viernes, 12 de diciembre de 2008

De quimeras y despertares

Como cada noche se dejaba ir y así soñar que poseía un sueño.
Desnudaba el alma y le dejaba caminar, descalza, sobre un sendero de mullida hierba, sobre un camino de afilados guijarros.
Se sentaba en el filo de un desvarío y dejaba que las hojas, que revoloteaban a su alrededor, se posaran sobre ella acariciando y abrigando su desnudez.
Contemplando el infinito, abría los brazos para que la brisa se meciera en ellos, mientras que el rumor de un lejano y tranquilo mar le susurraba dulcemente antes de romper, impetuoso, contra los acantilados.
El alma, su alma, se dejaba envolver por el misterio, al mismo tiempo que la luz de la luna creaba para ella una alfombra de seda donde reposar mientras espera el beso de la noche y el estallido en sus entrañas del fulgor de mil estrellas.
Todo era irrealmente real.
Todo era una verdadera fantasía.
Todo era...
Pero, también, todo tenía un final. Y aquella ilusión, aquella quimera, se convertía en cenizas en la hoguera del despertar.

Julia.

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