sábado, 18 de octubre de 2008

Juan (El regreso) - (Escrito por Charli)

Más de una vez he hablado de mi amigo Charli en el Blog.
En esta ocasión voy a publicar uno regalo que me ha hecho, uno de sus geniales escritos diciéndome:

“Quiero ser el más pesado y extenso de los publicantes de tu Blog (aunque solo sea por llevar la contraria)...
...Sé que, aunque rompa todos los cánones de un Blog correcto, lo harás por mí”.

Por supuesto que lo hago y con mucho gusto, no para romper ningún canon, si no porque tu escrito es magnífico y se lo merece.
Muchas gracias querido Charli por tu regalo.

JUAN (EL REGRESO)

----El roción cayó sobre su rostro como agua de vida nueva. Aún no despierto del todo, Juan miró a su alrededor. La mar estaba bella, ni una breve ráfaga de viento en el rostro, ni una nube en la distancia, ni un recuerdo reciente. Sólo aquel roción que, al parecer salido de su propio bauprés, le había devuelto la conciencia sin previo aviso. Una vez más, la mar le besaba la frente. Como se quiere al hijo rebelde que todos llevamos dentro, como se quiere al hombre imposible que todos quisimos ser, la mar le quería y, por enésima vez, de nuevo le daba otra singladura.
----Juan no entendía lo que estaba pasando. Apenas recordaba aquella “primera” que llegaba por su proa. El brazo, entumecido por la presión, parecía llevar allí toda la vida, con la mano pegada a la caña y su antebrazo a lo largo de ella. Bajo las costillas, en el costado, el palo, clavado profundamente; la piel enrojecida y levantada dejaba ver a su través un sarpullido de sangre, aún fresca, que se deslizaba hasta la bancada de popa. En ésta, la mancha negra que se escondía bajo su pantalón, ahora con vergüenza.
----Lentamente y con dolor, soltó el cabo que aún permanecía enrollado a su mano izquierda; también sangraba. La miró como al resto de cuanto le rodeaba, como si fuese algo nuevo, ajeno, extraño.
----Todo el trapo estaba en el suelo o enredado entre los restos de palos y obenques. El barco, desconocido y roto, crujía levemente en gesto inequívoco de reproche callado. Como un animal herido por su propio dueño, lloraba en silencio su inexplicable destino. Aquel loco marino que tantas y tantas veces lo encabritó, orgulloso y afilado, en las más altas crestas de las más desafiantes olas que el mar paría. Aquel amigo y hermano cuyas manos habían cuidado con mimo cada una de sus costuras, calafateando, en caliente siempre para protegerlo del elemento, cada junta de sus cuadernas como si en ello le fuese la propia vida, le había traicionado. Había dejado morir su alma de barco orgulloso y marinero. Había escuchado al viento sur y había desobedecido las más elementales leyes, siempre escritas en la historia del mar; siempre presentes en cada marea y siempre inmutables en el tiempo. Su hermano Juan le había traicionado para siempre y, en esa traición, se había ido la vida de los dos.

----Juan, amigo, padre, hermano, al menos podías habernos dado una sepultura digna de un marino y su barco. Podías habernos dejado deslizar en las olas curvas del sueño dulce de las calladas profundidades. Querido Juan; odiado Juan. . . Querido Juan, al menos podías haber tenido la decencia de haberte dejado ir al mar; dejarme solo en mi deshonra. A merced de los vientos, que siempre fueron fieles amigos, a su voluntad y capricho, sin duda hubiera tenido el fin de los buenos barcos. Sin duda me hubieran otorgado ellos lo que tú, tras una vida pegado a ti, me has negado: la paz azul del silencio gris, el frío sueño de la muerte, el regreso al seno, el abrazo de la madre mar.
----Querido barco. Mi hermano, mi padre, mi fiel amigo. Desde la más humillante de las derrotas, desde mi más humilde alma de marino, te pido perdón. Te pido perdón por haberte lanzado contra la costa del viento, por haberte arrastrado a mi misma locura que me ciega. Te pido perdón por no haber querido escuchar, en el crujido agudo de tu ahora pronunciado arrufo, la canción de la pena. No quise oír tu protesta y desplegué todo tu trapo contra la ley de La Madre. A tu pesar siempre, como jinete apocalíptico sin rumbo y sin nombre, te cabalgué como animal, y ahora, con toda la pena que encierra mi alma y que nunca será suficiente para pagar mi traición, en vez de quedarme contigo en esta calma sin fin, aún de nuevo te pido que compartas conmigo la triste vergüenza de volver. Te ruego que, como último favor, me ayudes a regresar al puerto que un día fue nuestro, a cambio te prometo el olvido. Juro ante tí que jamás volveré a atravesar la barra, que nunca más volveré a poner mis indignas manos a tu gobierno, ni pondré nunca más proa al norte. Sólo puedo pedirte ahora que me lleves, como el más fiel de los amigos que has sido, otra vez a casa.
----Una fina y helada luz grisácea planea en silencio sobre el agua. Por la amura de estribor amanece lentamente y a lo lejos, mientras nace una ligera brisa que parece salir del plácido despertar del propio Neptuno, el cielo se va elevando poco a poco con la nueva mañana. Juan se despierta. También en silencio y con la pesada losa de la tristeza más profunda, se despierta quedamente. A fuerza de la costumbre, mientras se incorpora, se va dejando sentir la mar. Está tranquila y parece haberse olvidado de él. Por primera vez en su vida la siente extraña o, mejor dicho, se siente extraño a ella, rechazado, ignorado como el turista que observa con fruición una catedral mientras ésta continúa pasando siglos, enajenada en su orgullo, sin parpadear al sol, ni al viento, ni a la lluvia, sin acordarse siquiera de la sangre sobre la que asienta sus rectos y altivos muros.
----Con la vista siempre baja, mecánicamente, aquí y allá, va empalmando cabos deshilachados, arría lo que queda de la rasgada Mayor y la deposita, con exquisito cuidado, plegada sobre la regala de babor. Las otras dos velas, ahora sólo pequeños e irregulares jirones, cuelgan lánguidas, apenas agitadas por la suave brisa que se levanta. Acalla el rítmico tintineo de los estays de popa que golpean el palo, al son de la marea, con sus bitas de amarre en la punta, arrancadas de cuajo de su asiento en la borda. Amarra uno al trozo de palo que aún permanece erguido y, con el otro, da una cierta horizontalidad a la botavara que, apoyada sobre la borda de estribor, con toda su jarcia colgando por fuera de la banda, presenta el desangelado aspecto de un barco antiguo desarbolado.
----Todavía no ha reunido el valor suficiente para bajar a la cámara. Tiene que tirar con ambas manos para abrir la desencajada escotilla y, aún antes de abrirla, puede oír el chapoteo del agua en el interior. La sentina se halla descubierta en parte y las tablas flotan por doquier, no hay luz. Poco más arriba de lo que ahora es obra viva, al fondo, a proa, varios resquicios de luz indican que las cuadernas se han movido o están rotas. Un barco herido de muerte.
----Sentado en el tercer escalón, con el agua por la cintura, en la desesperación tensa y callada del que se halla paralizado, con los ojos arrasados de lágrimas tan saladas como el mar, Juan mira fijamente flotar sus escasos enseres y la pacotilla, que se mecen tranquilos y aparentemente muertos en la oscuridad. Como el cirujano que al abrir un cuerpo descubre algo que no podrá curar, se consuela en la seguridad de que el barco no puede mirar en su propio interior; no sabrá que su mal no tiene solución. Su barco es valiente, marinero, hecho a las latitudes más altas, al frío, a la dura marea, al agua traidora de las tormentas, al nordeste.
----De nuevo en cubierta, ahora con más calma, se da cuenta de que no es posible permanecer allí por más tiempo. La proa, poco a poco, se va hundiendo y la punta del bauprés ya no apunta por encima del horizonte, salvo cuando corona una cresta pronunciada; tampoco se levanta de popa como debiera. El timón, prácticamente suelto de su cola, no parece capaz de resistir por más tiempo su función. Habrá de gobernar con el viento.
----Sentado sobre la parte alta del escotillón, va cosiendo como puede los largos rotos de la mayor. Finalmente iza ésta, mira lentamente el escotero roto y amarra la driza sobre la propia borda de babor para ayudarse en la maniobra. Desata el estay de popa que dejó atado al palo y lo fija a estribor. No puede permitir una bordada brusca que terminaría seguramente por abrir una definitiva vía de agua en el costado de estribor, si traslucha sin control, el barco se irá sin remedio. Al menos así, ambos amarres harán las veces de tope si se le va la botavara.
----Con el cubo firme al extremo de un cabo que amarra a popa, en la aleta de estribor, se procura un ancla de fortuna que mantiene el barco ligeramente atravesado a la mar para dar cara siempre por la parte de babor. Tal vez sea capaz de llegar a puerto. No está seguro porque el barco ya no le habla.
----Ahora se mece levemente, en parte por la brisa que va refrescando, en parte por la mar que va tomando formas. Tesa el pujamen y suelta driza, la triste vela aún responde y abraza un poco de viento, consigue una arrancada suave que aligera poco a poco dando más trapo.
----El barco cabecea extrañamente. O no le quiere hablar o no puede. Con tanta agua embarcada, tampoco es extraño que su lenguaje haya cambiado, de forma que ya no sea capaz de hacerse entender. Parece muerto.
----Se sienta. La bitácora, ahora retorcida, parece haber cumplido fielmente su misión y el compás marca su debido Norte.
----Aunque el barco permanece callado y no le ayuda, aunque no sabe el tiempo que su mente anduvo extraviada en lugares ajenos que desconoce, su sangre no le ha traicionado. Sí sabe, por el contrario y exactamente, en qué aguas navega y sabe, también exactamente, el rumbo que debe poner para la derrota de regreso. Aún cuando muera, sabrá, igualmente sin duda, el rumbo exacto que le conducirá en su última y definitiva singladura. Mientras el mar circule por sus venas, jamás se perderá en él.
Aún no nota síntomas graves por la falta de agua potable, si bien la lengua le empieza a resultar en extremo espesa y el dolor en la boca del estómago se hace cada vez más agudo. No recuerda la última vez que bebió, aunque tampoco tiene mayor importancia. El día ha sido largo y ha tenido que masticar un poco de cuero para salivar, paliando así la incomodidad. No es un náufrago y esa misma noche, si el viento continúa refrescando, llegará a puerto.

----El barco escora a estribor y ha tenido que estibar a la banda contraria cuantos objetos de cierto peso ha logrado reunir. Finalmente ha conseguido asentarlo, aunque cada vez presenta más popa al sol. En estas condiciones, el timón ya no resulta útil en absoluto. Decide desmontar la caña para acomodarse más atrás en la bancada y, con su propio peso, ayudar a desplazar el lastre de agua que sigue embarcando. Logra un puntal un poco más pronunciado, pero el barco sigue cabeceando, cada vez más pesadamente. Tampoco esto le preocupa; si la mar le sigue respetando, llegará a puerto; si decide finalmente castigarlo, poco importarán los metros de puntal que tenga, siempre habrá una ola perfectamente capaz de engullir la embarcación como una cáscara de nuez.
----El viento ha caído sensiblemente y ha vuelto a ser la leve brisa con que amaneció el día anterior. Hace ya varias horas que el Rayo Verde salió disparado hacia el cielo del atardecer. Gobernando sólo con la vela, no puede dormir un solo instante, debe corregir el rumbo continuamente. Ha hablado con las estrellas y ellas sí le han contestado. A regañadientes, entre la bruma nocturna que con mucha frecuencia se deposita, pegajosa, contra la superficie, se han asomado en diversas ocasiones para confirmarle lo que su fé y su sangre ya sabían: el camino era el correcto; la distancia, sólo un poco mayor de la prevista.
----En la punta del botalón, como un antiguo farol de tope, relumbra la esperada secuencia del faro: 5 luz, 7 luz, 5 luz. Lentamente, el fanal adquiere realidad propia. Ya no cuelga del bauprés, ni se desplaza brevemente arriba y abajo sobre él. Ahora su desplazamiento es amplio; cada minuto más amplio que el anterior.
----El barco ya no cabecea. Casi no le queda obra muerta a proa y el arranque del botalón permanece más tiempo sumergido que en superficie. Al son de la marea, el agua va corriendo por cubierta para caer, ora por una banda, ora por la otra. Lentamente, cansado, hundido, Juan se levanta y, a hurtadillas, como a traición, saca la navaja del bolsillo. Con lágrimas en los ojos empieza a corta las amarras y, tras un largo esfuerzo casi agónico, consigue liberar el bauprés de su anclaje, arrojándolo por la amura de barlovento. La proa salta, el barco respira de nuevo. Se diría que ha resucitado a una vida de mutilación, corta y sin alma. Sólo es un espejismo vano. El agua embarcada pronto toma nuevo asiento y empuja el barco hacia su aparente inmediato destino.

----Juan llora amargamente, en callado silencio, escuchando en el aire y en el agua la voz de su abuelo:

----- Juanín, hijo. Cuando seas hombre, que será muy pronto, aprenderás el pulso de la mar. Aprenderás a escuchar la música del agua en los amaneceres de viento frío y sentirás los violines de tu barco cuando pase entre la jarcia. Todo eso aprenderás muy pronto, Juanín.
----- Abuelo, abuelo, mañana cuando salgamos al chicharro ¿me dejarás llevar la caña?
----- Claro hijo, claro que llevarás la caña. Ya casi eres un hombre. Todo un marinero de raza para traer siempre a puerto mi barco. Yo sé que en tus manos estará seguro y también sé que él cuidará de ti.
----- Abuelo, abuelo, padre dice que los marineros no lloran y yo creo que es mentira. Algunas veces, cuando la mar está muy mala, llegan al puerto con la cara pálida y los ojos húmedos. Yo creo que, aunque no lo digan, lloran de miedo. ¿Recuerdas, abuelo, el día de la galerna de Junio? Pues como todo el mundo bajó al puerto para ver llegar los barcos, también me acerqué y ví entrar a Ramón. Mientras amarraba me fijé en los churretes que le surcaban la cara y no eran de agua. Estoy seguro de que lloraba y ¡mira que es grande Ramón! Y fuerte; nadie más fuerte en todo el pueblo que Ramón, que recoge las estachas él solito y es capaz de adujarlas perfectamente. Yo lo he visto.
----- Mira hijo, los marineros no lloran nunca. A veces, cuando están muy lejos y solos, allá frente a la costa de Vizcaya, piensan en su casa, los hijos, el fuego en el hogar, la trébede temblequeante del hervor de la marmita posada encima. En esos ratos, que normalmente son ratos perdidos, suelen echar el agua salada que ha ido empapándoles de todas las tormentas. La echan por todo el cuerpo, como si sudasen y, claro, por supuesto también la echan por los ojos. No te en engañes, Juanín, un marino nunca llora. Si alguna vez te pasa, verás que lo que sale de los ojos es agua salada y no lágrimas.
----- Pero abuelo, abuelo, cuando la madre me zurra y no me queda más remedio que llorar para que pare, las lágrimas también me salen saladas, así que. . .
----- Mira que eres burro Juanín, ¡pues no va a salirte saladas! Tu abuelo ha pasado tantas tormentas, ha recogido tanta agua de mar en su cuerpo y en su alma que él solo no puede echarla toda, y mira que ahora tengo tiempo para perder.
----- No sé, abuelo. . . ¿Y mi padre? ¿Por qué mi padre no te ayuda a sacar el agua de dentro?
----- Mira, hijo, no me tires de la lengua, no me tires de la lengua. Tu padre no es malo, no. Es trabajador, eso sí. Y decente y noble, eso también, que es hijo mío. Sólo tiene una pega y es que no le gusta la mar. No es malo, ya digo, tu padre es buena gente pero. . . No le gusta la mar, y eso no se lo puedo perdonar. Ahí, en esa fábrica que huele a pescado viejo, ahí se quema las pestañas todos los días. Siempre pendiente del jefe ese que tanto menciona. Siempre sabiendo a la hora que se levanta y a la que se acuesta. Pero ¡si ni siquiera sabe cómo está la marea! ¿Cómo crees tú que le voy a dejar mi agua a él? De eso nada. Si quiere agua de la mar, que vaya a por ella.
----- Entonces, abuelo ¿toda tu agua será para mí?
----- Claro, hijo, claro que sí. Cada gota de mar que llevo por dentro y por fuera, cada ráfaga de viento que un día me acarició la cara, cada milla que navegué en nuestro barco, cada pez que se enganchó en mi aparejo para ser fuerza de nuestra vida, todo ello, y el barco, es tuyo.
Te voy a contar un caso cierto. La gente de tierra te dirá que son historias de marineros locos pero tú, ni caso, te doy mi palabra de honor de que es cierto y yo lo he vivido:
Hace ya muchos años, cuando yo era joven y tu abuela era una mocetona guapa y lozana, salí un día con la marea de la noche en dirección a un puerto grande de un pueblo que se llama Bermeo. Ya entonces había en aquel pueblo varias fábricas de harina, como las de aquí, y su lonja era un buen lugar para vender el pescado. La mar estaba hermosa, y el viento me llevaba en volandas saltando entre los borreguillos que formaban las crestas del ligero oleaje. Rumbo 66º, 9 millas hasta Los Josefes, luego al 93º otras 21 millas hasta Machichaco, un paseo largo. Ya estaba mediada la tarde cuando avisté tierra. No me había desviado mucho ya que distinguía perfectamente la isla de Ízaro, casi en la bocana de Bermeo, y la de otro pueblo próximo que creo recordar se llama Baquio, sólo habría de volver un poco al Oeste y estaría en el sitio. Cuando se llega de la mar, entre estas dos entradas que se adivinan en el perfil de tierra, profundamente divididas por el imponente cabo, a su Oeste, a poco más de una milla, aunque escondida tras la isla de Aquechese, se distingue claramente una roca escarpada que parece desafiar a todos los mares del mundo. Arriba, en su parte más alta, hay construida una pequeña ermita y, según dicen, en ella, todos los santos, lámparas y figuras, están hechas con trozo de madera rescatados de naufragios. Abajo, una base circular, firme, de roca dura con dos arcadas en el este, por las que pasa, siempre seria, la mar, y un alto puente de piedra que une todo ello a tierra firme.
Yo había oído contar historias de esta peña que se llama Gaztelugache y de su ermita que se llama San Juan. Todos los marineros de aquí, tarde o temprano hemos ido alguna vez hasta San Juan de Gaztelugache, que por este nombre se conoce el sitio, como si de alguna forma nos atrajese un mundo que, aunque cercano, siempre parece estar en la otra orilla. Contaban los viejos que algunas noches, mientras pescaban buenas merluzas que se crían en aquella costa, entre la neblina, se oían como cánticos de monjes que parecían venir del lugar en el que debía encontrarse la ermita. Cuando los monjes cantaban, se podía pescar toda la noche tranquilo. Ni la mar ni el viento impedirían, en estas ocasiones, al marino volver a puerto. Por el contrario, si entre los cánticos se oía tañer una campana, los monjes avisaban peligro cierto y, como hombre temeroso de Dios, habías de dar las velas al viento, dejar la pesca buena o mala de inmediato y poner rumbo a puerto. De no hacerlo así, de nada valdrían los desvelos de San Juan y su séquito. Ni barco ni hombre volverían jamás a casa.
Como te cuento, había llegado a media tarde y había fondeado frente a San Juan de Gaztelugache. Al caer la noche ya había pescado las mejores diez merluzas que se pescaron nunca; todas ellas de buen tamaño, negras y brillantes como sólo en aquellas aguas se encuentran. Era la marea perfecta, ese día con el que todos los pescadores soñamos. Di tres aparejos más y, en menos de dos horas, había cogido otra media docena de ejemplares, aún más hermosos que los anteriores. En estas estaba, entretenido y pensando en los buenos dineros que sacaría en la lonja del pueblo de una pesca tan especial, cuando creí oír un sonido metálico que flotaba en el viento. En un principio pensé que se había soltado algún grillete y golpeaba contra un obenque. Nada. Drizas, escotas, aparejos, todo estaba en su sitio. Pasados unos minutos, y ahora claramente, oí el inconfundible tañer de una campana.
Ya sabes, hijo, que yo no soy muy amigo de cuentos de vieja ni mamarrachadas de esa índole pero, de repente, recordé las antiguas leyendas. La mar estaba en calma, venía una ola de fondo levísima que llegaba desde muy lejos. El viento se reducía a una ligera brisa de no más de cinco o seis nudos.
¡Paparruchas! Me dije, y seguí pescando. Una hora más tarde, ninguno de los aparejos había hecho nuevas presas y maldije mi mala suerte. Si no me hubiese entretenido con tonterías, podría haber sacado por lo menos otros tres o cuatro pescados, aprovechando la hora en la que picaban.
De repente, entre mis improperios, pronunciados en voz alta como acostumbran los marineros que pescan solos, de nuevo y más claro aún que antes, me llegó el sonido agudo, metálico y apresurado de una campana. Sonaba deprisa, como si alguien la tocase frenéticamente avisando de un peligro inminente.
Me asusté, hijo, me asusté y comencé a recoger los aparejos lo más rápido que pude. Los arrojé en el plan de la bañera y, tras cobrar el fondeo, icé la mayor. Acuartelando el foque para virar rápidamente, puse proa a mar abierto, rumbo a casa, y me alejé lo antes posible de aquel lugar.
Al amanecer del siguiente día, ya estaba a la vista de tierra. Tras orientarme, arrumbando al faro del Caballo, navegué, ya tranquilo, considerándome en casa. Dos horas más tarde, entré a puerto, amarré en el mismo fondeo que aún utilizamos y, sin recoger los aparejos, me limité a cargar la caja del pescado para subirla hasta casa.
No sé, Juanín, si la campana de San Juan me salvó de algo o sólo fueron imaginaciones de un joven marino. Nunca más la he vuelto a oír pero siempre he sentido que aquel día, una sombra negra acompañaba a mi barco. Una sombra que sólo quedó atrás cuando fue espantada por el destello de la luz del faro. Tú, si alguna vez oyes la campana, zarpa sin tardanza y dirígete a puerto. Correrías el riesgo por el hombre, pero le debes un respeto al barco. Y recuerda hijo, el mayor peligro en la mar viene de tierra. Si todo se pone contar ti, intenta llegar a puerto. Si no estás seguro de tener tiempo, no lo dudes más, no escuchaste con la debida atención la canción de la mar y el viento, ahora sólo queda dejar tierra por la popa, lo más lejos posible. Tu querencia natural de hombre, te dirá que vayas a tierra, que allí estarás seguro. En ese momento ha de salir el marinero que, aunque hombre al fin, está hecho de otro barro. Puede que tú no aguantes el temporal pero tienes el barco, él aguantará siempre mucho más de lo que tu supones. No es fácil que la mar lo doblegue, tal vez sólo puedan vencerlo la tierra y tu mismo.
----- Gracias abuelo, prometo no olvidarlo.

----Al pasar la bocana, con los ojos secos, las manos agrietadas y el alma rota, Juan no es capaz de levantar la mirada. Más por costumbre que por otra causa, traspasa la barra que en ese amanecer permanece silenciosa y tranquila. Con el leve sonido, casi inaudible, de las tranquilas aguas del puerto sobre la poca banda que queda a flote; sin más compañía ahora que su barco, definitivamente muerto, se abarloa al dique; cobra el cabo que lanzó a popa y suelta el cubo. Imposibilitado, por naturaleza propia, para obviar alguna de sus costumbres, suelta la amarra del bichero y se lo echa al hombro.
----Con el gorro calado hasta los ojos, el bichero al hombro y el cubo en la mano izquierda, saltó a tierra. Sin mirar atrás, se aleja por el viejo muelle.
----No levantó tampoco ahora la mirada, ni era necesario. Ese tramo de tierra firme no le era extraño en absoluto, al fin y al cabo, era el camino de su vida. Podía navegarlo con los ojos cerrados, guiado por la querencia natural de todo marino que, a modo de sagrario y alumbrado con reverente llama perpetua, conserva en lo más profundo de su corazón las coordenadas de su hogar en tierra.
----Jamás cerraba la puerta con llave, lo contrario hubiese sido un insulto para los vecinos. Se limitó a bajar la manija y empujar ligeramente. Pasó al interior, oscuro y frío y cerró tras de sí la puerta, sin el más leve ruido. Sólo en el último instante se permitió lanzar una fugaz mirada a la alborada que llegaba, alta por Buciero, mientras, por la parte de la mar, se deslizaba flotando desde el Este para abrazar la tierra un nuevo día. No miró abajo, ni por un segundo derivó su mirada al muelle. Cerró la puerta, dejando fuera la seguridad de que nunca más volvería a ver su barco. Nunca más volvería a ser parte de un barco. Nunca más volvería a salir a la mar. La Madre le había hecho el mayor de los desprecios: como cruel castigo a su atrevimiento, ni siquiera quiso acogerlo en su seno. Aún ahondó más en su herida, permitiendo que volviera a casa solo, con su barco muerto. Hasta en esto le traicionó: ¡un barco hundido en el puerto! ¡Qué terrible vergüenza, hundido a un palmo de la costa como un vulgar bote de turistas! ¡Con la popa desnuda al sol!.

Charli, 6 de Marzo de 2005.

7 comentarios:

Pandora dijo...

Que no nos tiente Charli, que nos ponemos todos a pedirle a Julia que nos publique entradas largas... Jejeje. Me ha gustado mucho, no pienso ni siquiera que sea larga, creo que Charli le ha dado el punto justo que necesitaba la historia. Enhorabuena!!
Y gracias a Julia por compartirlo con todos.

charli dijo...

Querida Julia: nunca te querré lo suficiente JAJAJAJA.
Muchas gracias por publicarlo, y muchas gracias por tu mensaje de anoche. Ya sé que no he tenido ni siquiera el detalle de llamarte hoy para agradecértelo personalmente pero, ya sabes, soy así de . . . no sé qué.
Gracias de nuevo ¿me dejas darte un besete aún? Bueno te lo doy y tu haces con él lo que quieras.


Gracias a tí también Pandora por leerlo. A mí me gusta mucho más la primera parte que, por cierto, era muchísimo más corta.

Julia dijo...

De nada Pandora, compartirlo ha sido un placer y el que Charli me hiciera ese regalo un orgullo, ya que como he dicho en otras ocasiones, de él aprendo prosa y de Paco aprendo poesía, en definitiva que soy una afortunada por tener dos maestros.
Un saludo.

Julia.

Julia dijo...

¿Así que nunca me querrás lo suficiente?... Pues estamos apañados... ¡Ya lo estás intentando a tope!, jajajajaja.
Querido Charli, en todo caso las gracias te las tengo que dar yo a ti por tu escrito y..., bueno, ya sé que eres así de... no sé qué, como tú bien has dicho, y no me respondiste, por lo que me tuve que poner el traje de buzo y sumergirme en las profundidades de Ababolia hasta que di con la fecha... (esa no te la perdono en tropecientos momentos que, dicho sea de paso, ya casi han pasado), jajajaja.
Pues nada, ya que te empeñas en darme un besete, lo aceptaré, porque si no, ¡pobre besete!, pululando por ahí sin saber que hacer...
Un beso amigo mío y no dudes cuando quieras que publique algo por ti, porque sabes que esta es y será siempre tu casa.

Julia.

Julia dijo...

Este segundo comentario es para tu escrito.
No voy a decir cual de los dos me ha gustado más, si el primero, más breve o éste, porque creo que, aun siendo la misma historia es como si, el paso del tiempo arrancara un poco más de piel, un trocito más de alma.
Seguro que me equivoco, como casi siempre que te comento, pero ya sabes, me encanta arriesgarme a equivocarme al comentar.
Me ha gustado cualquiera de ellas pero hay algo que ambas han conseguido y es que, a medida que voy leyendo, me voy metiendo más en la piel de Juan y sin poder evitarlo, su lectura me vuelve a erizar el bello.
Gracias querido amigo y espero no equivocarme al decir que muchas veces, tu forma de tomarte las cosas a broma, (como en el correo), es una forma de envolver lo que sientes.
Un beso.

Julia.

charli dijo...

Sobre mi "maestría" ni siquiera voy a decir nada; bueno sí: decía Richard Bach en su libro "Ilusiones", entre otras muchas cosas interesantes ". . . siempre enseñamos mejor lo que más necesitamos aprender". Bajo esa premisa, seguramente seré el maestro por excelencia.
Respecto al comentario del escrito, no estoy seguro de que te refieras, realmente, a su primera parte, tal ves lo hagas a su primera versión, más corta que la actual. En esta ocasión ME voy a regalar mandarte aquella primera parte para que TU me regales su publicación en esta casa, si te parece. Juan regresaba por la mar pero había salido embarcado en una complicada alegoría de acciones indebidas, a lomos de un amor perdido, tras dejar un corazón entre dos aguas, flotando en uno de los ojos de mar que forma el peñón de San Juan de Gaztelugatze. Si eres capaz de hilvanar los cuatro escritos que forman la idea completa, te habrás ganado. . . . . UNA CHOCHONAAAAAAAAAAAAA
Perdón por la vulgaridad pero no lo he podido evitar.
Un besote, amiga, todos sabemos que no los damos porque nos sobran, sino tal vez porque nos falten.

Julia dijo...

Vale, yo tampoco voy a decir nada sobre tu “maestría”, al menos a ti, aquí y ahora...
Pero yo si voy a decir es que he aprendido mucho tanto de ti como de Paco, aunque..., ni por asomo pretendo parecerme a ninguno... (escribiendo, se entiende, jajajaja).
Hablaba de “Juan el Regreso” que publicaste en su día en Ababolia y que, por supuesto, era bastante menos extensa que la que he publicado aquí.
No sé..., no sé..., eso de que te regales para que yo también te regale... y para colmo lo que yo obtengo es UNA CHOCHONA, que ya ni en las ferias las regalan, jajajajajaja, tendrás que buscar algo más jugoso y que me motive un poquito más.
Venga, en serio, que estás en tu casa para publicar lo que quieras.
Amigo Charli, por supuesto que los besos nunca sobran además, pienso que crean adicción en el corazón, así que para nada me importan darlos ni que me los den.
Un beso.

Julia.