martes, 28 de abril de 2009

Mi viejo y querido PC

El otro día y, sin mediar “palabra”, mi ordenador del trabajo decidió abandonarme.
¡No me reconocía!..., después de tantos y tantos años juntos, yo era para él una desconocida, había decidido perder mi maravilloso perfil, como si de una antigua fotografía se tratara.
¡Nooooo!.... Viejo, no puedes hacerme esto, le grité primero para más tarde hablarle bajito, susurrándole con mimo, casi, casi hasta acabé suplicándole.
Pero todo resultó inútil, me había abandonado y parecía que era para siempre. Había dejado a mi suerte el que pudieran perderse trabajos, información y contactos.
Le metía mucha caña, es cierto. Le daba tralla desde primera hora de la mañana hasta la hora de comer pero, él, siempre me había respondido fielmente, sin protestar.
Creo que llegó un momento en el que se fue sintiendo viejito y no tuvo el valor de avisarme. Lo hizo justo el día anterior en el que me dio la primera señal de alarma cuando le cerraba al terminar la jornada.
Tarde, demasiado tarde, pensé al intentar abrirle al día siguiente y no obtener ninguna respuesta. Seguro que nada se puede hacer pero, con el deseo, la esperanza de que pudiera haber una solución, hice la llamada de S.O.S.
Después de una lucha de varias mañanas, de cambios y modificaciones, de borrar, transferir y demás volvió conmigo, mejor dicho con un nuevo perfil mío, un tanto modificado, eso sí.
Tendré que acostumbrarme a su renovada imagen, a algunos de sus nuevos formatos pero, por suerte, se portó como un jabato y, prácticamente, no me perdió nada importante.
Creo que, de ahora en adelante, estaré un poco más atenta, le vigilaré más de cerca, de vez en cuando le tomaré la temperatura y comprobaré que no tenga atascos y, si los empieza a tener, pues nada, le daré un depurativo o laxante para PC y llamaré a su técnico.
Parece mentira que se pueda acabar cogiendo cierto cariño a una máquina que, en ocasiones te desespera y a la que le dices alguna que otra peste cuando te deja colgada pero, así es... Será una máquina pero son demasiadas horas juntas en las que hemos aguantado tantos y tantos buenos y malos momentos.

Julia.

lunes, 27 de abril de 2009

Frío

La casa está cálida, vuestras visitas, vuestras palabras hacen que sea así, cálida y confortable.
Vosotros atizáis las llamas y la leña crepita creando una melodía mágica para mis oídos mas...
¡Siento frío!.
Desde hace unos días siento frío incluso aquí, en este lugar creado para abrigar, proteger, refugiar...
Es por eso que hoy no estoy dentro del refugio. Me encuentro sentada en la puerta y, a pesar de que la temperatura no es agradable, prefiero seguir aquí, tal vez así, sintiendo como mi cuerpo se enfría más y más a cada momento sea capaz de lograr que mi interior parezca más cálido.
-Tienes las manos frías- parece que me susurra el viento.
-Sí, y los pies se le han quedado helados por salir descalza- le responde la tierra.
El atardecer parece querer convertirse en esa manta que me arrope hasta que llegue la noche y, de nuevo, me envuelva con su cálida oscuridad.
No soy capaz de escuchar los sonidos que, en otros momentos me arrullaban a través de la ventana abierta mientras sentada en el sillón dejaba volar mi espíritu.
Ahora escucho únicamente los broncos sonidos que se han acomodado dentro de mí sin la menor intención de alejarse.
Quisiera hablar con el buhonero. Contarle que el refugio necesita una remodelación. Que es necesario quitar algunos cuadros que han perdido sus vivos colores y cambiarlos por otros brillantes o, mejor aún, por espejos que sólo reflejen la luz. Pero el buhonero se encuentra lejos, muy lejos, porque no escucho el tintineo de sus cascabeles.
Quiero imaginar que se encuentra abriendo otros refugios donde la magia aún pueda sentirse.
Sí, hace frío pero yo, aún, necesito que haga más, mucho más, tal vez así, pueda sentir de nuevo calor en mi interior.

Julia.

miércoles, 8 de abril de 2009

La nostalgia del Refugio

A pesar del tiempo que hace que no entro en el refugio, no he olvidado el camino, ni los amigos, ni el calor de la chimenea.
Al abrir la puerta los goznes crujieron como si lanzaran un suspiro de desamparo.
Polvo sobre los muebles, cenizas en la chimenea y una mesa camilla pequeña, muy pequeña porque, como dijo el buhonero, la camilla se hace grande o pequeña con la compañía o el abandono.
Sacudo el cojín de mi sillón, me quedo mirando la apagada chimenea y pienso:
“Es triste, no tengo nada que escribir... ¿O sí lo tengo, pero no me siento capaz de hacerlo?”.
Sea lo que sea creo que es mejor dejarlo para otro momento en el que el ánimo se muestre más propicio.
Antes de salir, pasaré un poco el polvo acumulado durante estos días.
Quitaré la ceniza de la chimenea y meteré unos papeles, unas piñas, algún leño y esperaré a que las llamas se aviven y den nuevamente un poco su especial luz y calor a la habitación.
Una vez terminado saldré, como siempre, despacito, tornando la puerta con cuidado, sin cerrarla, para intentar regresar después estos días de descanso.
Amigos, buenas noches y hasta pronto.

Julia.