cuando los monjes cantaban, se podía pescar toda la noche tranquilo. Ni la mar ni el viento impedirían, en estas ocasiones, al marino volver a puerto. Por el contrario, si entre los cánticos se oía tañer una campana, los monjes avisaban peligro cierto y, como hombre temeroso de Dios, habías de dar las velas al viento, dejar la pesca buena o mala de inmediato y poner rumbo a puerto. De no hacerlo así, de nada valdrían los desvelos de San Juan y su séquito. Ni barco ni hombre volverían jamás a casa.
Como te cuento, había llegado a media tarde y había fondeado frente a San Juan de Gaztelugache. Al caer la noche ya había pescado las mejores diez merluzas que se pescaron nunca; todas ellas de buen tamaño, negras y brillantes como sólo en aquellas aguas se encuentran. Era la marea perfecta, ese día con el que todos los pescadores soñamos. Di tres aparejos más y, en menos de dos horas, había cogido otra media docena de ejemplares, aún más hermosos que los anteriores. En estas estaba, entretenido y pensando en los buenos dineros que sacaría en la lonja del pueblo de una pesca tan especial, cuando creí oír un sonido metálico que flotaba en el viento. En un principio pensé que se había soltado algún grillete y golpeaba contra un obenque. Nada. Drizas, escotas, aparejos, todo estaba en su sitio. Pasados unos minutos, y ahora claramente, oí el inconfundible tañer de una campana.
Ya sabes, hijo, que yo no soy muy amigo de cuentos de vieja ni mamarrachadas de esa índole pero, de repente, recordé las antiguas leyendas. La mar estaba en calma, venía una ola de fondo levísima que llegaba desde muy lejos. El viento se reducía a una ligera brisa de no más de cinco o seis nudos.
¡Paparruchas! Me dije, y seguí pescando. Una hora más tarde, ninguno de los aparejos había hecho nuevas presas y maldije mi mala suerte. Si no me hubiese entretenido con tonterías, podría haber sacado por lo menos otros tres o cuatro pescados, aprovechando la hora en la que picaban.
De repente, entre mis improperios, pronunciados en voz alta como acostumbran los marineros que pescan solos, de nuevo y más claro aún que antes, me llegó el sonido agudo, metálico y apresurado de una campana. Sonaba deprisa, como si alguien la tocase frenéticamente avisando de un peligro inminente.
Me asusté, hijo, me asusté y comencé a recoger los aparejos lo más rápido que pude. Los arrojé en el plan de la bañera y, tras cobrar el fondeo, icé la mayor. Acuartelando el foque para virar rápidamente, puse proa a mar abierto, rumbo a casa, y me alejé lo antes posible de aquel lugar.
Al amanecer del siguiente día, ya estaba a la vista de tierra. Tras orientarme, arrumbando al faro del Caballo, navegué, ya tranquilo, considerándome en casa. Dos horas más tarde, entré a puerto, amarré en el mismo fondeo que aún utilizamos y, sin recoger los aparejos, me limité a cargar la caja del pescado para subirla hasta casa.
No sé, Juanín, si la campana de San Juan me salvó de algo o sólo fueron imaginaciones de un joven marino. Nunca más la he vuelto a oír pero siempre he sentido que aquel día, una sombra negra acompañaba a mi barco. Una sombra que sólo quedó atrás cuando fue espantada por el destello de la luz del faro. Tú, si alguna vez oyes la campana, zarpa sin tardanza y dirígete a puerto. Correrías el riesgo por el hombre, pero le debes un respeto al barco. Y recuerda hijo, el mayor peligro en la mar viene de tierra. Si todo se pone contar ti, intenta llegar a puerto. Si no estás seguro de tener tiempo, no lo dudes más, no escuchaste con la debida atención la canción de la mar y el viento, ahora sólo queda dejar tierra por la popa, lo más lejos posible. Tu querencia natural de hombre, te dirá que vayas a tierra, que allí estarás seguro. En ese momento ha de salir el marinero que, aunque hombre al fin, está hecho de otro barro. Puede que tú no aguantes el temporal pero tienes el barco, él aguantará siempre mucho más de lo que tu supones. No es fácil que la mar lo doblegue, tal vez sólo puedan vencerlo la tierra y tu mismo.
----- Gracias abuelo, prometo no olvidarlo.

----Al pasar la bocana, con los ojos secos, las manos agrietadas y el alma rota, Juan no es capaz de levantar la mirada. Más por costumbre que por otra causa, traspasa la barra que en ese amanecer permanece silenciosa y tranquila. Con el leve sonido, casi inaudible, de las tranquilas aguas del puerto sobre la poca banda que queda a flote; sin más compañía ahora que su barco, definitivamente muerto, se abarloa al dique; cobra el cabo que lanzó a popa y suelta el cubo. Imposibilitado, por naturaleza propia, para obviar alguna de sus costumbres, suelta la amarra del bichero y se lo echa al hombro.
----Con el gorro calado hasta los ojos, el bichero al hombro y el cubo en la mano izquierda, saltó a tierra. Sin mirar atrás, se aleja por el viejo muelle.
----No levantó tampoco ahora la mirada, ni era necesario. Ese tramo de tierra firme no le era extraño en absoluto, al fin y al cabo, era el camino de su vida. Podía navegarlo con los ojos cerrados, guiado por la querencia natural de todo marino que, a modo de sagrario y alumbrado con reverente llama perpetua, conserva en lo más profundo de su corazón las coordenadas de su hogar en tierra.
----Jamás cerraba la puerta con llave, lo contrario hubiese sido un insulto para los vecinos. Se limitó a bajar la manija y empujar ligeramente. Pasó al interior, oscuro y frío y cerró tras de sí la puerta, sin el más leve ruido. Sólo en el último instante se permitió lanzar una fugaz mirada a la alborada que llegaba, alta por Buciero, mientras, por la parte de la mar, se deslizaba flotando desde el Este para abrazar la tierra un nuevo día. No miró abajo, ni por un segundo derivó su mirada al muelle. Cerró la puerta, dejando fuera la seguridad de que nunca más volvería a ver su barco. Nunca más volvería a ser parte de un barco. Nunca más volvería a salir a la mar. La Madre le había hecho el mayor de los desprecios: como cruel castigo a su atrevimiento, ni siquiera quiso acogerlo en su seno. Aún ahondó más en su herida, permitiendo que volviera a casa solo, con su barco muerto. Hasta en esto le traicionó: ¡un barco hundido en el puerto! ¡Qué terrible vergüenza, hundido a un palmo de la costa como un vulgar bote de turistas! ¡Con la popa desnuda al sol!.

Charli, 6 de Marzo de 2005.

viernes, 17 de octubre de 2008

Al filo

Hoy he recordado..., No, no es verdad, no lo he recordado porque es algo que nunca olvidaré a pesar de que han pasado casi ocho años, así que empezaré de nuevo, si no os importa.
Hoy he revivido con toda la intensidad de su momento unos tiempos en los que me hundía luchando. En los que luchaba sabiendo de antemano que tenía perdida la batalla.
Hoy me he dado cuenta que determinadas situaciones de nuestra vida se esconden en un pequeño rinconcito de nuestro corazón, de nuestra mente y permanecen allí envueltas en un sereno dolor que, poco a poco se va adormeciendo para dejarnos seguir viviendo a pesar de él.
Pero hoy, esos momentos se han despertado y me han inundado de un dolor mucho más intenso que en los últimos tiempos.
Y he podido comentar sobre ello no en su totalidad, si no en una pequeña parte.
Lo hice porque sentí la necesidad de compartirlo con una persona que está pasando por unos momentos no iguales, porque ningún dolor es igual, pero sí bastante parecidos, pensando que tal vez, así, se llegue a dar cuenta que aunque parezca que la vida se nos agota en esas situaciones, nunca ocurre y sigue y sigue haciéndonos daño pero a su vez, haciéndonos fuertes y lo que es más importante, enseñándonos que personas muy diferentes en todos los aspectos son, somos capaces de crear, unidas, un muro que haga frente a esas situaciones que, por desgracia, no tienen mucha solución pero que, mientras duren y ese muro permanezca firme no nos sentiremos ni solos ni desamparados.
El mundo sigue girando. La vida sigue su rumbo y ese dolor que hoy se despertó, poco a poco volverá a adormecerse.
Buenas noches a todos.
Julia.

lunes, 13 de octubre de 2008

Garabatos

Llega un momento en el que das unos pasos hacía atrás y te detienes a observar esa pizarra en la que, durante un tiempo, has garabateado con felices dibujos de un alma que, inesperadamente, regresó a la pureza de sentirse viva.
Han sido tantos y tantos pequeños dibujos que no eres capaz de abarcarlos con la mirada para lo cual sigues retrocediendo hasta que tu espalda se apoya en la pared.
Ahora sí. Ahora ya puedes contemplar en su totalidad esos trazos desordenados con formas incoherentes pero extrañamente reconocibles para aquellos ojos que dejaste, durante un tiempo, despertaron tu alma dormida.
Te vas agachando lentamente dejando que esta vez sea tu espalda la que dibuje una imagen confusa sobre la pared.
Sentada en el suelo, con los brazos rodeando tus rodillas, echas hacia atrás la cabeza hasta encontrar tu ansiado punto de apoyo y contemplar, por última vez, esos dibujos que, tras el silencio, desaparecerán para siempre.

Julia.

domingo, 12 de octubre de 2008

Escribir demasiado

Al parecer y, según cánones no escritos de los Blogueros, me enrollo demasiado en mis entradas.
Bueno, esto no es porque nadie, hasta el momento, me lo haya dicho por aquí pero mi hijo me dice que escribo mucho y que, toda aquella persona que entra en un Blog es para leer algo que le atraiga y que a la vez sea cortito así que, cuando se encuentra con demasiado que leer, casi de inmediato lo descarta y probablemente no regrese.
Visto a lo visto no me queda otra que pedir “disculpas” por tener “dedos flojos sobre el teclado” pero no puedo remediarlo, no soy capaz de expresarme con pocas palabras.
Con toda sinceridad me gustaría ser capaz de sacar todo lo que llevo dentro en unas pocas líneas y me estoy planteando muy seriamente intentarlo con todas mis fuerzas.
Espero tener esa fuerza de voluntad, mejor dicho, encontrar esa capacidad para lograrlo.
Mientras tanto, me tendréis que tomar como soy..., un sin fin de palabras y palabras.
Divertida noche de domingo ya que mañana es “Fiesta”.
Julia.

sábado, 11 de octubre de 2008

Aquellos felices años

Ayer tarde he contestado a unos cuantos comentarios que mi amigo Charli me hizo, dejándome totalmente alucinada por comentar en tantos escritos y, antes que se me olvide... Gracias.
Bueno, a lo que iba; el final de uno de ellos era:

(A la mierda el traje, quiero aquel tiempo).

En el instante que lo leí estuve a punto de gritar: A la mierda, yo también quiero volver a ese tiempo.
Nada más terminar de responder me quedé pensando en esa frase. Coloqué los codos sobre la mesa, crucé las manos, apoyé sobre ellas la barbilla y mi cabeza empezó a darle vueltas a la idea.
Sería genial volver a jugar en el patio con los amigos y vecinos.
Comprar un chicle de Bazzoka que eran muy duros pero que ,como estaban formados por una serie de rodajas, te duraban la tira.
Ir a cambiar cromos a Cantarranas para poder terminar la colección.
Los recreos del cole y las enormes vacaciones.
Esperar impaciente la Noche de Reyes.
Pasarme una tarde entera recortando “mariquitas” para luego jugar con las amigas.
Y un larguísimo etc...
Pero si volviera a esos años y mi vida transcurriera como lo ha hecho, volvería a tener enormes decepciones, inmensas alegrías, frustraciones, momentos agradables, un infinito dolor, grandes logros y pérdidas irreemplazables.
Ciertamente volvería a tener la incomparable felicidad de saber que estaba esperando a mis dos hijos, verlos crecer, disfrutar de ellos, con su felicidad, sentir su alegría, su amor a cada momento pero también volvería a romperme de dolor en múltiples ocasiones...
Por eso no sé muy bien si en el fondo de mi corazón desearía regresar a esos felices años de mi niñez si al final, para ello, tengo que poner en la balanza el resto de mi vida y volver a revivirla.
Julia.

martes, 7 de octubre de 2008

De manías varias

Estoy segura que para algunas cosas soy un poco maniática, por ejemplo en el trabajo.
No puedo evitarlo pero necesito tener la pantalla del ordenador a la izquierda y no por el ratón precisamente, si no porque me resulta más cómodo girar la cabeza un poco a la izquierda que hacia el otro lado.
El teléfono, también a la izquierda, así como el resto de los útiles: Grapadora, taladradora, tacos de notas, porta celo, documentación a consultar, la jarrita del agua, el calendario, el porta clips y el portalápices.
Hablando de portalápices, en el mío todo, absolutamente todo está boca abajo, otra manía. Algunos dirán que es porque así la tinta llega siempre a la punta de los bolis, de los pilot y de los rotuladores..., puede ser, pero es que también pongo boca abajo los lapiceros, las gomas de borrar en forma de lápiz y el abrecartas y claro, a esos no les hace ninguna falta que la tinta les llegue a ninguna parte..., porque no usan de eso..., así que en cuanto alguien utiliza algo de mi mesa sé automáticamente que ha sido así, porque tengo un desordenado muy ordenado, (al menos para mí), ya que aunque mis carpetas no tengan un orden muy lógico, sólo tengo que meter la mano y rápidamente encuentro lo que busco..
La cajonera, otra manía, también a la izquierda y no es porque esté fija a la mesa, ya que tiene ruedas y se puede ubicar donde a uno le dé la gana..., pues nada, a la izquierda o no me siento a gusto.
En fin, que soy una maniática porque hasta la rosa y una pequeña piña muy extraña, las tengo en la mesa a mi izquierda...
De todas formas, me da igual, todos tenemos nuestras pequeñas manías... ¿o no?.
Julia.

lunes, 6 de octubre de 2008

Bajo el edredón ocre del Otoño - (Escrito por Paco Téllez).

Nos envuelve el Otoño. Esa fría pero maravillosa estación del año y en ella no podía olvidar un poema que, en el año dos mil cinco escribió Paco Téllez, un gran poeta pero sobre todo un gran amigo con el que compartí, en nuestra inolvidable Abrecartas, poemas, escritos y experiencias, mejor dicho, compartimos algunos de los amigos que, al igual que él, me han honrado aquí, no sólo con su ánimo y su presencia, si no permitiéndome publicar sus escritos.

Bajo el edredón ocre del Otoño.

Bajo el edredón ocre del otoño,
embutido en un pijama de suspiros,
te sueño.
Desnudando mis silencios
te sueño
y eyaculo precozmente
estos versos melancólicos,
sobre la piel de la noche,
musitando tu nombre.

Corrección del autor:
Paco Téllez, 14 de Diciembre de 2004
(Publicado en Ababolia 27 de Enero de 2005)

domingo, 5 de octubre de 2008

Estaba en él

Llegó un momento en el que empezó a creer que las cosas volvían a retomar su rumbo pero, de improviso, sucedió algo que le rompió los esquemas.
Empezó a sentirse mal físicamente y por más visitas a su médico y por más tratamientos que le prescribían, aquello no tiene ninguna pinta de mejorar, al contrario, cada día iba de mal en peor.
Entonces alguien dijo las palabras mágicas:
“La solución está en ti y mientras tú no pongas algo de tu parte esto no cederá”.
En un principio pensó que era imposible, que todo estaba controlado, que todo había empezado a normalizarse poco a poco, que por fin en su vida había calma.
Pero algo dentro de él opina que es posible que estén en lo cierto, que puede que su mal no sea del todo físico. Empieza a reflexionar y...
Ahí está, no ha desaparecido. Ha estado latente durante un tiempo pero ha despertado y de nuevo y sin que se diera cuenta ha vuelto a dar zarpazos y, en cada uno de ellos, se lleva parte de la piel de su alma dejándola descarnada.
De nuevo duele, más no es ya un dolor físico. Duele el ayer, duelen los recuerdos de tantos y tantos años, duele la cobardía, duele..., sólo duele.
Desnudo se enfrenta al espejo y en él busca desesperado más allá de las marcas físicas, pero sólo unos ojos tristes, cansados, con amplias ojeras, son el único indicio de su tormento.
Su mirada se pierde en el interior del espejo intentando que desaparezca su cuerpo.
Desearía arrancarse la piel y volverse del revés para tratar de encontrarse.
Desearía detener esa tortura que le lacera por dentro.
Desearía poder cicatrizar aunque fuera con fuego las heridas aún abiertas y que las cicatrices fueran difuminándose aunque nunca llegasen a desaparecer.
Desearía... Sí, desearía tantas cosas...
La habitación se ha quedado fría y a pesar que el soñar con tantos y tantos deseos que nunca se cumplieran ha helado su sangre, el instinto de conservación hace que busque rápidamente ropa para abrigarse.
Con los ojos carentes de toda vida, mira nuevamente su imagen en el espejo y con una grotesca mueca que pretende ser una sonrisa pregunta:
“La solución está en mí pero, dime..., ¿Sabré encontrarla?”.
Julia.

sábado, 4 de octubre de 2008

Un pelín amodorrada

Pues sí señores, lo siento mucho pero hoy estoy de un “vagoneto subido”...
Y es que no puedo evitarlo, ni siquiera me apetece ponerme a pensar en algo para escribir, vamos, que ni dar un palo al agua.
Ya me advirtieron que las pastillas me darían somnolencia hasta que me fuera acostumbrando y bueno, hasta ahora como que era más o menos soportable pero... Bufff, es que esta tarde no es que esté con sopor, es que lo que realmente me apetece es acomodarme en el sofá, estirarme todo lo que pueda (ya se que es una falta de educación hasta escribirlo) pero..., es lo que me apetece, así que, por unos instantes, por favor... mirad para otro lado, ¿vale?. Después enrollarme como un ovillo, poner una peli y no se muy bien si veré la peli o la medio dormiré..., ya se verá.
Pues nada, que aquí estoy escribiendo esta especie de “cosa rara”, casi, casi con palillos en los párpados, (bueno, vale, exagero un poquito), pero la verdad es que me siento así, como flotando.
A lo mejor cuando me levante de aquí y me ponga a tender la ropa, preparar cena y demás, hasta me despejo y todo, cosa que dudo pero...
Bueno, que aquí dejo ya de dar la lata, no sin antes desearos a todos una feliz noche de sábado.
Besitos...

Julia.

jueves, 2 de octubre de 2008

Algo muy duro

Suele suceder que hasta que algo realmente duro ocurre no te das cuenta de la importancia que tiene muchas veces una visita o una simple llamada telefónica.
Muchas veces no lo haces porque piensas que las personas se encuentran cómodas con quienes les rodean, que no lo desean y que, por su situación emocional lo que necesitan es estar lo más relajadas posible y que tu insistencia puede llegar a molestar.
Más tarde alguien te comenta que ha sucedido algo terrible:
-Sabes, “fulanita” ha intentado suicidarse. Ha pasado una buena temporada en la UCI y aún no está repuesta del todo-.
Te quedas de piedra y empiezas a pensar en el tiempo que hace que no la ves. En que como es posible que una persona aparentemente tan fuerte pueda llegar a realizar un acto semejante.
Lo duro en estos casos es que, en el fondo de tu corazón, sabes que no podías haber hecho nada porque esa persona se había encerrado en su mundo y no quería saber nada del resto y, lo que es aún más duro, sabes que aún ahora, después de ese terrible suceso, quiere seguir aislada, sin querer hablar ni ver a nadie y, contra eso, nada puedes hacer.
Entonces reflexionas y te das cuenta de la fragilidad de la mente y la voluntad del ser humano y te asustas, porque eso asusta..., vaya si asusta.
Lo que ahora deseo es que se reponga, que se de cuenta que a su alrededor se encuentran muchas personas que la quieren y que no dudaran ni un segundo en ayudarla en todo lo que necesite.
Que la vida, las preocupaciones, los sufrimientos son menos crueles cuando a tu alrededor hay muchas manos extendidas para ayudarte a seguir.
No lo dudes “Leur” la vida, a pesar de sus escollos, aún puede ofrecerte muchas ilusiones y alegrías.
Todo mi cariño para ti.

Julia

miércoles, 1 de octubre de 2008

Ensoñación

En la oscuridad...
Se acercó, en silencio, pisando sobre nubes de sueños.
Le abrió su corazón con el rumor de las hojas.
Le acarició dulcemente con los dedos de la brisa.
Le abrazó con los amantes brazos de la noche.
Le besó con el fulgor de cada estrella.
Amanecía...
Le dijo adiós, cubriéndole con lágrimas de lluvia.
Se alejó, en silencio, pisando sobre espinas de despertares.
Julia.