sábado, 31 de enero de 2009

La Luna Oscura - (Escrito por Charli)

Me encanta regalar pero, a la vez, me encanta recibir regalos de mis amigos.
Hace unos días y con relación a mi entrada "Vuelve", mi querido y buen amigo Charli me ha obsequiado con este escrito, escrito que, transcribo según sus deseos sin ninguna modificación de nombres o situaciones.
Muchas gracias Charli por obsequiarme con algo tan especial y tan hermoso.


LA LUNA OSCURA

___Frente a la ventana, poco a poco oscurecida en la tarde, con el pensamiento perdido en algún vacío de ninguna parte, Julia acurrucó, aún más su cuerpo.
___Desde el frío que había ido apoderándose de ella, también poco a poco como el anochecer, sintió de repente su propia ausencia y se buscó, como tantas otras veces en El Reflejo. Levantó la mirada lentamente, la mirada que volvía desde un infinito inconcreto en el que ni siquiera era consciente de haber estado. Intentó despertar y sólo consiguió ese despertar lento, suave y triste de un sueño que, también indefinido, le ha dejado ese aura, lastrada de luz plomiza, que en este instante se arrastra tras la mirada que pretende llegar a la altura transparente del cristal.
___También el esfuerzo se presenta etéreo. Lo siente en un sin sentir absurdo e incongruente, como en un una sucesión de pseudo estímulos en estado de cámara lenta, que llegan pero no entran, que se perciben pero no se sienten.
___El mundo entero se ha reducido a casi nada. Apenas un pequeño cúmulo de sentidos adormecidos, envueltos en una casi imperceptible e infinitamente pequeña esfera de semioscuridad, cuya circunferencia casi llega a tocar el pelo y la punta de los dedos de los pies, ahora desnudos y recogidos bajo el cuerpo que, indefenso y solitario, flota en el igualmente infinito centro de la esfera.
___La ventana ha despertado finalmente a la oscuridad completa y los ojos siguen paseando la mirada por el cuadrado líquido que, también lleno de infinitud invisible, ni siquiera le devuelve el más leve rayo de luz. Sólo busca un pequeño destello de algo que ilumine, de algo que caldee el alma y el cuerpo pero, sobre todo, de algo que acompañe ese momento, permitiéndole la presencia de un elemento tangible y físico al que agarrarse para frenar el vértigo que siente llegar desde lejos.
___Otro sentido despierta lentamente y ya escucha el sonido del viento entre las agujas del árbol. Un sonido que asusta y amenaza por momentos, convirtiéndose sin previo aviso en compañero tranquilo y suave que, tal vez, hasta sea capaz de disipar el envoltorio, llevándose con él la esfera, permitiendo así que ella pueda salir del oscuro embrujo.
___El árbol baila, frenético y húmedo, al exacerbado son que sopla en su música el viento. A veces, se detiene un segundo y comienza otro baile, lento y sinuoso, traidor como el mecerse de una cobra, para explotar nuevamente con una violenta sacudida, otra vez al son de una oscura ráfaga de viento frío.
___La mirada se desvía, a izquierda y derecha, arriba y abajo, esquivado los múltiples e imprevisibles vaivenes del abeto, en un intento de encontrar la luz blanca y su calma. Sólo encuentra, en cada horizonte y en todos los rumbos, una nube más de oscuridad y viento frío que va dando rápidamente opacidad a la esfera que la sigue envolviendo.

___Los ojos caen, cansados, y la mirada se posa resignadamente en la punta de los dedos de esos pies ajenos que están lejos, muy lejos, perdidos en el infinito de la esfera.

___Allá, donde el rayo verde suena, donde la realidad y los sueños se arropan al abrigo nebuloso de la inconsciencia, en el lugar en el que podemos tomar un baño alegre de amor perdido. Allá, donde la paz resulta cuadrada, con aristas y ángulos, que siendo exactamente igual de agudos que de obtusos, en su constante y alegre suma de ciento ochenta grados por banda que, sumadas a su vez, conforman innumerables esferas perfectas que, también estas y definitivamente, van cerrándose en sus trescientos sesenta grados, en demostración casi divina de la buscada cuadratura del círculo, creciendo y creciendo sin parar hasta romper en mil millones de pedazos la puta esfera oscura que, avergonzada de su insignificancia, muere atravesada por aquel primer rayo de luna que surge, imparable, del fastuoso Big Bang primigenio que está naciendo de ella misma.
___Julia sonríe, cansada, pero sonríe.

Charli, 29 de Enero de 2009.

lunes, 26 de enero de 2009

Vuelve

Desde hace muchos años, siempre que algo trastoca mi interior, mi alma, recurro a mi mejor amiga.
Me siento en “ese sillón”. Me hago un ovillo subiendo los pies en él y, abrazando mis rodillas, miro por la ventana, lejos, muy lejos, mucho más allá del enorme abeto... Tan lejos, que llego hasta lo más profundo de mí.
Entonces le cuento sin palabras lo que me ocurre y, ella, siempre me escuchaba mientras miraba dentro de mi corazón.
Nunca me interrumpía, esperaba pacientemente a que terminara mi perorata, a que diera vía libre a todo aquello que necesito contar.
Permanecía callada durante unos instantes o, mejor dicho, durante todos los instantes precisos para asimilar lo no oído pero sí escuchado y entonces me aconsejaba.
Sus consejos nunca tenían palabras porque, sus consejos me llegaban a través de mis sentimientos.
Siempre fue fiel, siempre justa, siempre acertada, siempre tolerante pero, desde hace un tiempo está distante, lejana.
Intento acercarme a ella y no consigo ver su rostro amable, sereno, atento a lo que no digo, presiento que he perdido esa conexión que, como un cordón umbilical, me unía a ella.
Está esquiva y, lo único que descubro en mi interior es su sentimiento de: ¡Tú lo sabes!. ¿Porqué me preguntas?. ¿Acaso crees que voy a poder sentir por ti lo contrario a lo que tú misma sientes?.
Y se aleja... y me deja frente a ese abeto que ahora, con el viento, parece regañarme enfurecido.
Tal vez sea porque no lo estoy haciendo bien.
Tal vez sea porque con ese pequeño problema en la pierna no pueda subir los pies a “ese sillón”, no pueda hacerme un ovillo y no sea capaz de abrazar mis rodillas.
Tal vez sea... porque un cúmulo de sucesos me hayan adormecido.
No lo sé, tal vez sea yo la que, de alguna forma, no desee escuchar pero...
Quiero que vuelvas, quiero sentirte de nuevo, que me escuches sin palabras, que estés a mi lado.
Vieja amiga, compañera, consejera... ¡Vuelve!.

Julia.

jueves, 22 de enero de 2009

Desahucio

Llevo unos días recogiendo y empaquetando cosas.
De nuevo nos desahucian de la casa, bueno, no es que fuera una maravilla porque, desde siempre, ha estado un poco en ruinas pero, la consideraba como mi segunda casa... (Una pobre sustituta de ese lugar tan entrañable del que, sin previo aviso, nos echaron).
He necesitado tropecientas cajas de cartón para poder empaquetar todo y, según iba guardando, iba leyendo y releyendo...
Me he dado cuenta que muchas de las cosas que he escrito no las cambiaría en absoluto, en cambio, otras, desearía no haberlas tenido que escribir nunca.
He guardado con sumo cuidado las respuestas, respuestas que pasado un tiempo me han sacudido y emocionado de manera distinta.
Según iba recogiendo y empaquetando me he dado cuenta de la cantidad de pequeños, o grandes, sentimientos que se pueden llegar a acumular dentro de una casa en ruinas, pero cuado llega ese desahucio, los que realmente hemos estado viviendo o, sobreviviendo allí, sentimos tristeza, una tristeza incapaz de expresarse con palabras.
Hay que recoger los sentimientos. Hay que recoger lo que algunas veces se ha sentido que, inútilmente, se ha ido sembrando poco a poco y que es algo tan propio, tan pequeño, tan solitario que podría pensarse que en muy poco espacio se guardaría.
Pero no, son cuatro años de sentimientos y eso es mucha carga, tal vez sentimental, como para dejarla olvidada.
Sé que soy una tonta, porque siento que es sólo a mí a la que le importa este obligado desahucio pero... ¿Sabéis una cosa?... De esta forma, no me importa ser una Tonta.
Ya he terminado de empaquetar, todo está listo para que nos pongan las maletas en la calle pero, en el fondo, sé que mi desván es grande y en él tienen cabida todas estas cajas y muchas más.
Me gustaría no tener que decirte adiós, mi pequeña, vacía y ruinosa Casa-Abrecartas pero... se me acabaron los tablones para apuntalar.

Julia.

lunes, 19 de enero de 2009

Perdida

He estado perdida un tiempo.
No sé exactamente si he sido yo la que se me ha perdido o han sido estas dichosas fechas que, unas veces nos envuelven de ilusión y otras nos trastocan la vida, pero, sea lo que sea, me he sentido así, perdida.
En esos días se descorchan miles de botellas de recuerdos y se beben litros y litros del pasado y luego, ebrios de nostalgia, reímos y fingimos hasta la saciedad para, más tarde, sentir como nos sacude con tanta fuerza esa resaca que nos acerca al borde del precipicio.
Me sentía incapaz de escribir, de responder a los comentarios, de comentar y, llegó un momento, en el que me sentía incluso incapaz de regresar.
Escuché una y otra vez el tintineo de los cascabeles en hatillo del buhonero mientras se aproximaba a la puerta del refugio.
En mi interior sentía que miraba por la ventana y que su rostro se ensombrecía al ver la chimenea a punto de apagarse, el abandono, la soledad y sabía que podía cumplir la amenaza de guardar de nuevo en su hatillo todo aquello que una vez me regaló con su magia y que hizo que, este pequeño refugio, abriera sus puertas.
A pesar de todo, no podía acudir a su llamada, porque algo me impedía volver. La desgana, la apatía, una angustiosa sensación de vacío, el desorden reinante en mi cabeza...
De pronto, algo hizo que nuevamente sintiera deseos de moverme por la casa, por la de mis queridos amigos y vecinos y leer, leer y leer y despertar de nuevo a eso que solemos llamar normalidad corchando, una vez más, las botellas de recuerdos y guardándolas con sumo cuidado y cariño en la bodega del alma.
Por eso hoy, por fin, decido acercarme despacito, empujar la puerta y atizar de nuevo el fuego de la mortecina chimenea.
Julia.

lunes, 5 de enero de 2009

Compras de Reyes

Por fin había terminado las últimas compras de Reyes. Era tarde, la temperatura estaba bajo cero, iba cargada de bolsas repletas de paquetes, tenía frío y le dolían los pies, pero a pesar de todo, Celia se encontraba feliz, había conseguido comprar todo lo que quería y ahora se dirigía a una cafetería próxima para darse un descanso tomando un café bien caliente.
Entró y, a pesar de las fechas, enseguida encontró una mesa libre. Se quitó los guantes, el abrigo y se sentó. De inmediato llegó el camarero, pidió un café con leche y se dispuso a comprobar los resguardos de las compras.
Había gastado bastante más de lo que tenía pensado. El regalo de su marido resultó ser muy caro, pero ella sabía cuanto deseaba él ese "pequeño capricho", así que no le importó el precio.
Cuando llegó el camarero con la consumición, pagó la cuenta en el acto. Así, pensó, podría marcharse sin tener que estar pendiente de que vinieran a cobrar.
El café estaba delicioso. Con el primer sorbo se sintió reconfortada. Le gustaba esa cafetería por el buen café que servían y por que había un ambiente cálido y confortable.
Cogió una de las bolsas y sacó de ella un pequeño paquete. Era el regalo que se había hecho a sí misma por haber conseguido comprar en una sola tarde todo lo que faltaba. El regalo consistía en un libro que había estado buscando desde hacia tiempo y que, por fin, consiguió encontrar en esa pequeña tienda de compraventa de libros.
Había desenvuelto el libro y se disponía a hojearlo cuando tuvo una sensación extraña. Notó como si alguien la estuviera mirando fijamente.
Levantó la cabeza y recorrió con la mirada el local. Al mirar hacia la barra, se quedó helada. ¡No podía ser!. ¡No estaba en la ciudad!, pero se equivocaba, estaba. Su peor pesadilla se encontraba frente a ella, con esa mirada burlona y sonriéndole con descaro. Al encontrarse sus miradas, él hizo un ademán de saludo con la cabeza al mismo tiempo que levantaba el vaso y su sonrisa se hizo más expresiva.
Celia era incapaz de reaccionar, por poco se le cae el libro de las manos, ¡Dios!, pensó, ¡que no se acerque!. Con gran esfuerzo consiguió que su cara no cambiara de expresión, moviendo a su vez la cabeza en forma de saludo.
Intentó concentrarse nuevamente en el libro. Pasó una y otra vez la vista por las hojas, pero no era capaz de leer ni una sola de las palabras que contenía.
Su primer pensamiento fue el de terminar el café rápidamente, recoger los paquetes y marcharse de allí en ese mismo instante. Pero gracias a su fuerza de voluntad, respiró profundamente y se dijo, ¡No!, tómate tranquila el café. Disfruta de él. Descansa. No eres tú, precisamente, quien tiene que irse. No tienes porque huir, no hay nada que debas reprocharte, así que, con el mayor aplomo del que pudo hacer acopio, siguió sentada pasando la mirada por el libro.
¡Buenas tardes Celia!. Al oír esas palabras Celia sintió cómo si se abriera la tierra bajo sus pies, pero demostrando una serenidad que estaba muy lejos de sentir, levantó la cabeza y se enfrentó a su interlocutor.
Buenas tardes, ¿cuanto tiempo?, contestó sin saber que otra cosa decir.
Sí, mucho tiempo, contestó él, demasiado, casi dos años. He llegado hace unos días, ya sabes, por las fechas y puedo asegurarte que éste es el mejor de los encuentros que podría desear.
¡Gracias!, contestó escuetamente Celia.
¿Puedo sentarme?, preguntó él.
Verás, me marchaba en este mismo momento, se me ha hecho muy tarde y tengo muchas cosas que hacer aún, así que, si no te importa, prefiero que no lo hagas.
No has cambiado en nada, dijo sentándose sin hacer el menor caso de las palabras de Celia. Bueno, físicamente, tal vez un poco, pero creo que el cambio ha sido para mejorar, si me permites que lo diga. Pero tu genio, ese no ha cambiado en absoluto. Presiento que sigues teniendo un genio endiablado.
Celia se estaba enfureciendo por momentos. ¿Es qué había olvidado lo que hace años le dijo?. ¿Es qué no le importaba que sus últimas palabras hubieran sido, ¡déjame en paz!, ¡no quiero saber nada de ti nunca más!?. ¿Es qué no quería reconocer que entre los dos nunca habría nada, que ella era una mujer casada?. ¿Es qué en su vocabulario no existía la palabra fidelidad?.
Bien, dijo Celia levantándose, me alegro de haberte encontrado y ver que estás bien, pero tengo que marcharme ya.
Como quieras, dijo él, pero al menos déjame que te invite a lo que has tomado y que te acompañe hasta el coche, veo que llevas muchos paquetes.
No, no, gracias, contestó Celia levantando la voz sin darse cuenta. Ya he pagado y puedo sola con los paquetes. Los he traído sola hasta aquí, así que podré llevarlos hasta el coche sin ningún problema. Gracias, pero prefiero irme así, sola. Buenas tardes, dijo esbozando una sonrisa y extendiendo la mano en señal de despedida.
De acuerdo, contestó él sin perder ni la calma ni la sonrisa. ¿Nuevamente huyendo?. Tomó la mano de Celia, la cual retuvo entre las suyas más tiempo del que ella hubiera deseado y acercándose lentamente le dio un beso en la mejilla.
El corazón de Celia parecía que quería salirse del pecho. Tenía el pulso acelerado, pero demostrando su gran fuerza de voluntad, se puso el abrigo sin dejar que él la ayudara. Recogió todas las bolsas y con una sonrisa, le dijo: Bueno adiós, hasta otra, y salió del café pidiendo a Dios que las piernas no le fallasen, no tropezarse y salir airosa de esa situación.
Las bolsas que antes pesaban tanto, ahora las sentía ligeras. Sus pies parecían volar por las calles de la ciudad. Estaba deseando llegar al coche, allí se sentiría segura de nuevo.
Cuando llegó al aparcamiento donde había dejado el vehículo, respiró profundamente, pagó la tarifa correspondiente, y al llegar a él, metió las bolsas en el maletero, entró en el coche lo puso en marcha y aceleró para salir de allí lo más rápidamente posible.
Nada mas salir del aparcamiento, se fundió con el bullicio de la ciudad, las luces navideñas, los coches, los semáforos, los peatones que pasaban por cualquier sitio, sin mirar...
Pero ella quería salir de allí, de todo ese tumulto, necesitaba un poco de tranquilidad.
Al llegar a un lugar solitario, detuvo el coche y abrazada fuertemente al volante, se puso a llorar mientras pensaba en voz alta: ¿Por qué has tenido que volver?, ¿por qué?, ¿por qué?. ¿Es que no te das cuenta que cada vez que te veo lucho por ocultar mis sentimientos y tener que decir siempre que no?. ¿Es qué nunca vas a dejarme vivir en paz?...
¿Por qué?.

Julia, a 3 de Noviembre de 2003