La primera Navidad que recuerdo con detalle, resultó para mí algo inolvidable. Ahora pienso en ella como en algo cálido, con mucho amor.
Mi casa era muy pequeña, la vida prácticamente se hacía en la cocina. Allí se comía, se cosía, se leía, se jugaba a las cartas, en fin, era el salón de ahora.
Como ya he dicho, mi casa era tan pequeña que en estas fechas sólo se podía poner un pequeño, un diminuto Misterio, pero ese año, mi padre nos dio una sorpresa a todos.
Trabajaba enfrente de casa, en una gasolinera, y un amigo suyo camionero que transportaba pinos, le regaló uno muy pequeño, un pimpollo de pino precioso.
No sabía para qué le podría servir ese pequeño pino y su amigo le dijo:
-En las grandes ciudades, se ponen estos árboles como adorno de Navidad junto con los Nacimientos. Verás como le gusta a tu familia-.
Llegó a casa muy ilusionado al terminar el trabajo con su pequeño pino. A todos les gustó la idea, aunque al principio yo no lo entendí muy bien. Al día siguiente, mi madre hizo unos lazos con cintas y compró unos cacharritos de madera (cazuelas, sartenes, una caperucita, etc.) que vendían en los puestos callejeros. También hizo una estrella de cartón que forró con papel de plata. Ni que decir tiene que el árbol no tenía luces.
Pusimos el pequeño pino en un tiesto y lo adornamos entre todos, debajo del árbol colocamos el Misterio de todos los años.
Todos mis amigos fueron a casa para ver ese adorno tan bonito y nuevo que habíamos puesto y, por supuesto, a todos les encantó.
La noche de Nochebuena, después de cenar en familia, mis padres y mi tía se dispusieron a jugar al parchís conmigo y luego pensaban, como todos los años, jugar a las cartas. En ese momento llamaron a la puerta.
Eran unos vecinos que, al terminar de cenar, pensaron en visitarnos y ver el árbol adornado, trajeron golosinas y bebida, pero no fueron los únicos, en poco tiempo la cocina de mi casa se llenó de vecinos y amigos, todos habían traído algo para pasar un rato agradable juntos.
Empezaron las bromas, los juegos y los chistes. De pronto una vecina, que al parecer era muy religiosa, al acercarse la media noche, dijo que salía un momento. Todos pensaron que querría ir a la “Misa del Gallo”, pero no fue así.
Volvió enseguida con unas velas, de las que se ponían en las iglesias, cortadas en trocitos. Nos dio uno a cada niño y mi padre las encendió, apagó la luz y aquella cocina se llenó de luz de velas y de villancicos, “La Marimorena”, “Arre Borriquito” “Los Peces en el Río” “Rin Rin” y tantos y tantos otros villancicos de siempre acompañados por palmas, panderetas y el sonido de la botella de anís rascada con la cuchara...
Aquella pequeña cocina, esa Noche, parecía inmensa, llena de felicidad y armonía.
Creo que esa Nochebuena de hace muchos años, es una de las más hermosas que recuerdo. No la olvidaré mientras viva, aunque ya no estén mis padres para recordarla con ellos, como hicimos durante años después de la cena.
Amigos... FELIZ NOCHEBUENA.
Julia, Abrecartas 24 de Diciembre de 2002.