lunes, 29 de diciembre de 2014

La carta que abrió una puerta.


A pesar de la buena temperatura cuando terminó de leer la carta que acababa de recibir, una carta de despedida, Celia sintió que un inmenso frío se apoderaba de sus huesos y congelaba su alma.
Hacía tiempo que había tomado una decisión, difícil sí, pero que en aquellos momentos sentía que era la única salida para su atormentado espíritu y ahora, después de haber leído la carta una y otra y otra vez se daba cuenta que realmente esa era la decisión correcta.
Diosssss, pensaba, ¿tanto habría costado concederme un poco de tiempo? ¿Tanto suponía el haber hablado las cosas cara a cara tomando un café? ¿Tan difícil era darme una hora, sólo una hora? ¿Tan difícil era tomar la decisión de verme, de hablarnos en persona, de resolver algo tan importante como lo que estábamos perdiendo?...
Todo habría cambiado, las cosas habrían seguido como hasta entonces pero era demasiado pedir, una hora, una charla frente a frente, un mirarse a los ojos, un abrir el corazón…, era tan poco lo que pedía…
Pero ahora se daba cuenta que quizá era demasiado pedir o que quizá demasiadas cosas no tenían la importancia que ella les había dado o que quizá otros lazos eran más fuertes, más poderosos y, puestos a perder, habría que sacrificar los lazos más débiles, más insignificantes, aquellos por los que ni siquiera merecía perder una hora de su tiempo.
En un principio tuvo la tentación de coger papel y bolígrafo y responder a esa carta como realmente se merecía pero se arrepintió, en ella le decía que ahora se sentía libre…, Diossssss…, ¿qué se sentía libre?..., ¿acaso ella fue para él una cárcel?..., ¿cómo era capaz de escribir algo así?..., ¿cómo podía escribir algo semejante sabiendo que eso le rompería en mil pedazos?...
También le rogaba que no respondiera a la misma y Celia nunca, nunca se había negado a cumplir un ruego y tampoco era una persona capaz de tomar venganza por la humillación que había recibido así que no respondería pero tampoco volvería a saber de ella.
No, no iba a llorar, no le daría ese gusto aunque él nunca lo supiera. No, no lloraría porque de su alma se había apoderado el frío que desprendía las letras de esa carta y las lágrimas, si llegasen a brotar, se congelaría en sus mejillas.
Celia miraba una y otra vez la carta, ya no leía su contenido, ya no importaban sus palabras, tampoco su corazón guardaba ningún rencor, sólo sentía tristeza y pensaba en romperla en mil pedazos, en destruirla en deshacerse de ella pero aquella carta era una llave, una llave que decidía su futuro, una llave que, aunque en algún momento no fuera su deseo, le estaba abriendo la puerta de un mañana, de un mañana diferente, de un mañana vacío de ayer y lleno de futuro, de su mañana.
Creando una especie de símbolo, cogió un llavero, hizo un agujero en la carta y la introdujo en él.
Una vez hecho eso, metió “la llave” en un cajón, ese cajón de las mil cosas, ese cajón que rara vez se abre, ese cajón perdido, olvidado durante tiempo indefinido.
Hecho esto, se levanto y mirándose en el espejo se dijo: “Niña, no sufras, tú sigues rompiendo”.
Julia.

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