Recuerdo que cuando yo era una niña y de eso hace ya más o menos una eternidad, mi madre compraba en una tienda de ultramarinos que se encontraba a dos portales de mi casa.
Digo a dos portales de mi casa porque la citada tienda ocupaba la planta baja de dos viviendas del vecindario.
No tenía más escaparate que las ventanas de lo que en su día fuera una casa y por casi ninguna se podía ver el interior ya que siempre estaban a rebosar de mercancía.
Allí se podía comprar de todo, desde patatas, aceite y fruta hasta embutido, piñas, botones y colonia.
Cuando no tenía colegio acompañaba a mi madre a comprar a la tienda del Sr. Benito, que se llamaba así porque así se llamaba el dueño.
Un día en que iba con mi madre y a través de la única ventana que tenía un pequeño escaparate y que daba a la pequeña parte destinada a mecería vi un perrito hecho de tela. Era de color canela y no muy grande. Los ojos eran dos botones negros cosidos al igual que la lengua que era de color rojo.
Seguramente no era el perro de trapo mejor del mundo pero a mí, en aquel momento me pareció el más bonito.
Mientras mi madre compraba en la tienda yo me metí a la pequeña mercería que siempre estaba a oscuras salvo cuando alguien quería comprar alguna cosa y allí me quedé mirando a “mi perrito”.
Cuando salimos se lo enseñé a mi madre y le dije lo mucho que me gustaría tenerlo.Se extrañó mucho porque yo nunca pedía ningún juguete. Se quedó mirando al perro y me dijo:
“Si cariño, es muy bonito pero ahora no vamos a comprarlo”.
Ni que decir tiene que en aquella época los regalos sólo se tenía en cumpleaños y en Reyes por lo que el soñar que me regalarían ese perrito en Agosto era poco menos que impensable.
Desde ese día y cada vez que pasaba por la ventana de la tienda miraba el perrito pensando que, en cualquier momento desaparecería de allí porque alguien lo habría comprado.
A finales de Octubre y mientras jugaba en la calle con los amigos vi que el perrito ya no estaba en la ventana y me entraron ganas de llorar pero luego pensé que lo tendría otra niña que también lo quería y que bueno, seguro que estaría mejor en una casa que detrás de ese cristal.
Pero el día de mi cumpleaños al abrir uno de los regalos...
¡Allí estaba mi perrito!.
No sabía que hacer, reía y lloraba a la vez de alegría.
No paraba de brincar y gritar:
“¡Mi perrito!, ¡mi perrito!... ¡Botones”.
Ese perrito fue cosido y recosido, lavado y relavado, hasta perdió uno de los botones que tenía por ojos y mi madre tuvo que poner botones nuevos y cuando por fin, el pobre ya no podía con más lavados y cosidos, se quedó en una de las cajas de juguetes porque me daba miedo que se rompiera definitivamente, cosa que, al final ocurrió.
Recordándolo años después con mi madre, ésta me contó que al día siguiente de que le comentara lo del perrito fue a la tienda del Sr. Benito y dejó señal para comprarlo y fue ahorrando hasta que, por fin lo compró para mi cumpleaños.
No sé muy bien porqué, hoy, he recordado a “Botones”. Quizá sí, sí lo sé, porque sin ser hoy ningún día especial le he comprado a mi hijo un pequeño detalle que le había gustado cuando lo vio y es que..., estos son tiempos distintos a cuando yo era pequeña.
Julia.