jueves, 11 de marzo de 2010

Recuerdos de la infancia - I

En ocasiones en las que la sobremesa se extiende más de lo habitual, siempre se termina recordando historias de tiempos atrás. Tanto mis hijos como sus parejas ya conocen casi todas las que recuerdo, pero les encanta volver a comentar esas historias que más les gustaron. Por ejemplo, la de los pololitos.

- Los Pololitos -

De niña, mi madre y la mami (una hermana de mi madre), eran muy mañosas y prácticamente me hacían toda la ropa.
Mi madre bordaba maravillosamente y era una artista con el punto de media. Me hacía jersey, chaquetas, gorros, bufandas, manoplas y hasta calcetines, mientras que la mami era la encargada de los vestidos y demás.
Recuerdo que una primavera me hicieron un vestido de color amarillo con unos preciosos bordados en un tono más claro. Recuerdo también lo mucho que me gustó cuando lo vi, pero el dichoso vestido tenía una pega enorme: llevaba unos pololitos a juego.
Yo había visto por la calle niñas vestidas así y no me gustaba nada. Ahora sé que lo que me parecía era que estaban ridículas, pero en aquel entonces sólo sabía que no me gustaba.
Pololitos: Una especie de pantalón ancho que se ponía encima de la ropa interior y debajo de las dichosas enaguas y del vestido y que llevaban unas gomas para ajustarlos a las piernas asomando por debajo del vestido los volantes que hacían al ajustarse.
Cuando intentaron probarme el vestido con los pololitos me empeñé en que yo no me ponía eso, que no me gustaba. Que no y que no, pero no había forma porque según ellas era lo que se llevaba y además iba a estar guapísima.
Como no había manera me puse a llorar como una desesperada y mi padre (que opinaba lo mismo que yo) empezó a decir que no me los pusieran, porque el vestido ya era precioso sin los dichosos pololitos.
Pero ya se sabe, donde hay patronas no manda ni capitán ni grumete y a la fuerza me tuve que probar los pololitos.
Una tarde íbamos a salir como se hacía entonces, a pasear los cuatro por las calles más céntricas de la ciudad. Allí te encontrabas con todo el mundo y claro, ese día estrenaría el vestido y como no, los dichosos pololitos.
De nada sirvió las llantinas que monté porque en aquel entonces te tenías que poner lo que te mandaban y ya. Eso sí, conseguí tener la cara más limpia del mundo porque a cada llantina le seguía un lavado de cara en condiciones.
Y así fue como salí a la calle sintiéndome fatal y tirando a cada momento para arriba de los pololitos y al poco tiempo, una de las dos tiraba para abajo de ellos para que se vieran.
Aquello en lugar de un paseo divertido se convirtió en un suplicio de sube y baja pololitos hasta que en una de las calles se encontraron con unos amigos y nos detuvimos a charlar.
Como en aquel entonces no había mucho peligro, me dejaron corretear, sin alejarme demasiado y ahí fue donde encontré la solución.
Me metí en uno de los portales y detrás de la puerta me quité los pololitos, los hice un rebujo y los escondí.
No es que fuera una niña traviesa, porque creo que no lo era, es que lo de los pololitos me superaba.
Salí como si nada hubiera pasado y cuando se despidieron de los amigos seguimos nuestro camino.
Al rato, no recuerdo bien si fue mi madre o la mami, se dio cuenta que no se veía el volante de los pololitos por lo que nos detuvimos para bajarlos de nuevo.
Pero… ¡No estaban!, los pololitos habían desaparecido.
Claro, ya comprenderéis que al enfado, le siguió un exhaustivo ataque a preguntas sobre donde estaban, que había hecho con ellos, como podía haberlos perdido. -Pero bueno, no es posible que no sepas nada de nada-, preguntaban. Y yo callada, no decía ni “mu”. Me encogía de hombros y repetía incesantemente: -No sé, no sé-
Recuerdo que mi padre que desde un principio estaba de mi parte terció diciendo:
-Si la niña no sabe, pues no sabe. A ver, ¿qué podéis hacer?, pues nada, disfrutemos del paseo y ya está. Además así está mucho más guapa.
Y cogiéndome de la mano se dispuso a seguir caminando. Creo que eso fue lo que me libro de una buena bronca.
Ni que decir tiene que cuando llegamos a casa después de un paseo con caras largas, el tema volvió a surgir. Que si donde están, que si parece mentira que me portara así, con lo que había costado la tela y hacer el vestido. Además, con lo guapa que estaba, que si patatín, que si patatán y yo en mis trece, callada. Estaba dispuesta a no decir nada de nada pasara lo que pasara
Bueno, no importa dijo entonces la mami, mañana saldré a comprar tela igual para hacerlos de nuevo.
Esa idea ni se me había ocurrido y el mero hecho de volver a tener pololitos me aterraba.
Por suerte ya no quedaba tela igual y, lógicamente, los pololitos no podían ser de otro color.
Y así fue como disfruté de un vestido precioso, diferente al de las demás niñas pero, sobre todo…
¡Sin pololitos!.

Julia.

lunes, 8 de marzo de 2010

Propósito de la enmienda

Me imagino que esta noche haré como hago todas las noches mientras me preparo para ir a la cama: Hacerme buenos propósitos para el día siguiente y sucesivos días, por ejemplo:
No hacerme la roncha cuando suena el despertador y dejar de ronronear y dar vueltas en la cama porque luego, pasa lo que pasa todas las mañanas, que tengo que hacer las cosas a una velocidad de vértigo y hoy, por ejemplo, casi ni me da tiempo de hacer la cama.
Tomarme las cosas con calma en el curro y no cabrearme por mucho que el personal se empeñe en “tocar las narices”. Si sigo así, cualquier día me va a salir una úlcera de estómago y no estoy por la labor.
Intentar comer menos, mejor dicho, picotear menos cosa que no puedo evitar cuando estoy triste, nerviosa o..., porque, no es que esté gordita, es que me apetece entrar en la ropa de primavera y verano del año pasado y, ya se sabe, lo de la “operación biquini” hay que iniciarla a la voz de ya, porque luego el tiempo vuela y, como siempre, me pilla el toro.
Hacer un poco más de ejercicio, es decir, no dar vueltas y más vueltas y acabar haciendo sillón-bol, mientras veo la tele, leo un libro o me dedico, sentada, a doblar la ropa que, dicho sea de paso, casi siempre hay un montón.
Acostarme temprano para no ronronear por la mañana, el gran reto, porque si no es por pitos es por flautas el caso es que, sin darme cuenta son las tropecientas cuando empiezo a preparar para irme a la cama.
Resumiendo que son muchos, demasiados buenos propósitos para mí porque, en el fondo y aunque tengo un poquito de fuerza de voluntad pues…
En fin, si lo consigo, ya os lo contaré.

Julia.

domingo, 7 de marzo de 2010

"Mi cuerpo serrano"

Como tantos y tantos días de este año hoy nuevamente amaneció lloviendo.
No es que la lluvia me disguste, aunque hace algún tiempo me molestaba bastante porque conseguía que mi pelo se volviera como el de Gorgona, ensortijado, con esa vida propia que hacía que fuera incapaz a domarlo. Ahora no es que eso haya cambiado, si no que... ¡me da igual!.
El caso es que de nuevo llueve. Y ya amarga el dulce.
Echo de menos el Sol, los días claros aunque haga un frío de mil demonios, pero claros. Con luz y llenos de alegría. Pero no, este puñetero tiempo sigue empeñado en estar así, triste, melancólico y sobre todo lluvioso.
En fin, que nada puedo hacer y aunque mi cuerpo serrano esté deseando abrirse a los rayos del Sol, me da la impresión que lo tengo un poco crudo.
Lo malo es que ya falta poco para que entre la primavera y ya se sabe...
La primavera..., y más que la va a alterar como el tiempo no cambie.

Julia.

sábado, 6 de marzo de 2010

Mañana

Hay días en los que el amanecer duele.
Miradas que al abrirse recorren la oscura habitación esperando encontrar las sombras que iluminen los lugares en penumbra.
Manos que sangran al clavarse las uñas en sus palmas pretendiendo atrapar el viento.
Palabras huecas resonando en el vacío de ese lugar lleno de la nada.
Ráfagas de aire borrando huellas que nunca debieron horadar la tierra reseca.
Y el rojo, el rojo de la ira contenida.
Y el marrón que sustituye al verde de la esperanza.
Y el gris plomizo que rasgó el azul cielo de lo impenetrable.
Y un sin color coloreando pasillos que conducen a ninguna parte...
Un jarrón agrietado incapaz de retener el agua nos muestra las marchitas flores de un ayer.
Un Do, Re, Mi, Fa..., del gramófono sin aguja que resuena en ese eco que no responderá.
Mirar con los ojos cerrados a través de cristales empañados que distorsionan los ejes del mañana.
Duelen los atardeceres lluviosos que nos empapan de olvido.
La noche, cuando la insomne sábana nos despierta el pasado..., duele y duele y duele mientras esperamos el mañana.
Mañana... Mañana cerraremos las persianas para que el Sol abrase nuestras miserias.
Mañana..., siempre mañana...

Julia.

viernes, 5 de marzo de 2010

La casa

Se podría decir que soy una sentimental pero creo que, en este caso, está más que justificado.
En breve vamos a deshacer la casa de mis padres, casa que fue mía hasta que me casé.
Ha estado cerrada bastantes años, cerrada y sin hacer ningún cambio en ella desde que mi madre, que fue la última en dejarnos, se fue.
Ahora queremos hacer una reforma en ella, transformarla en una casa actual, moderna y con las comodidades de las que una casa antigua no dispone.
Pero antes hay que abrir armarios, recoger ropa y enseres, tirar cosas que se encuentran ahí desde hace “siglos” y que no se pueden guardar porque mi casa no es enorme y ya tiene cosas de sobra.
Recuerdos, demasiados recuerdos que revolver, demasiados recuerdos que desaparecerán porque son cosas insignificantes que no se pueden guardar pero que, para mí, tienen su pequeña historia.
Eso es la vida y sé que muchas personas difieren de mis ideas porque consideran que el apego a las cosas materiales no es sano pero no puedo evitarlo, porque como he dicho, soy una sentimental esférica.
Cuando llegue ese momento intentaré ser fuerte. Mejor dicho, me haré la fuerte y trataré de no emocionarme demasiado, de guardar lo justo. Esas cosas que realmente pueden y deben guardarse. Y el resto, esas otras cosas, muebles, ropas, enseres que desaparecerán de mi vida para siempre, las dejaré almacenadas en un rinconcito de mi memoria y de mi corazón.

Julia.

jueves, 4 de marzo de 2010

Emprender el vuelo

Debía emprender el vuelo. Era una imperiosa necesidad que se había apoderado de su corazón.
El árbol le había dado cobijo, sustento, le había proporcionado alegría con el suave murmullo de sus hojas pero, sobre todo, había encontrado en él esa protección que, cuando se sentía indefenso necesitaba.
A pesar de todo necesita volar de nuevo. Volar muy lejos, descubrir nuevos horizontes, nuevas formas, nuevos colores pero, a su vez, sentía miedo, un miedo inmenso de abandonar todo lo que ahora poseía.
Los días pasaban y con ellos se acrecentaba su deseo de volar.
Una noche, antes de dormirse tomó la irrevocable decisión y una madrugada de primavera recorrió por última vez lo que fuera su morada para después emprender el vuelo.
Sintió un tremendo dolor, una enorme punzada que parecía atravesar de parte a parte su frágil cuerpo pero pensó que era por el pesar que anidaba en su alma por marcharse.
Le resultaba difícil, muy difícil remontar el vuelo. Luchaba con todas sus fuerzas para mantenerse firme en el aire y elevarse hasta alcanzar su objetivo.
Es el viento, pensó, ese viento que me empuja y hace más tortuosa mi partida.
Seguía luchando, agitando sus alas hasta que se debilitó de tal forma que, por fin, abandonó la lucha y se dejo caer planeando lentamente.
Mientras lo hacía contempló las hojas del árbol que había sido su hogar y en ellas divisó un casi imperceptible cambio, las hojas tenían unas pequeñas manchas que antes nunca había observado.
Una vez en el suelo, se sintió tan débil que se abandonó a ese sueño profundo que le llamaba.
No se percató de que en su rápida escapada las espinas del árbol le habían atravesado las alas.
Nunca llegaría a saberlo, porque jamás despertó de su sueño.

Julia.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Cuando las Pompas se convierten en estrellas

Despertar de un profundo letargo, permitir que el alma abra de nuevo sus ojos y comprobar que alguien ha estado velando tu sueño, que alguien ha permanecido a tu lado, sosteniendo tu mano mientras te creías perdida, que alguien ha sabido esperar sin desfallecer, que alguien…
En entonces, en ese momento en el que das cuenta que volver de ese extraño sueño en el que has estado sumida ha merecido la pena porque el mero hecho de sentir el calor, la comprensión, la compañía, la fidelidad compensa y destruye cualquier sentimiento negativo que durante ese período de tiempo haya albergado el corazón.
Gracias a ti, mi querida amiga y compañera Larraitz, gracias a ti y a tus Pompas porque me habéis demostrado que aún existen muchos de esos valores que pensé se habían perdido.
No olvidaré lo que has hecho por mí, un beso muy fuerte.

Julia.