domingo, 9 de noviembre de 2014

El poder de la imaginación.



El otro día tuve que salir por la tarde. No es que me guste mucho hacerlo salvo por “necesidades del servicio”, vale, es broma, pero la verdad es que salí sobre las 19:00 aproximadamente. A esas horas ya es de noche debido al puñetero cambio de horario del que todavía no me conseguido saber que beneficio nos aporta pero bueno, esa es otra historia.
En mi barrio aún quedan viviendas en pisos bajos y, en una de ellas, lógicamente, tenían las luces encendidas pero también tenían las persianas subidas y no habían echado las cortinas.
No pude remediarlo y, al pasar junto a ella no pude por menos de echar una ojeada, ya se sabe, la típica curiosidad.
Y allí estaba, un matrimonio de avanzada edad sentados junto a la ventana alrededor de una mesa. Él estaba leyendo y, ella, cosía una prenda sentada frente a él.
Lógicamente no miré más, seguí mi camino porque no es educado quedarse mirando por la ventana de nadie pero no pude evitar que mi imaginación volara y montará una historia sobre ellos.
Imaginé que estaban sentados alrededor de una mesa camilla bajo la cual tenían uno de esos braseros antiguos que calentaban las piernas que se introducían debajo de las faldas de la mesa.
No me había fijado bien en ellos pero mientras seguía mi camino imaginé al hombre con unas gafas caídas sobre la nariz mientras leía la prensa del día y, a la mujer, cosiendo prendas que tenía pendientes de arreglar en un pequeño cesto.
También imaginé que él dejaba por un momento la lectura y miraba a la mujer con ojos cansados pero llenos de amor mientras ella, al notar la mirada de él, levantaba la vista de la costura y le correspondía de igual manera.
Seguí mi camino y pensé que: Ojalá mi imaginación fuera realidad. Y es que, las cosas hermosas, aunque sean imaginarias, deberían convertirse en realidad.

Julia.

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